Opinión
El liderazgo que viene
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“Cada momento escoge a sus nombres y no los nombres a su momento”, escribía Fernando Mires en mayo 2013 al auscultar los alcances del nuevo liderazgo en la Venezuela post-Chávez, de esa “continuidad en la diferencia” (fruto, quizás, de un hegeliano ardid de la razón, el interés particular puesto al eventual servicio de la Idea) que tocaría impulsar a su posible sucesor, el entonces candidato opositor Henrique Capriles. Él –decía Mires- “no es un líder mesiánico ni mucho menos un caudillo militar, como lo fue Chávez. Pero sí es un líder político y democrático como no lo fue Chávez”. Así que, asumiendo que Chávez facilitó la transformación simbólica de las relaciones poder-pueblo haciendo sentir a la gente que mandaba uno de ellos (una “revolución social” en términos culturales y psicológicos, al menos) lo que vendría caminaba hacia una suerte de “revolución política”, la democratización del Estado y la sociedad, la metamorfosis de esa masa en ciudadanía.

Duele aún recordar que el pulso electoral con Maduro no coronó como muchos esperábamos. Pero a merced de ese punto de giro y de la predecible debacle del proyecto oficialista -no sólo en lo económico, sino en cuanto a la satisfacción de aspiraciones de ese pueblo que antes creyó reconocer su imagen en el espejo del Poder- hoy podemos deducir con cierta certeza cómo es el liderazgo que demanda el país; y por contraste, cuál el que no queremos, el que no necesitamos. Para ello, urge entender qué tipo de ciudadanía debemos ejercer si pretendemos que esos nombres que distinguimos en primer plano respondan con aciertos y sentido de la oportunidad a las expectativas del momento que vivimos y viviremos, no a nuestras infantiles proyecciones y carencias.

Reto arduo: la sinergia entre liderazgo progresista y ciudadanía implica una mejora cualitativa de esta última (el salto de la mentalidad del adolescente subsidiado por el Estado a la del adulto autosuficiente, generador del cambio que reclama); eso tal vez esté acá en proceso de germinación y expansión, pero difícilmente abraza lo masivo. Ese pueblo decepcionado -un niño repentinamente encarado con su orfandad- aún trajina con la íntima angustia de perder lo que, de hecho, ya ha perdido. Pareciera que en aras de recuperar esos años de inacción precisamos una suerte de “terapia de shock” colectiva, la confrontación inducida con ese estado de inmadurez psicosocial que permita desnudar patologías como la del locus de control externo (“mis errores son culpa de los demás”) y promover una apretada evolución hacia la Autoeficacia del yo, como sugiere Bandura. En este punto, importa mucho la faena que desde las exiguas trincheras de discusión política disponibles (cruciales para la formación ciudadana) ejerce además el liderazgo no convencional o alternativo, los “influenciadores”, ONG, gremios y sindicatos, periodistas, redes de intelectuales, universidades, juntas de vecinos, grupos sociales y profesionales de intercambio, copioso surtidor donde también abrevan los partidos políticos. Hoy toda plaza cuenta para arrimar a la reflexión y espolear esa ósmosis del pensamiento capaz de sensibilizar a más personas respecto a la necesidad de cambio: cambio que más que hacia afuera, mira hacia adentro, hacia la revelación de una nueva conciencia e identidad como orfebres de nuestro propio momento.

La dialéctica de esa dinámica, entonces, da pautas al liderazgo (en tanto “suma de un proyecto más una conciencia colectiva”, como precisa Felipe González) para que asuma las riendas de la conducción social. En el caso de la Unidad, un liderazgo situacional y empático, no vulnerable a la presión, flexible y retador, pero enfocado, resulta clave, pues hará de catalizador de procesos, formará parte de la urdimbre dispuesta para esa terapia social. Sugestiva tarea… ¿tocará a nuestra dirigencia recrear algún matiz de la estimulante relación terapeuta- paciente, para que -en contra del castrador agobio del paternalismo estatal- advirtamos en la sanación democrática un modo de reapropiarnos del ethos ciudadano; de evitar reediciones del modelo que hoy naufraga?

Algo sí parece claro: los venezolanos NO necesitamos otro liderazgo ejercido desde la fuerza, el menosprecio, la exclusión; que opere desde la lógica del individualismo, que conciba la transferencia de autoridad como una herencia, o que cohesione a partir del miedo; ese liderazgo signado por el narcisismo patológico -el de una libido estacionada en la burbuja del amor a sí mismo- o que trafica con la victimización. El liderazgo del país que quizás resurja tras el 6-D no puede titubear ante la exigencia de exhibir cada vez más madurez, liberándose del vértigo engañoso del personalismo; lo otro es perder la conexión con la realidad del país, apostar al desorden de las pasiones, al frívolo efectismo: poner en nuevo riesgo lo logrado. Atentos, pues: como dice el poeta Luis García Montero, “los errores propios se suelen pagar en política de un modo más cruel que los aciertos del enemigo”.

Mibelis Acevedo

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