Opinión
El Cambio
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La característica más preocupante de la crisis que actualmente nos afecta a todos los venezolanos, es la comprobación de que quienes deberían ser los primeros interesados en superarla continúan desde el poder negados a rectificar lo que ha fracasado, utilizando el abuso y la extralimitación de atribuciones por parte de los poderes que controlan, para tratar de acallar a quienes desde el ejercicio de sus derechos y atribuciones constitucionales representamos el mandato claro que nos dio el pueblo venezolano de impulsar el cambio político en Venezuela.

Ese es un propósito que hoy no representa la iniciativa de un líder o de un partido político para poner en práctica el “quítate tú para ponerme yo”, sino que constituye el clamor de las grandes mayorías nacionales, convencidas de la realidad comprobada por el transcurrir de los últimos años, de que el cambio de gobierno, el cambio del modelo, es una precondición para poder superar esta crisis que se expresa en escasez, alto costo de la vida, inseguridad ciudadana, y en corrupción con impunidad, todo lo cual alcanza tales niveles que no permiten esperar el transcurrir de los lapsos normales para promover la modificación profunda del rumbo que lleva el país, empezando por sustituir por métodos constitucionales y democráticos, a quienes conducen a Venezuela a una calamidad que amenaza cada vez más en convertir la crisis política y económica en una crisis humanitaria, especialmente por la falta de comida y medicamentos, para referirnos a dos de los aspectos más graves.

Lo que debería esperarse de una dirigencia responsable al frente del gobierno, ante el dolor del pueblo, la destrucción de la economía, y de las instituciones, y la profunda quiebra de los valores éticos en buena parte de la sociedad, en primer lugar, sería una rectificación profunda de las causas, y en caso de no serle posible por dogmatismo ideológico o presiones superiores a su voluntad, renunciar al poder, para permitirle al pueblo buscar el rumbo que pueda salvar a Venezuela, y satisfacer los derechos básicos de los ciudadanos que vivimos en ella, que pudiéramos resumir en poder alimentarse, cuidar de su salud y la de su familia, que le garanticen el derecho a la vida y a la propiedad privada, y que el dinero público sirva para atender las necesidades del pueblo y no para llenar los bolsillos de sus gobernantes, o de sus socios y testaferros.

Si este fuera un país donde sus gobernantes tuvieran formación y conciencia de estadistas al servicio del interés nacional, debería tenerse claro que una de las funciones trascendentes del liderazgo es la pedagogía, saber predicar con el ejemplo, lo cual es muy necesario en estos momentos que nos exigen poner a Venezuela por encima de nuestros intereses personales o partidistas, y demostrarlo con gestos concretos que nos permitan reconstruir a nuestra maltrecha nación.

La gravedad de la situación nacional debería convencer, en especial a los que toman las decisiones, de que la reconstrucción nacional es mucho más difícil de lograr sino dialogamos los que tenemos visiones distintas y así buscar las soluciones de consenso, y que el empeño que tiene el gobierno de tratar de imponernos su posición ideológica y sus recetas fracasadas no tendrán éxito. Lo ideal sería una transición acordada para que el proceso de cambio, el cual es indetenible, se diera con el menor costo posible para el país.

Ante la evidencia hasta ahora, de que el gobierno se empeña en lo contrario, la Mesa de Unidad Democrática decidió llamar a nuestro pueblo a continuar en la lucha por la vía democrática, utilizando mecanismos constitucionales para reclamar desde la calle, pacíficamente pero con una decisión definitiva: el cambio que el pueblo necesita y que el gobierno se empeña en negar.

Esa es la respuesta que la Unidad Democrática decidió dar a quienes por aferrarse al poder para malgobernar, pretenden trancar el juego de una posible salida democrática consensuada. Lo cual demuestran al negarse a oír el mensaje de cambio que envió con claridad el pueblo venezolano el pasado 06 de diciembre, y en vez de buscar fórmulas para convivir con una Asamblea Nacional recientemente legitimada por la soberanía popular, tratan de desconocer la voluntad del pueblo que es la que legitima a los gobiernos, y en ese camino utilizan la Sala Constitucional del TSJ, controlada partidistamente para continuar con la careta de demócratas, Frente a eso, el cambio está en marcha.

Omar Barboza

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