Opinión
El crimenes pensar
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Con el supuestoobjetivo de conjurarel “divorcio entre las masas y el partido” que amenazaba la suerte de la República Popular China, Mao Zedong concretabaen 1966 su vuelta al poder a lomos de una feroz campaña de reafirmación ideológica: la GranRevolución Cultural Proletaria.Sí: aunquerecobrar el mando perdido era eldeseo que se agazapabatras alegatoscomola higiénica ruptura con el pasado-“cuanto más antiguo, más reaccionario”-ola erradicación de la“tentación capitalista”que trepidabaen las cabezas de dirigentese intelectuales, el Gran Timonelno dejó dudas entre sushinchas (sobre todo,los muy jóvenes y exaltados Guardias Rojos) deque la purga atendía a la urgencia desalvar el verdadero espíritu de la Revolución.

 

En una mano el fusil, en la otra el Libro Rojo:la cruzadaconcebida para desalojar o reeducar a “capitalistas y contrarrevolucionarios” dejóroturascon las que aúnbregala pujante China del siglo XXI. La caza de profesores, técnicos, académicos,artistas y científicos-se estiman unos 30 millones de perseguidos, y entre 250 mil y 2 millones de personas asesinadas o empujadas al suicidio- se tradujo en elmarasmo de la educaciónformal,la destrucción patrimonial, el atraso tecnológico.(Un pasaje de la película “¡Vivir!” de Zhang Yimouilustra los fondosde esehundimiento, cuando la hija del protagonista muere dando a luz en un hospital donde los Guardias Rojos han sustituidoa médicos y enfermeras, por considerarlosparte de esa expresión de “lo antiguo” que debían extirpar).Fruto de las arengasque alentaban a los estudiantes a desconocertoda autoridad, los maestrosfueron humillados, marcados como “Hei bang”,derechistas orevisionistas. Fue el caos. Una “generación perdida”, precariamente calificada para el progreso pero rumbosamente moldeada en las fraguas dela ideologización, acabó entonces mutilada,vetada para el conocimiento y sus aperturas.

 

El crimen, era pensar.

 

Pero estragos como los de la Revolución Culturalno sólo se dieron en China.El caso de Aleksandr Solzhenitsyn en la extinta URSS,por ejemplo, esotromordiente souvenir del desafuero.Hijo de maestra, historiador, escritor, premio Nobel; autor del célebre “Archipiélago Gulag” donde con bisturí de documentalista-testigo diseccionala brutalidad de los campos de “reeducación” soviéticos durante la era de Stalin ylas “atrocidades de un Estado enfrentado demencialmente a su propio pueblo”, fue acusado en 1974 de traición a la Patriay condenado al exilio.También en Cuba,elcerco contra intelectuales insumisos, en especial durante el “Quinquenio gris”(1971-76) registracapítulostan dantescos comobochornosos: Lezama Lima, Virgilio Piñera, Cabrera Infante,Reinaldo Arenas, Heberto Padilla, Severo Sarduy, son parte de undilatadoinventariode exclusiones quehizo de la cultura cubana de la época una tierra deshabitada a juro.

 

Preservar la salud del régimen oasegurar la ascendencia del líder aunque ello entrañe regresiones irreversibles,estara delaqueno escapala Venezuela del chavismo.En 2001, tras determinar que la cultura se venía“elitizando” en manos de “príncipes, reyes, herederos, familias” que “se adueñaron de instituciones que cuestan miles de millones de bolívares al Estado“, Chávez anunció el arranque de su propia Revolución Cultural. Con la formal intromisión del Ejecutivo en la remoción y nombramiento de cargos en el área, la revolución garantizaba no sólo el impío desmantelamiento de ese pasado, sino aliadosen sintonía con elplan de blindar la hegemoníamediante la imposición de nuevos códigos culturales;y embutir así a la sociedad en la horma de la obediencia y la uniformidad, mientras se usa al pueblo como coartada.

 

Desde entonces,también la escabechina de la institucionalidad cultural se sumó al pujo por anular toda disidencia: en especial esa,intangible y tenaz, la que respiraasociada a lacreación, la que encarnan intelectuales, artistas, académicos. No faltan en esta orillaejemplosde venezolanos sitiados por laInquisición local;como el profesor Santiago Guevara,acusado hoy detraición a la Patria,–igual queSolzhenitsyn- inexplicablemente juzgado enun tribunal militar por hacer lo que sabe: proyectar escenarios de transición.

 

El crimen, es pensar.

 

Al surrealista episodio -ecos del crimentalorwelliano-se une la denuncia del uso de las aulas como espacios de ideologización. Imágenes de niños en escuelasdel Táchira dibujando al “Comandante eterno”alertan sobrelacalamidaden ciernes: una generación desprovista de criterios de autoridad plurales, ganada para el prejuicio y la mentira feliz;un botín de la heteronomía, “hombres nuevos” llevados por la idea de que unmilagroso amasijo de improvisacióny fepodrá suplir al conocimiento… ¿una generación perdida?

 

Frente a esealud de oscuridades probables, hay que encender el pensamiento crítico. El día que dejemos de hacerlo, habremos abandonado nuestro último y más pulido nicho de libertad, nos habremos rendido del todo.

 

@Mibelis

 

Mibelis Acevedo

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