Opinión
El equívoco anunciado
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“Cuando desde la mayoría, el pueblo se desbordó a apostar por un cambio encarnado en Hugo Chávez, lo hicimos de manera racional con el fin de superar un modelo antidemocrático, que no consultaba al pueblo (…) Hoy es imposible no afirmar que se vuelve a hacer lo mismo, pero ahora en nombre del mismo pueblo”. Eso escribía Nicmer Evans, miembro del llamado “chavismo crítico”, al denunciar la “arquitectura autoritarista” que el gobierno diseña contra la “democracia participativa y protagónica”. En efecto, no le quitamos razón en cuanto a que el régimen ha ido abrazando, de facto y de jure, las señas de las autocracias -nada tan inconstitucional como la supresión de nuestro derecho a optar por un revocatorio-; no obstante, toca preguntarse si lo que vivimos no hunde sus raíces en la apuesta fundacional del chavismo: eso que muchos atribuyen al efecto de la “pócima Ceresole”, la del absolutismo caudillista.

Sí: salir de esta pesadilla con trade-mark implica identificar génesis y rebotes, el giro trapacero que dio el concepto y la percepción de democracia a partir del arribo de Chávez al poder; un militar que habiendo atentado contra la institucionalidad se propuso impulsar una revolución valiéndose de las mismas reglas de juego de la democracia representativa que una vez repudió. La sagaz movida prendió en el reconcomio antipolítico de la época (“No creo en los partidos políticos, ni siquiera en el mío, yo creo en los militares que es donde me formé”, revelaba entonces un novel Presidente a Luis Ugalde) y condujo a avalar esa transferencia de poder de manos del pueblo a las de alguien que incorporaba simbólicamente a ese pueblo. Prosperó así la celada de un esquema de participación directa, sin intermediarios, que en realidad remite a un poder sospechosamente usurpado por vicariato. La dimensión afectiva, cuasi mística del liderazgo; esa individualización de la soberanía popular; la fusión líder-pueblo-ejército-Estado, contribuían a desfigurar la sustancia de lo democrático. A contrapelo de la idea de que la suerte de la república depende de la robustez de sus instituciones y no de los mohínes de un hombre, la fábula populista de la democracia participativa y protagónica acabó mermando la virtud del “viejo orden” representativo: ¿qué importa la norma rancia, la alcabala burguesa, si las urgencias reales del pueblo dador-de-poder demandan su omisión?

De allí las designaciones arbitrarias, las leyes habilitantes. De allí que voceros del oficialismo, lejos de condenar el asalto a la AN, lo interpreten como la preocupación de compatriotas que ante “el intento de la derecha de dar un golpe parlamentario”, entraron al hemiciclo para “protestar”. Democracia directa, cantarán, carne y verbo poniendo de manifiesto el “vínculo natural entre un jefe de gobierno y la masa que lo acompaña”. Olvidan con eso que tal anarquía sólo retrata la destrucción del estado de derecho, la disolución del espacio de lo público, la conjura contra la división de poderes: un deterioro tan ajeno a un régimen de libertades como aliado es para las tiranías. Imposible aspirar a mejor democracia cuando la calidad de la acción ciudadana es maleada por los pinchazos de una facción minoritaria ligada al poder.

Pero al margen de piruetas discursivas dispensando atropellos contra el estilo de democracia de “las élites adeco-copeyanas”, un efecto colateral baila como espada de Damocles sobre la desnuda mollera del chavismo. Sumar apoyo consciente a la causa de la revolución implicó organizar anímicamente a las masas, promover un sentimiento de empoderamiento que al menos crease la ilusión de que, efectivamente, el pueblo compartía el ejercicio de la autoridad. Si bien por un lado esto desemboca en ordalía y descontrol, por otro lado alienta la reflexión: ¿por qué si mediante el voto el pueblo decide quién gobierna, no puede asimismo despojar del poder al mal gobernante? El conflicto de identidad que eso plantea para el chavismo originario, para un régimen nacido y legitimado por elecciones y que hoy, desprovisto de columna vertebral, bloquea la vía del revocatorio, resulta en paradoja difícil de desentrañar.

Quizás por eso Evans afirma que el gobierno de Maduro “dejó de ser chavista”. Sin embargo, la historia invita a decir lo contrario: nunca antes los herederos del caudillo fueron más leales a la mélange ideológica de su credo que ahora. El mapa de retorno a la tribu, la receta del Socialismo del sXXI (artificiosa recaída histórica que con amplio apoyo popular y recursos exorbitantes pretendió aplicar un modelo de control basado en la colectivización) ha sido tan prolijamente atendida, que hoy los saldos son los previstos: un régimen autoritario sostenido en los fusiles, que aplasta a las mayorías como antes a las minorías. Uno que desmanteló una economía promisoria. Uno que apila fracasos por donde se le mire.

El mismo Ceresole lo anticipó, al advertir el apego de Chávez por la fórmula cubana: “un camino equivocado, es un camino sin retorno”. ¡Vaya ironía!

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Mibelis Acevedo

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