Opinión
El consenso acrobático
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Cuando afinamos la lupa y tratamos de desentrañar la explicación medianamente racional con la cual se trata de entender la mayor parte de las cosas, vemos cómo en muchos casos las mismas son definidas o adquieren un valor determinado basadas en el consenso de lo que pudiésemos llamar un “autodenominado grupo de expertos”. De ello se dio cuenta el inglés Francis Bacon (1561-1626), uno de los pioneros del pensamiento científico moderno y en su libro Novum Organum desarrolla la tesis de los “ídolos”; los prejuicios presentes en las ideas que conceptuamos. Estos ídolos o prejuicios son de cuatro tipos según Bacon, siendo particularmente influyentes aquellos en los cuales los “expertos” son quienes imponen las pautas a seguir.
Sería moderadamente influyente el pensamiento baconiano si solo tuviese pertinencia con las cuestiones de carácter científico, mas la crítica de Bacon se puede extrapolar a casos que van más allá de la ciencia y es aplicable a las formas y usos de los convencionalismos sociales. Es así como lo que se denomina el consenso de los expertos ha trascendido al punto de que el mismo Bacon ya en su tiempo asomaba el riesgo de que la civilización se comportase basada en juicios que pudiesen ser permanentemente cuestionados.
Ciertas formas de arte, por ejemplo, comenzaron siendo denominadas “contraculturales” porque trataban de subvertir el orden y se encontraban al margen de lo aceptado por los especialistas del tema. Mas lo contracultural suele morir cuando se convierte en objeto de estudio y la obra inicialmente transgresora entra en la galería de arte y pierde su capacidad subversiva. Ocurrió con el movimiento dadaísta y el surrealista, máximos exponentes de maneras de cuestionar la razón para finalmente entrar al convencionalismo. Es así como lo que inicialmente llamamos contracultura se transforma en un acto civilizatorio más, una representación cultural.
Movimientos enteros dejaron de tener sentido cuando se transformaron en moda y es por eso que cuando vemos a un hippie en el 2016, en realidad estamos viendo a una persona disfrazada de hippie porque su atuendo no transgrede sino que sencillamente se convirtió en un uniforme fuera de boga. Lo mismo pasa con los cantantes de cualquier género cuando entran por el aro de lo que la sociedad les exige para ser convencionalmente aceptados. Caso emblemático es el grupo Calle 13, el cual inicia siendo polémico para finalmente apretarse el cinto y recibir los premios de rigor que otorgan las estructuras de poder que manejan los niveles más basales de consumismo.
En el campo de lo sexual el asunto es casi caricaturesco porque los grupos autodenominados “expertos” en estas materias hablan de sexualidad, heterosexualidad, bisexualidad, y pronto de trisexualidad, tetrasexualidad, pentasexualidad y así por ese camino inerte en donde pareciera que el capricho de algunos y no cierto rigor es lo que se impone.
La razón por la cual la homosexualidad es considerada una variante de la respuesta sexual humana “no punible” (no patológica) es porque en el año 1973 la Asociación Psiquiátrica Americana (en realidad estadounidense) votó y con un 58% de psiquiatras apoyando la propuesta así lo dispusieron, sopesando entre otras razones argumentos de carácter comercial y políticos. Nada más lejano al rigor científico, considerando que muchos de quienes votaron eran homosexuales.
Los ejemplos de lo consensual como pauta que dirime las diferencias y pretende establecer la verdad tienen mucho de criticable, pero tiene una finalidad digna encomio, la cual es que permite cierto equilibrio social por cuanto los autodenominados expertos con credibilidad logran a través de sus aportes y opiniones, minimizar las tensiones propias de la vida en sociedad.
El tema de la importancia social que les damos a los fulanos entendidos posee también implicaciones en el ámbito político. Las maneras como se suele denominar el tipo de política que se practica en el mundo forman parte de una nomenclatura que tal vez debe ser modificada. En lo particular pienso que hay sistemas de gobierno medianamente tolerantes con las libertades y otros que las cercenan. Sistemas que no marcan división entre pensamiento político y pensamiento religioso y otros que sí los dividen rigurosamente. Pero hablar de derechas e izquierdas en el siglo que corre se me hace un tanto a contrapelo, sobre todo cuando gobiernos de países altamente industrializados del norte de Europa, con notables niveles de bienestar social y un país como Venezuela, solo para citar ejemplos, se autoconsideran afines con idearios de corte socialista, basado en el juicio de los que se supone comprenden el asunto. Tal vez este tipo de formas de ver los sistemas de gobierno no solo es anacrónico, sino que maneja un lenguaje de tipo dicotómico, fácil de entender para las grandes mayorías pero distorsionador de la realidad y ajeno a las que consideramos nuevas realidades civilizatorias.
@perezlopresti

Alirio Perez Lo Presti

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