Opinión
El Silencio
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“La belleza es el acuerdo entre el contenido y la forma”. 

Henrik Ibsen 

El 11 de noviembre de 1989, 2 días después de la caída del Muro de Protección Antifascista o Muro de Berlín, construido a instancias del Partido Socialista Unificado de Alemania (otro “muro de la vergüenza”, forjado en la misma tradición de los guetos de Polonia, la línea verde de Chipre o el Paralelo 38) una impactante escena compite con el ya portentoso envión que supone ver a cientos de ciudadanos alemanes atacar con picos y martillos la odiosa pared que por años dividió al país. Bajo el irónico graffiti de un Mickey Mouse que saluda con un “Willkommen in ost-Berlin” (“Bienvenido a Berlín occidental”, con primoroso tachón sobre el “occidental”) se celebra un improvisado, emotivo concierto: un músico apostado en humilde silla interpreta magistralmente la suite n.° 2 para violonchelo, de Bach. No se trata de cualquier artista callejero, sin embargo (aunque algún transeúnte, en festivo gesto, se ha detenido a ofrecerle una moneda): es ni más ni menos que el maestro ruso Mstislav Rostropóvich, considerado el máximo violonchelista de su generación y quien debido a sus ideas políticas -contrarias a los dogmas del bloque soviético- permanecía asilado en occidente.

La belleza de su música augura así luminoso propósito para el cambio que se perfila: aprender a deshacer la pavorosa equivocación y sobre sus ruinas –la cicatriz que siempre recordará el peligro de insistir en viejos errores- erigir un nuevo futuro, apostar a la reunificación de una sociedad que nunca debió ser desmembrada. En ese marco, también un artista comprometido con sus circunstancias se asume parte de la memorable gesta colectiva: Rostropóvich nunca dudó en arriesgar su prominente reputación o sus logros (de hecho, llegó a ser despojado de su nacionalidad) cuando su sentido crítico lo llevó a manifestarse en contra del opresivo régimen de su país, por ejemplo. Una carta abierta dirigida a Brézhnev hizo público su apoyo a notables disidentes como el escritor Alexandr Solzhenitsin a quien, incluso, alojó en su propia casa.

Sí: Rostropóvich da ejemplo de hermosa responsabilidad ante la historia. Sin embargo, es justo admitir que tal decisión no siempre es fácil para un artista. A él toca hacer equilibrios entre la permanencia de su obra, su ego (como reflejo de identidad consciente, debatiéndose a merced de la caricia de la admiración o la sierpe de la adulación); lo que es como individuo, lo que representa para la sociedad. Para quien elige vivir en el centro de todas las miradas, la contradicción puede convertirse en una bestia acechante. En medio de esa agobiante dinámica, muchos artistas –humanos, al fin- antes que optar por un riesgoso protagonismo, acabaron refugiándose en el mutis político, la bocca chiusa, cediendo ante el arduo peso de las circunstancias. (Nadie olvida, por ejemplo, la persecución nazi contra el “‘Entartete Kunst‘ o arte degenerado, que ridiculizó la obra de los vanguardistas frente a la filosofía del “realismo heroico” inspirada por los ideales del Tercer Reich). La supervivencia, claro está, plantea acá quebradizo dilema.

Uno no puede dejar de mirar, sin embargo, desde la modesta butaca del teatro. Uno -parte de ese público a veces feroz, sin duda exigente- no deja de preguntarse si eventualmente el compromiso del ciudadano no debería estar por encima de la precaución del artista, aun cuando de él parece depender un fin mayor, un gran plan que lo trasciende. A raíz de las recientes declaraciones del Director de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar, maestro Gustavo Dudamel (quien defiende su “falta de postura política”) vale preguntarse también si realmente la expresión de tal postura podría hacer colapsar a un proyecto como el Sistema Nacional de Orquestas. ¿Qué tanto depende de aquel? Quisiera pensar que poco. He allí una maquinaria prolijamente aceitada, maravillosamente concebida para sobrevivir al margen de sus progenitores, de los apegos del gobierno de turno o de la batuta del momento. Como debe ser: y lo confirma el hecho de que tras 40 años de surfear sobre los avatares de la vida política nacional, el Sistema siga hoy “tocando y luchando”, llenándonos de orgullo, mostrando el joven, pujante, sublime rostro de un país.

Pero ese país también sufre, eso es innegable. Víctima del peor atasco de su historia, ese país, formado por ciudadanos de toda traza, hace colas interminables, pasa hambre, se empobrece, se enferma y no encuentra medicinas, teme morir, asaltado en cualquier esquina; intenta mirar al futuro y le cuesta sobreponerse al ejercicio. ¿Acaso dar la espalda a esa atribulada audiencia, optar por el “espantoso silencio de los buenos” –como decía Luther King- no terminará armando ingrato performance, haciéndonos atolondrados testigos de una belleza trunca?

Uno se pregunta, aunque sabe que la elección no es simple, aunque sabe del temor a que cierta rebeldía desordene nuestro “estado de cosas” (Wittgenstein). Después de todo, el futuro podría sorprendernos, cambiar radicalmente el compás: y desnudar la certeza de que un idealismo en desacuerdo con los contenidos de esa realidad, podría devenir en fea, estridente indiferencia.

Mibelis Acevedo

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