Opinión
El arte de la infelicidad
Opinión

Estaba plácidamente saboreando un helado cuando se me acercó una antigua conocida y me preguntó: -“¿Cómo puedes estar tan tranquilo con todo lo que está pasando?” -“Lo que pasa es que está bueno el helado”- le respondí para sortear la pregunta. Ella salió casi corriendo de la heladería y yo me quedé pensativo.

Es titánico el esfuerzo humano por acabar con ciertos estados de bienestar alcanzados en algunas etapas de su existencia. Enfrentamientos, confrontaciones, envidia, resentimientos, agresiones, sometimiento, guerras, genocidios han acompañado la historia universal como los hábitos alimenticios y el cultivo de las artes.

Para Ortega y Gasset el hombre es “el único ser infeliz, constitutivamente infeliz” y eso lo lleva a diferenciarse de los demás animales. Mientras éstos se adaptan “plenamente a su naturaleza”, el hombre vive en permanente búsqueda (la mayoría del tiempo estéril) y en un esfuerzo constante por crear un mundo que realice sus deseos, muchos de los cuales ni siquiera se aproximan a ser realizados.  De hecho la propia idea de búsqueda es un tanto artificial, puesto que generalmente quien anda buscando o consigue lo que no buscaba o simplemente se pierde en el intento.

El alemán Fritz Perls, médico neuropsiquiatra y psicoanalista, reconocido por haberle dado aplicación clínica a la escuela de La Gestalt y huir de los nazis, considera que el hombre tiende a la búsqueda del equilibrio, pero que, una vez logrado, busca el desequilibrio mediante la creación de problemas inexistentes, algo así como quien no tiene problemas necesita creárselos. De hecho se crean estados de tensión, porque sin la angustia, la vida es plana. El trastocar el equilibrio genera una angustia que se viene a convertir en la sal de la vida.

¿Para qué el hombre dedica gran parte de su vida y un caudal de energía en transgredir el equilibrio y tratar de imponer lo insensato? ¿Operativamente cuál es el ultrafondo de esta dimensión cercana a lo autodestructivo a través del sometimiento de los otros? ¿Cuál es el afán de aniquilar y qué lo sustenta?

La raíz de todo es el doble determinismo en el cual la razón y los instintos pretenden ir de la mano, pero además de esto, si lo vemos bien, la vida como tal es ridícula por dos razones cardinales: primero porque no nacemos con una ruta de vida, así que tenemos que inventarla sin tener idea de cómo. Y en segundo lugar: todos, sin excepción, nos vamos a morir.

En esa necesidad de darle sentido a las cosas, el mapa que cada uno de nosotros va construyendo está condicionado por la socialización y debe ceñirse a cumplir con ciertos rituales, muchos de los cuales ni siquiera entendemos qué significan. De ahí que somos presas fáciles de acumular lo que no necesitamos y desear lo que no tenemos, simplemente porque requerimos llenar nuestra vida y a falta de propósitos, lo sustituimos por cosas. Objetos inanimados que suplantan lo carencial en nuestro mundo interior.

Una joven estudiante de manera teatral se pone de pie para intervenir en clase y parafrasea una estrofa de una canción de Joaquín Sabina: –“Es mentira que sepan a vinagre los besos sin amor”– Como profesor acostumbrado a escuchar tantas cosas, me limito a responder: -“Con amor saben mejor”.

Cuando Epicuro plantea el placer como ruta para hallar la felicidad, no se trata de un placer autodestructivo sino de una manera de conducirse en la cual se cultive un hedonismo equilibrado, que no sea nocivo sino constructivo y cuando Omar Khayam en su Rubaiyat  exalta el placer como único consuelo del hombre, pienso que de alguna manera va por el camino adecuado, porque nos muestra que la vida hay que disfrutarla porque irremediablemente nos vamos a morir, pero con su coletilla. Esa búsqueda del placer tiene sentido si se acompaña del amor. Amor que como señala Bertrand Russell “es buscado, en primer lugar, porque procura éxtasis, alivia la soledad y evita que la conciencia del hombre se estremezca por el abismo frío e insondable, carente de vida”.

En ese afán de darle sentido a la vida o no encontrárselo, hay una condición que por encima de cualquier otra es imposible de controvertir: Todos nos vamos a morir. De ahí que cada cual dará o no sentido a su vida, la experimentará de manera intensa o a lo sumo de forma mediana, pero quien mejor sabe vivir es el que entiende que la existencia a fin de cuentas tiene fecha de caducidad. El hombre sensato ha de vivir para prepararse para morir, como bien lo pudo hacer Platón, pero por encima de todo, esta preparación para la muerte fuerza a que vivamos cada instante de nuestra vida como lo que es, lo cual nos induce a prepararnos para vivir a plenitud.

Eros y Tánatos como señala mi viejo amigo Freud, pulsión de vida y pulsión de muerte en un equilibrio perfecto que nos lleva a prepararnos para los más duros escenarios y poder sacarle la savia vital a la existencia, hasta chuparle la última gota, incluso cuando demos el último suspiro.

@perezlopresti

Alirio Perez Lo Presti

9 Artículos