Opinión
El Táchira arde
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En el momento de escribir estas líneas (cuatro de la mañana) San Cristóbal estaba ardiendo por los cuatro costados luego de una violenta movilización de tropas cuyo objetivo era sofocar definitivamente, a sangre y a fuego, el movimiento de resistencia regional que se ha mantenido en las calles a largo de un mes de hostilidades. No sabemos si el uso indiscriminado de la fuerza logró su cometido, pero los mensajes que venían del Táchira eran sobrecogedores y daban cuenta de una ciudad en estado de guerra.

A estas alturas y cuando se suponía que la estrategia de la desobediencia civil estaba derivando a otro tipo de protesta, el gobierno contraataca con todo, dispuesto a apagar un reguero de candelitas diseminadas a lo largo y ancho de todo el país. La decisión de endurecer aun más la represión, al tiempo que, por otro lado, ensaya un remedo de diálogo, reducido por ahora a un monólogo inútil, implica un alto costo político que, más allá del desprestigio internacional (un daño ya irreparable), pone en evidencia su dependencia, cada vez mayor, de las Fuerzas Armadas.

La tragedia de todo esto radica en que las causas que originaron la ola de protestas, lejos de ser solventadas, o al menos consideradas con verdadero criterio de amplitud y talante autocrítico, no solo permanecen inamovibles sino que se han agravado porque los canales democráticos, antes que abrirse, se han cerrado aun más. De manera que esa inmensa porción de venezolanos, agobiados por las carencias y penalidades, que ya no discriminan entre pobres y ricos, no encuentran otra salida sino la protesta y a veces, cuando se le ataca a tiros y a perdigonazos, la protesta airada. Porque, al fin y al cabo, ¿qué es una piedra al lado de un fusil Kalashnikov?

Quizás algunos encuentren razones para protestar por la escasez de alimentos, el desabastecimiento, la falta de medicamentos, la crisis de la salud o la inseguridad, mientras otros exigen un cambio total del modelo económico o el cese de la guerra contra los medios de comunicación críticos, pero no hace falta mucha sabiduría para constatar que en la carencia de un auténtico sistema democrático, con instituciones sólidas y autónomas, está la raíz del caos que ahora vivimos. Por eso, en algún momento, cuando la Fiscalía, la Contraloría, la Defensoría del Pueblo, el CNE o la Asamblea Nacional, se convirtieron en unos ministerios más, la gente acudió a los medios. Pero ahora que éstos están siendo sometidos al aniquilamiento sistemático y progresivo o han sido domesticados, el venezolano agobiado (y el Táchira es la expresión mejor acabada del fenómeno) sale a la calle dispuesto a todo.

Roberto Giusti

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