Opinión
El “pueblo” del populista
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El “pueblo” del populista es su fetiche. Su agua de bautismo. Un sello húmedo e indeleble en su partida de nacimiento. Esa suerte de sujeto político colectivo que es más que la suma de los individuos que lo formany cuya definición no esta exenta de ambigüedades (tantas como las del propio término “populismo”) tiene sin embargo raíces tan antiguas como las del “populus” que en la Lex Regiaemergíacomo entidad básica de la República romana; o el “demos”de la Antigua Grecia,sujeto de la soberanía cuando la polisera democrática. La categoría de “pueblo”, aplicada usualmente a “todo grupo de personas que constituyen una comunidad u otro grupo en virtud de una cultura, religión o elemento similar comunes“, evolucionó desde entonces, ajustada a las demandas de cada proceso histórico: pero en términos generales podría considerarse que en consonancia conlo que plantea Rosseau, pueblo es el sujeto de la soberanía nacional entendida como soberanía popular.

El “pueblo” del populista pareciera invocar esa misma idea. Pero en estetipo de discurso político que también apela al protagonismo del pueblo como depositario de lasoberanía (eso que inspiró las grandes revoluciones modernas o que sostiene las más sólidas democracias) respiraría la promesa de dar un nuevo significado al poder de las masas cuando es administrado poruncaudillocapaz de interpretarcomo nadie esas demandas. A merced de la ilusión del empoderamiento y la dicotomización de la sociedad entre un “nosotros” y un “ellos”, ese lídersostenido por el “pueblo puro” (al cual él mismo encarna y representa) preservaría la voluntad colectivafrente a su natural antagonista, la “élite corrupta”.

El “pueblo” del populista supone así una perversa condición: sus motivaciones son únicas y superiores, y atienden a un antagonismo que execra lo plural, lo heterogéneo. Una visión idealizada de los valores de lo popular (en teoría más genuinos y menos viciados que los de la élite) se cuelga indistintamente a toda la sociedad, y su expresión sólo puede ser traducida por el líderpopulista. En unión casi mística, la voz del pueblo es la voz de aquel, y viceversa. Y mientras ocupe el propiciositial que lo hace uno con las aspiraciones de la mayoríaque moviliza, no habrá muro de contención, ni reparo formal, ni norma, ni institución o arreglo de la polisquese interponga con el objetivo de defender los deseosy urgencias de “su” pueblo.

El“pueblo” del populista -multitudinario, inflamado, convencido- es pieza fundamental para la supervivencia del relato del populismo, de su ineludible utopía. Avalado por las prácticas formales de la democracia, además, en mitad de esa “zona gris” que habilita la tortuosa cohabitación entre lasmanerasdemocráticas y las del autoritarismo, el populista cuenta con un atornillamiento infalible mientras el respaldoen las urnas le otorgue licencia para perpetuarse. De allí que, a contrapelo de la obvia restricción de libertades, la deriva personalista o la imposición de la voluntad de la mayoría sobre las minorías,persista la retórica de la defensa del voto, la expansión de beneficios sociales, lasobreventa de un modelocuyos hinchados apellidos (“democracia participativa y protagónica”) contribuyen a consolidar elmito de que, en efecto,el pueblo manda. ComoproclamabaChávez en2012:“La esencia democrática es el poder en manos de su dueño, el pueblo.  El que quiera ver democracia, venga a Venezuela”.Y pocos dudaban entonces que así fuese.

El “pueblo” del populista, un niño que ora se abraza, ora se maltrata y se somete, lo es todo para el populista. Mientras tenga pueblo, este liderazgo tiene su vianda garantizada.Ergo, un populismo sin pueblo (y sin líder carismático) es poco menos que unaextravagancia,un inoperanteartilugio; un águila incapaz de volar, un leóntrasquilado.Lo hemos vivido: no hacen falta más señas para entender que la otrora avasallante identidad de esefenómeno que vio luz en la Venezuela del siglo XXI, terminómetida en los arreos del monstruo que adversaba: la “élite corrupta”.

El “pueblo” del populistahoy no existe. Tampoco puede existir, por tanto, el populista, aunque los chambones ecos de otra época procuren ser mantenidos a toda costa.La fachada democrática que prestaba excusas para tanto desmán, ya no juega a favor del régimen: unoque a espaldas de la crisis más dantesca, de la mengua, el hambre, la incomprensible muerte de inocentes, larotura o la pérdida, parece ceder a la tentación de salir de la “zona gris” y asumir un autoritarismo sin matices… ¿se atreverá a desdecir así su propio relato?

Porque ese que fue el “pueblo” del populista, sí aprendióalgo: que aún en medio de la trapaceramelange, el voto le confería poder. Ese giro insospechado, tan contrario a las previsiones de un régimen que agoniza sin apoyos, podría terminar dándole una reprimenda ejemplar.Simple justicia poética:con suertey con dolores, los pueblos evolucionany aspiran a convertirse enciudadanos.

@Mibelis

Mibelis Acevedo

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