Opinión
EL PRESIDENTE MADURO
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Imaginen a una persona que sufre una crisis cardíaca por obstrucción de coronarias. Imaginen que, llamado de urgencia, llega el médico, saca unas maracas, enciende un gran tabaco, destapa una botella de ron; y en medio de contorsiones paroxísticas, espesas bocanadas de humo y groseros tragos de aguardiente, invoca al poderoso Manitú Bolivariano para la sanación del paciente. Son estas las imágenes que vienen a mi mente cuando observo la actuación del presidente Maduro frente a la gravísima crisis económica que está sacudiendo a nuestro país.

El Presidente perdió contacto con la realidad. Para él la caída del precio del petróleo no es un hecho relevante, ni obliga a ningún ajuste en sus políticas; para él la clara derrota en las parlamentarias es un detalle intrascendente en la marcha triunfal de la epopeya bolivariana. No sabe leer el cambio en el aire del tiempo: Raúl y Obama intercambian sonrientes apretones de mano, los argentinos despiden a Cristina, Dilma y Lula luchan para salvar los corotos, Daniel y Rosario reciben orgullosos la felicitación del FMI; y aquí la Fuerza Armada, que le acompañó hasta el cementerio, ya le dijo que no se enterrará con él.

Todavía más, la reiterada evocación de Jacobo Árbenz, Joao Goulart y Salvador Allende, es signo narcisista de que el Presidente está más interesado en el martirologio revolucionario latinoamericano y en sus posibilidades de ingresar en esos altares, que en los urgentes, aunque para él triviales, asuntos del más acá.

La mezcla nociva de ignorancia, de impericia, de primitivismo ideológico y de alienación, que caracteriza a la actuación presidencial, nos está llevando al colapso económico. El previsible agravamiento de la situación de escasez y el desmadre de la inflación, hacen cada vez más probable un escenario de crisis de gobernabilidad cuya solución tendría, como condición necesaria, el relevo del presidente Maduro.

Manuel Narvaez

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