Opinión
EL REVERENDO JONES
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Hace algunos años, con motivo de la celebración del centenario de Luis Beltrán Prieto en La Asunción, interactué con Aristóbulo Istúriz. En aquellos encuentros su sonrisa generosa en cordialidad y en piezas dentales,  tendía puentes para que fluyera una comunicación franca, respetuosa y útil. De aquella bonhomía hoy no queda nada; Aristóbulo ya no sonríe: gruñe y calza ferozmente un rictus malhumorado. Me entristece verlo convertido en uno de los más implacables “luceros” del “carro” con el que Maduro, “pran” de Venezuela, atropella y pretende someternos.

Comparar al gobierno de Maduro con el pranato que gobierna en el mundo carcelario, no es un despropósito. La violencia, la arbitrariedad, la corrupción, la impudicia, son características comunes de ambas maneras de ser y de hacer.

Pero hay otra comparación que puede ser más ilustrativa para expresar las negras aprensiones que me produce la criminal obsesión de Maduro por aferrarse al poder, aun si el costo es la destrucción del país. El 18 de noviembre de 1978 en la vecina Guyana se produjo el suicidio colectivo de cerca de un millar de personas, pertenecientes a una secta religiosa conocida como El Templo del Pueblo. Esta secta fue creada en los Estados Unidos por el reverendo Jim Jones quien, difundiendo la utopía comunista, manipulando ilusiones y temores, y recurriendo a la violencia cuando lo consideró necesario, logró reunir a un importante número de seguidores.

Presionado por crecientes denuncias en su contra, emigró a Guyana y allí fundó un asentamiento, Jonestown, que funcionaba bajo régimen comunal autocrático. Como siempre, la realidad termina por imponerse sobre la charlatanería y la mentira. Al quedar en evidencia que las promesas de redención no se cumplirían y que El Templo del Pueblo no era más que la estafa de un hábil megalómano, la feligresía ya no quiso seguir; entonces, se produjo la tragedia.

El chavismo comenzó siendo un proyecto político con mucho arrastre, luego se convirtió en religión, con Dios Supremo y Sumo Sacerdote; a presente no es más que una secta de fanáticos incapaces de leer la realidad y reconocer el mal que han causado. Me preocupa que el Bigote que Baila se sienta tentado por la solución final del reverendo Jones.

 

Manuel Narvaez

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