Opinión
El enemigo interior
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Verse obligado a danzar desnudo frente a la vista inclemente del público: una pesadilla que quizás nos habla del miedo a quedar a expensas de la crítica con el mondo atavío de nuestras imperfecciones. Un asomo de esa angustia cobraba cuerpo cuando en relación al envío de un avión venezolano a Ecuador con fines de ayuda humanitaria -y aun abrazando lo incuestionable de esa solidaridad- confesaba en un tuit “un algo de consternación”. No creí necesario abundar en explicaciones, máxime cuando en medio de la extendida carencia de todo, apenas unos días atrás un tribunal criollo negaba por segunda vez una medida preventiva a niños sin medicinas, al considerar que no habían “pruebas suficientes” de esa escasez que los abogados alegan. El amargo tuit, del todo comprensible para quienes a diario lidiamos con la mengua más estrambótica, no pasó sin embargo tan mansamente por el tamiz de algunos amigos extranjeros. Un respetado colega y buen conocedor de nuestra realidad, de hecho, se permitió no ser complaciente en lo absoluto: sin ornato alguno, me señaló “la permanente autovictimización” que percibía entre los venezolanos: “Ni por un día, ni ante otras desgracias, pueden abandonar esa autovictimización”. Un coscorrón doloroso: por franco, por inmisericorde, por inesperado.

 

Tras el impulso de ensayar defensas que nos librasen de juicio tan áspero -lo cual, irónicamente, reforzaba su tesis- y una vez aceptado el hecho de que una sólida pared nos impide a veces seguir retrocediendo, resultaba forzoso contemplar la probabilidad, el mea culpa: ¿tendría razón sobre nuestra narcisista propensión a la autovictimización? En el marco de esta intragable coyuntura, de las muchas dificultades que objetivamente se encuentran fuera de nuestro control, ¿estaremos también los venezolanos cebando un feroz enemigo interior, refugiándonos en el neurótico, entumecedor apego por la quejumbre?

 

El planteamiento -aun considerando que la aséptica ojeada foránea pudiese a su vez pecar, precisamente, por su distancia de la tragedia real- no deja de encender alarmas. En especial si hay ejemplos que nos apabullan con su escándalo: “en cualquier otro lugar, los padres de los neonatos que murieron por cortes de electricidad habrían salido a quemar el país”. Sin ánimos de aupar el desbordamiento -Venezuela no es hoy un país normal- o los vuelos de esa sinrazón que siempre termina resultándonos más costosa, luce justo atender la advertencia: perdernos en el emotivo marasmo de la autocompasión puede ser vía expedita para justificar la inercia, la no-acción. Eso, ahora, es también muy peligroso. Sería una disposición servida en bandeja de plata a quien es percibido como victimario, el “Gran Otro”, ese adversario impopular, también robusto, que desde el poder se apropia de las ventajas de una ciudadanía devenida en masa –bloque indistinto, homogeneizado en sus motivaciones, pero ensimismado- que ante el acoso sólo atina a regodearse en su lamento. Inhabilitado, por tanto, para mirar al vecino o vincularse para lo constructivo.

 

Urge diferenciar por ello el “ser víctima” de “hacerse la víctima”. Es decir, apostar a que prevalezca un elemento de control interno que, aún en situación de desventaja, nos dote de la certeza de que podemos modificar nuestra realidad; eso antes que suponer -como clamaba un desalentado Romeo- que somos tristes juguetes del destino. He allí un juego perverso en el que, como decía Lacan, el “Yo” siempre descubre su verdugo en el Otro, al que se opone golpeándolo para, en el mismo movimiento, “golpearse a sí mismo”. Goce no admitido, oscuro, que termina alejándonos de la oportunidad de ser parte activa en la solución del problema. Que inconscientemente nos excusa, que nos sume en el acostumbramiento, en la trapacera adaptación; que nos atrincheraría en una suerte de “belle indifference” frente a la enfermedad provocada por 17 años de tenaz despojo.

 

El ejercicio de introspección que nos proponen es rudo, pero ineludible… ¿en qué medida somos responsables de nuestro drama? ¿Cuánto del chavismo resulta reflejo de nuestros peores rasgos como sociedad, hasta qué punto lo alimentamos y aseguramos su sobrevida? ¿Cuáles gestos de ese patológico liderazgo, narcisista y evasor, estamos replicando en nuestra orilla, sin advertirlo? Como sugería Ítalo Calvino, hay que evitar que el infierno “que formamos estando juntos” termine haciéndonos parte de él, hasta ya no verlo más: y afrontar la sospecha que creíamos inadmisible, para sanar, de una buena vez. De otro modo terminaremos conformes con la denuncia que no progresa, la afiebrada arenga con fecha de caducidad en redes sociales; el pesimismo hueco, la crítica a una unidad sólo vista de lejos, quebrantada de forma crónica, amenazada por las primeras lluvias. Nada más temible que una sociedad habituada al calambre, al dolor agudo, como a un matrimonio sin amor. Sin acción, no habrá cambio: ciertamente, curar los grandes males empezará por reconocer qué tanto de ellos vive en nosotros.

 

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Mibelis Acevedo

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