Opinión
En la cola
Opinión

Es llamativa-por decir lo menos- la tendencia de muchos países latinoamericanos (y de Venezuela, que contra su tradición democrática destaca como pocos en estas lides) a acoger con especial euforia el relato del liderazgo populista. ¿Cómo es posible que un modelo a todas luces perverso y anacrónico haya renacido con tal fuerza en este siglo, bajo la engañifa de una revolución socialista que con tanta maña desarticuló las bondades de la democracia liberal? ¿Qué visceral fuerza aviva eso que Laclau describe como una retórica (“síndrome”, no doctrina, matizan Kobi y Papadopoulos) de confrontación social, que opone a las masas al “bloque dominante” con el fin de hacer olvidar “las contradicciones que esta retórica ambiciona en realidad preservar”? La tesis de Graciela Soriano sobre los peculiares desarrollos discrónicos en países como el nuestro, nos arrima a interesantes conclusiones: ella habla de la “coexistencia de niveles témporo-culturales de distinta índole” que si bien se insertan en las coordenadas históricas occidentales, han terminado configurado modos propios, mentalidades e idiosincrasias, un particular logos, ritmo y tempo en estas sociedades que tergiversan el modelo original de democracia hasta convertirlo, de facto, en su némesis. De allí que en pleno siglo XXI vivamos una suerte de “reversión del sentido de la historia”, con consecuente retroceso en el desarrollo que en nada atiende a la línea ascendente que a estas alturas deberíamos estar trazando.

El caso es que la cadencia del personalismo, haciendo girar todo en torno a un presidente-caudillo siempre picado por la reelección; un Estado empeñado en intervenir la economía, en seductora posición de proveedor; el elevado gasto fiscal, la calenturienta retórica anti-imperialista, la condena al libre mercado, el afán por minimizar –más bien “pulverizar”- las voces disidentes (características típicas de modelos fallidos aplicados en el pasado, y en apariencia superados) toparon en Latinoamérica con un exuberante terreno que cebado por el aumento del precio de los commodities abrió puertas al neopopulismo de izquierda.  El “asedio revolucionario” –así lo bautiza Carlos Raúl Hernández- volvió por sus fueros, para arrellanarse con especial gozo en Venezuela y Argentina, con Chávez y Néstor Kirchner a la cabeza, blandiendo promesas tan embriagadoras que harían lucir anémicos a los “ríos de vino y leche” del mismísimo País de Jauja.

Para nuestra desdicha, la historia que sigue es harto decepcionante. El experimento terminó legándonos mucha más tragedia de la que prometió disipar. En Venezuela, por ejemplo, suscribiendo el caos del que habla la calle, resulta abrumador el corolario de un estudio sobre calidad de vida realizado por la UCAB, UCV y USB. Según indica Luis Pedro España, en 2015 se alcanzó la cifra record de 76% de personas en situación de pobreza, contrastando con el 62%, registrado entre 1989-90 o el 45% del 99, cuando Chávez iniciaba su mandato (quien, por cierto, nunca dejó de airear sus invectivas contra el “neoliberalismo de la 4ta República” y felicitarse por los logros de la “5ta” en su lucha contra la pobreza: “Son millones de personas que han salido de la miseria, que antes morían de hambre. Eran millones de madres las que sufrían lo indecible en casas de cartón, viendo a sus hijos morir de hambre mientras ellas mismas la padecían.”) En el caso argentino, aunque se divisa menos hondura en el barranco, la situación no pinta especialmente propicia tras años de controles y desbordamiento fiscal. El FMI pronosticaba en días pasados que la economía se mantendrá “estancada en 2015 y en 2016”.

Así, tras el desplome del precio de materias primas (en cuasi-paralelismo con las muertes de Kirchner y Chávez) la fiesta populista en Latinoamérica parece tocar fin. Ya no hay dinero para regalar o financiar proyectos mesiánicos; tampoco para asegurar un desarrollo, hoy inexistente, al cual los Gobiernos estaban obligados a abocarse. En tiempos de vacas gordas no saltó ningún iluminado visionario para advertir que debíamos ahorrar: que porfiara –igual que Lavoe- en que todo tiene su final, que “nada es para siempre”, como en estos días tuiteaba la misma Cristina Kirchner. Y sí: que todo cambia.

En escenario teñido por la inexcusable urgencia, toca a Macri asumir la presidencia. Las expectativas de esa victoria, sin embargo, lucen auspiciosas. Carlos Alberto Montaner habla “del triunfo del sentido común sobre el discurso crispado y fallido de las emociones”, propio del populismo. Ojalá. Todo apunta a que finalmente el territorio podría empezar a librarse de ese pathos, y asumir que sus sociedades sólo necesitan políticas correctas, no estériles diatribas ideológicas. Basta ver cómo en el mundo las distancias entre derecha e izquierda son cada vez más imprecisas, y que el criterio que se impone es el de una gestión cuya eficiencia se mida en resultados reales y sostenibles a largo plazo.

El siglo XXI espera para abrazarnos. Venezuela, sin duda, estará en la cola.

@Mibelis

Mibelis Acevedo

107 Artículos
@mibelis
@mibelis