Opinión
El agobio de las moscas
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Pues, si se tiene que hacer, aunque no nos guste, hay que hacerlo. Pero lo que no podemos es quedarnos varados en medio de este desastre”. Así, como curita que se arranca a sabiendas de que el ardor será sólo un trámite necesario, repicó la opinión de una oyente que desde Caricuao llamaba a un programa de radio. Su participación venía a cuento de un dilema reciente: o insistir en la legítima –y así lo certifica la carta de Almagro- confrontación con el Gobierno por las abusivas impugnaciones  del TSJ o, en aras de preservar el poder de la nueva mayoría, mudarse oportunamente de la visión de calle ciega propuesta por el adversario y atacar presta y puntualmente el escollo que esa circunstancia suponía.

 

La frase de la oyente, su “aunque-no-nos-guste” pleno de ethos ciudadano, ofrecía así apretada lección de realpolitik: asumiendo que en una sociedad en crisis, desinstitucionalizada como la venezolana, nada hoy nos habla desde la lógica del equilibrio democrático, es de esperarse que las decisiones del liderazgo respondan no tanto a lo ideal sino a lo pragmático, lo que conviene a la consecución del “bien mayor”. La azarosa dinámica de una cancha permanentemente enfangada por el oficialismo hará muy resbalosa la aspiración de prever juegos perfectos. De allí la necesidad de movidas cuyos cálculos sumen a la estrategia que hasta acá nos condujo: hacer que el Gobierno responda por la debacle social, económica y política que ha propiciado en este otrora rico, ahora desvalijado país.

 

Pero ya sabíamos que lo verdaderamente arduo vendría después del 6D; que en vía sembrada de “miguelitos” burocráticos, el chavismo haría de su frustración un latoso fardo siempre a punto de ser lanzado al otro, en tanto vea amenazado el delirio de jamás desprenderse del poder absoluto. Como apunta Héctor Schamis, “Venezuela es el caso más extremo de una patología común” en Latinoamérica: la política vista desde la perspectiva del  juego con un niño malcriado, capaz de recordar reglas “sólo cuando va ganando”. Esa certeza, plantea retos ineludibles. Competir por el poder en el marco de una democracia disfuncional implica para el liderazgo –y para los ciudadanos comprometidos con el cambio- estar dispuestos a salir de la zona de confort, y evitar esa inflexible, estática condición donde sólo cabe lo que se asume como “verdad”, como deber-ser, como principio innegociable. Plantarse en la negativa a atender las sacudidas de la realidad, hoy sólo nos condenaría a la desconexión, al anacronismo. A la inaceptable inercia. Y otra vez, a la antipolítica.

 

Así, para cortar el nudo gordiano y sortear con bizarría los atascos, parece vital convertirse en un “político inadaptado”, tal como sugiere Felipe González. Un liderazgo ejercido en un entorno desestructurado, con reglas poco claras o arbitrarias y alto nivel de incertidumbre, debe ser rebelde por definición: esto es, rebelde consigo mismo, rebelde frente a lo que no le gusta de la sociedad o frente a las circunstancias que dificultan el avance del proyecto que representa. Ante la traba, toca oponer pensamiento alternativo, “fuera de la caja”, para pujar por soluciones viables e innovadoras que desafíen lo esperado, los lugares comunes, la tiranía de las encuestas, el destructivo cinismo. Que reten, en nuestro caso, hasta eso que también luce innovador en el autoritarismo del siglo XXI.

 

El riesgo de ser impopular, claro, es inevitable. No siempre, menos a merced de esta promiscua alianza de motivaciones y de coyunturas específicas, se podrá acertar o complacer a todo el mundo. Pero a fin de “no sacrificar el todo por la parte” urge hacer flotar la racionalidad por sobre la capciosa densidad de lo emocional. Lejos de una noción épica  de la política que al final termina viviendo sólo en la retórica (más apropiada para otros tiempos, por cierto) esta realidad ofrece desarrollar lo que Daniel Innerarity describe como “la capacidad de convivir con la decepción”. Eso, que lleva a las sociedades maduras (las que superaron su atávica necesidad de protectores e iluminados) a entender que el poder es siempre una realidad compartida.

 

De modo que, advertidos de ese acoso, nos toca seguir remando juntos, a conciencia de que la dura jornada apenas se esboza, gestionando responsablemente nuestra ocasional indignación –justo lo contrario de lo que hace el chavismo-; atentos a la preservación de ese plan de rescate que nos alentó a apoyar a la Unidad y hacer posible la mayoría parlamentaria. Esa será la forma de conseguir que esa fuerza cívica mute en transformación política efectiva, y no se quede, como dice Innerarity, en “mero desahogo que recordemos con añoranza”. Espantemos entonces el pequeño agobio de las moscas: las fauces abiertas de una fenomenal crisis socio-económica amenazando con tragarnos a todos –en especial, al Gobierno- es la fiera que realmente conviene vigilar. Eso, lo sabemos, más tarde o más temprano, será lo que empuje el inevitable cambio político que hace rato demanda Venezuela.

 

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Mibelis Acevedo

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