Opinión
El Quiebre del Olvido por Juan Carlos Rubio Vizcarrondo
Opinión

Es común decir que los venezolanos no tenemos memoria. Tal argumento, mortífero por toda la evidencia que parece respaldarlo; ha servido para darle respuesta a nuestra relación cíclica con el devenir político de los últimos tiempos. Hemos de recordar que somos la nación que eligió a Hugo Chávez Frías a pocos años de que manchó al país de sangre, que consagró coyunturalmente como héroes a los villanos Vladimir Padrino López y Luisa Ortega Díaz, que se entusiasmó con Oscar Pérez y Juan Carlos Caguaripano hasta aburrirse y llamarlos farsantes, y que ha adorado y detestado tantas veces a la Mesa de la Unidad Democrática. De alguna manera u otra, pareciese ser que uno de nuestros males es que concebimos a la política como un show que debe continuar aun si es con una barajita repetida o cambiada de lugar.

Este show nuestro sigue adelante, tal cual telenovela surreal, y se alimenta de la falta de sindéresis que aflige a la dirigencia política. Hemos sido testigos de todo tipo de espectáculos absurdos. Desde oficialistas dándose golpes de pecho por la Constitución del 99, la hija de Chávez, que él mismo trató de estrangular vía la reforma fallida del 2007; hasta opositores vociferando en las protestas de este año que nunca se conformarían con una elección regional, para luego asistir alegando la famosa conservación de los espacios políticos. Tales ejemplos demuestran que si la política es necesariamente una narrativa entonces la trama del país es convulsa e incomprensible, cosa que a cualquiera lo pudiese volver loco. En tal sentido, no debería extrañar que tantos venezolanos prefieran al olvido que a perder la cabeza.

La incoherencia no es el único factor en nuestro olvido.  Los venezolanos conocemos tanto a la vicisitud como a la resiliencia con que la enfrentamos, pero siendo espectadores somos como cualquier otro: alguien que quiere creer que los buenos triunfan sobre los malos. En este afán bonachón, sincero y preñado de buenas intenciones es que olvidamos un millón de veces, buscando salvadores donde no los hay, inclusive entre los restos de la basura y lo irredimible.

A pesar de todo lo expuesto, no hay ilusión que no tenga su final. Las circunstancias se precipitan, y como Lord Byron dijo alguna vez, la realidad es siempre extraña, más extraña que la ficción. La más de una centena de héroes asesinados en las protestas, el plebiscito del 16 de julio ignorado por su propio convocante, la elección fraudulenta de la Asamblea Nacional Constituyente el 30 de julio y la debacle de las elecciones regionales son eventos catastróficos que han agitado la psique de los venezolanos. Puesto de alguna manera, podemos decir que es ahora que hemos dejado de ver el show, porque la pregunta ¿qué sucederá en el siguiente capítulo? Ya no intriga cuando regresas a tu vida y dices: esto no puede ser, es inaceptablela política y el manejo del país no pueden seguir siendo así.

Una vez que la verdad es percibida ésta no puede ignorarse. Los venezolanos de un tiempo para acá entienden plenamente que la otrora revolución concluyó en una deriva totalitaria cuya corrupción destruyó al país. Y ahora, los venezolanos también entienden que hay una oposición inconsistente y confusa que no ha estado a la altura de encarnar el cambio que el país requiere. Este momento es sobre nosotros, los ciudadanos, estemos donde estemos, pues somos los responsables de apoyar a lo que es correcto y no a lo que pareciese necesario. Esta compostura que definirá al cambio en Venezuela se traduce sencillamente en no olvidar, pues solo el recuerdo puede salvarnos de la miopía que nos ha llevado hasta este instante.

 

Por Juan Carlos Rubio Vizcarrondo

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