Opinión
El ajusticiamiento popular
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Casi tan crueles y despiadados como el linchamiento fueron algunos de los tuits que leí. No había visto el video del hombre que el 5 de abril fue golpeado y quemado en Los Ruices  por haber, presuntamente, robado a un transeúnte. Cuando al día siguiente lo vi, no pude evitar el ahogo, la desesperación. La imagen de aquel hombre aturdido, adolorido, consumido por las llamas, me impresionó. Me golpeó.

La cabeza ensangrentada, la manera en que le rociaban el cuerpo con alcohol, la rapidez con que el encendedor lo convertía en una pira, la agonía del ajusticiado.  ¿Qué nos está pasando como seres humanos, como sociedad?, me repetía sin cesar. Comenté por Twiter el horror, mi desasosiego ante la epidemia de maldad. Algunos de los tuits con que me respondieron me asombraron aún más: “quién lo manda”,  “hay que tener bolas para decir ahora que los malos son los que linchan”.

Días después los medios de prensa informaron que el presunto ladrón no era tal sino un hombre de 42 años con tres hijos, un cocinero que vivía por la zona y que había intentado auxiliar a otra persona que había sido asaltada. Roberto Fuentes Bernal murió a los pocos días por paro respiratorio debido a las quemaduras.

Los linchamientos, el ajusticiamiento popular, dan cuenta de un profundo malestar en la sociedad. Desafían el principio fundamental del proceso civilizatorio: la sustitución de la venganza por el sometimiento de los ciudadanos a una justicia impersonal, abstracta, a una institución formalmente reconocida. Pero un castigo con saña, enfocado en el dolor físico, en las golpizas, la incineración, el apedreamiento, es mucho más que una muestra de la indignación popular ante la inseguridad, la impunidad y la falta absoluta de un sistema de justicia.

Es la expresión de la violencia social que produce la anomia, la fractura moral e institucional causada por el reino de los desalmados: la revolución bolivariana. La justicia por mano propia, los ajustes de cuentas, son formas de regresión a la barbarie en sistemas sociales viciados, acicateados por la pobreza, la marginalidad, la desigualdad y la injusticia.

El linchamiento como método de protección y seguridad ciudadana, como alerta del destino que espera a quien atente contra los vecinos y la comunidad, denota una enfermedad social y contamina con su sangre a la colectividad entera. La violencia no ocurre de manera aislada. Se reproduce, infecta a las demás formas del vivir, se extiende más allá de la turba y de los movimientos colectivos hasta penetrar en la subjetividad y la existencia individual.

El ajusticiamiento popular es propio de sociedades destrozadas por el resentimiento y el miedo, las pasiones sobre las que la revolución bolivariana fundamentó su poder.

Axel Capriles

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