Opinión
¿Dónde queda “la calle”?
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La gente en Venezuela está molesta e inconforme. Al menos eso es lo que recogen los últimos estudios de opinión pública realizados por todas las encuestas serias del país. En promedio, 80% de los venezolanos muestra preocupación por la marcha de la realidad económica y social, piensan que el país va por mal camino, creen que su situación personal y la de su familia es peor que el año pasado, y expresan desagrado por el estado actual de las cosas en Venezuela, especialmente en lo que se refiere a la inseguridad, el desabastecimiento y el alto costo de la vida. Sin embargo, no todo este altísimo porcentaje de venezolanos descontentos milita en la oposición ni se sienten identificados con ella.

Hay 2 detalles que algunas personas olvidan con frecuencia. El primero, que es muy distinto –por ejemplo- que una mujer esté molesta con su marido, a que eso signifique automáticamente que se vaya a enamorar de otro. En política es igual. Las personas pueden estar muy insatisfechas y hasta enojadas con su gobierno, pero ello no se traduce de manera mecánica e inevitable en la migración de sus fidelidades a otro actor o facción política. Esto último sólo ocurre como consecuencia de una inteligente y seductora acción de convencimiento, y no simplemente por la molestia con su parcialidad original.

El segundo detalle es la creencia que la sola acumulación de problemas provoca, de manera directa e ineluctable, una reacción política. Falso. Lo que genera una reacción política es la asociación de esos problemas con un responsable. Y aquí volvemos con lo que recogen las últimas encuestas. A pesar que 8 de cada 10 venezolanos se siente agobiados por los problemas sociales y económicos, menos de la mitad atribuye esos mismos problemas a quien de verdad es el responsable principal de sus penurias, que no es otro que el gobierno nacional. Así, por ejemplo, investigaciones recientes demuestran que la población oficialista no se diferencia de la opositora a la hora de identificar y mencionar los principales problemas nacionales. Sin embargo, el dato relevante es que ambos grupos racionalizan e interpretan de manera diferente la realidad política: mientras los opositores establecen un vínculo causal entre los problemas y el gobierno, la mayoría de los oficialistas no lo perciben igual.

En consecuencia, la gran tarea de quienes queremos un país distinto es fundamentalmente educativa, es decir, política. Y consiste en que quienes sufren comprendan quién es el responsable de sus desgracias.

Todo lo anterior viene a cuento, porque en estos días se habla mucho de la “calle” como sinónimo de lucha política. Pero cuando se habla del combate de calle, no se puede reducir sus actividades sólo a la presencia física masiva –por cierto, necesaria y muy legítima- en labores de protesta o movilización. Esta es apenas una parte importante de la tarea, pero no toda ella. Es necesario complementarla, reforzarla, y migrar de una concepción restringida de “acción política de calle”, entendida exclusivamente en términos de metros cuadrados de asfalto, a una noción de “calle” como “actitud política”, que se traduce en “politizar la cotidianidad”.

La “calle”, en sentido amplio, es asumir que en cualquier actividad diaria que desarrollemos –social, de trabajo, de estudio-, y donde quiera que estemos, nuestro deber es convencer y seducir a quien piensa distinto, solidarizándose con su problema pero ayudándole a entender qué y quienes están detrás de su desdicha. La “calle” es una actitud de apostolado permanente, que consiste en nunca dejar de hablar, de denunciar, de convencer, de conquistar gente para nuestra causa.

Por distintas razones, no todos pueden estar en las siempre necesarias actividades políticas de movilización física. Pero si todos asumimos “actitud de calle” –en el sitio de trabajo, en el mercado, en las colas, en la universidad, en la visita a un enfermo en el hospital, dentro de las empresas, en el autobús o el metro, al interior de las organizaciones populares- nos convertiremos en un poder social indetenible y poderoso.

El gran reto de la “calle”, entendida como actitud de politizar nuestra cotidianidad, es ayudar a transformar el enorme descontento social en fuerza política. Pero ello pasa por que la mayoría entienda, de nuevo, la asociación causal de sus problemas con el gobierno y su fracasado modelo. Y pasa también por ayudar a desmontar la polarización artificial entre venezolanos y a procurar, en nuestro entorno inmediato, el acercamiento de todos los afectados por esta tragedia devenida en gobierno, no importa sus creencias o la orientación de sus simpatías.

El objetivo de la “calle”, cada quien desde su particular realidad, es apostar por una nueva e inteligente repolarización social, no la ya gastada entre oficialismo y oposición, sino la que separa y enfrenta a la mayoría de los venezolanos con quienes los engañan y explotan para su propio beneficio económico y político.

Angel Oropeza

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