Opinión
Elogio de la cordura
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“Pídales a mis partidarios que me perdonen por no responder al honor que me hacían al poner en mis manos el destino de mi país”: en medio de la brumosa hondura de su demencia, un fogonazo de lucidez permitía a Diógenes Escalante solicitar a través de su esposa Doña Isabel la indulgencia de los venezolanos. La trágica figura de Escalante y el episodio que debió transitar -espléndidamente descrito por Francisco Suniaga en “El pasajero de Truman”- no en balde para muchos marca un hito elocuente en nuestra historia política. Al brillante diplomático tachirense y denodado civilista, quien hacía las veces de embajador de Venezuela en Washington, tocó entonces asumir la candidatura presidencial de consenso que le proponía Medina Angarita, apoyado por el PDV y AD; una aspiración que luego, y según la Constitución vigente, debía ratificar el Congreso. En medio del complejo paisaje que suponía derrotar las apetencias militaristas y las persistentes amenazas de guerra civil, la ya comprometida psiquis de Escalante pareció sucumbir a las presiones. El 3 de septiembre de 1945, cuando era requerido por el Presidente y su gabinete en el Palacio de Miraflores, su secretario privado, Ramón J. Velásquez, lo encontró en su habitación del Hotel Ávila, lidiando con un imaginario robo de sus camisas que lo había dejado, pobre alma, sin posibilidad de vestirse.
En efecto, la inopinada escena lo había desnudado: como luego certificó una junta médica, Diógenes Escalante había perdido la razón. Expiraba así su deseo de ser Presidente de la República.

Paradójicamente, la locura frustraba también la intención de cortarle el paso a otra sinrazón, la vuelta de las ideas del gomecismo, la conspiración contra el gobierno de Medina Angarita, y daba al traste con la “Fórmula Escalante”, el plan de continuar con el proceso de reformas que conduciría a una democracia avalada por el voto popular. Todo eso mientras el ex-embajador, trasladado a un hospital en EEUU, subía a la “Stultifera Navis” o “Narrenschiff”, -como se le conoce por la obra de Sebastian Brant- la famosa “Nave de los locos” que en el mundo del renacimiento navegaba a la deriva por los ríos de Renania y los canales flamencos, cargada de los orates y marginados expulsados de las ciudades (una práctica que, según explica Foucault, se correspondía con la de las auténticas naves de dementes que cruzaban los ríos de Europa durante la Edad Media).

En tierra firme venezolana, entretanto, quedaban los cuerdos, esos que irónicamente acababan reducidos por la necedad y su pequeño pero influyente cortejo: la adulación, el amor propio, la demencia, la pereza, la molicie, el olvido, la voluptuosidad, tal como lo describe Erasmo de Rotterdam en su mordaz “Elogio de la locura”. Desde ese fatídico registro del colapso, la historia local fue toda una sucesión de victorias de la irracionalidad. Dos golpes de Estado, y el advenimiento de la dictadura perezjimenista. En 1945, el sueño huidizo de la instauración de la democracia civil nos ofrecía una suerte de anticipo de lo que pudo ser, y no fue: la oportunidad perdida, la vuelta al punto de inicio.

Una sensación similar vivimos tras estos últimos 17 años, luego de que las promesas de depurar esa democracia imperfecta de la que acabamos desencantados en 1998, claudicaron ante el imperio de un nuevo delirio. Aún asistidos por la providencia, generosa a la hora de proveer recursos que hubiesen hecho posible corregir cualquier eventual desarrollo discrónico, la locura no ha dejado de seducirnos: y no nos suelta, y nos somete. Pasamos de ser un país medianamente normal a habitar esta suerte de sinsentido oficial, donde las claves de la cordura aparecen consistentemente invertidas, en todos los ámbitos. Señas de la utopía revolucionaria, como indica Moreno Pinaud al analizar “El fin de la locura” de Jorge Volpi, encarnada en esos héroes románticos prestos a “desafiar las normas, someter su cuerpo a los estragos del dolor, gozar en medio de las tinieblas”: lanzados al mundo, en su arrebato, a personificar su subjetividad en los otros, a desarrollar sus propias manías en la realidad. Un empeño digno del mejor ilusionista.

Quizás por eso desde el poder se miente sin respingos morales, se habla como si la realidad del otro no contase; como si al no mencionarla se impide que exista y nos sofoque. Nuestros gobernantes “se hacen los locos” ante tanta y tan grotesca evidencia… vive allí, sin duda, otra forma de locura. ¿Cómo rescatar entonces la objetividad de la desmesura de la sinrazón? ¿Cómo desafiar la memoria del fracaso, la blanda resignación, el íntimo acomodo a la “lógica” de ciertos desvaríos? Todo un reto. Es tiempo de habilitar nuestra propia “Nave de los locos”, de conducir a nuestra polis a su necesaria sanación. De reflexionar sobre el presente y asumir nuestra deuda de sensatez como sociedad. Recordemos que incluso el propio Escalante tuvo fuerzas para librarse por instantes de su implacable laberinto, y responder por la obligación que sabía impostergable. He allí un ejemplo.

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Mibelis Acevedo

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