Opinión
Entre la Frontera y la Diáspora: La Punta de la Lanza
Opinión

Por Juan Carlos Rubio Vizcarrondo

Tw: @JohnMiss

 

Exilio venezolano. Diáspora venezolana. La única diferencia entre una cosa y la otra yace en la cuantía de la perdida. El exiliado es el papá ola mamá que se va para poder proveer, el hijo hambriento de futuro que se arriesga en lo desconocido, el amigo cercenado de todos a quienes conoció, el líder perseguido por el opresor y, en fin, cuanta historia la vida pueda ofrecer. Por su parte, el éxodo es la aglomeración de las despedidas, aquel sufrimiento que se vuelve patrimonio de todos. Sea uno o el otro, ambos tienen a los mismos protagonistas: los que se van y los que se quedan.

Entre estos actores hay de todo. Las sensaciones entre ellos son variopintas, transitan invariablemente a través de los caminos de la estima, la decepción y los sentimientos encontrados. Tal volatilidad jamás puede ser atribuida a que unos son automáticamente buenos y otros instantáneamente malos, o peor todavía, a que unos son mejores que otros. El problema yace en cómo la percepción que tenemos es afectada por la distancia. En este sentido, nadie está exento de caer en las presunciones provocadas por la falta de comunicación y entendimiento. Ejemplos muy claros de esta situación: cuando algunos que se han ido aducen que el país y sus habitantes son irremediables e insalvables, o cuando algunos que se han quedado asumen que los que se han ido viven como reyes y se ríen de la miseria ajena.

Este nivel de deshumanización que se da entre venezolanos solo puede tener como origen a la ceguera que deja la rabia. Todos tenemos frustraciones y en ocasión creemos que los demás no están en la posición de poder entenderlo. Aun así, la solución resulta bastante sencilla, consiste de una sola cosa: escuchar. Si esto se practicase siempre, los que se han ido se encontrarían con venezolanos de bien que solo quieren tener la oportunidad de vivir mejor, mientras que los que se han quedado se encontrarían con venezolanos que se han sacrificado para subsistir alrededor de mundo.

Cuando los referidos prejuicios brillan por su ausencia nos volvemos a encontrar sobre la base de lo más importante: el amor por nuestro país. En ese instante, la solidaridad se vuelve manifiesta y quienes están adentro y los que están afuera se percatan de que todos nos necesitamos. No puede haber mayor ejemplo de esto que en las dos gestas libertarias de nuestra historia contemporánea: aquella contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en el siglo XX y la que se hemos librado hasta ahora en el siglo XXI. En el caso de la penúltima dictadura se generó una gran coordinación entre las redes clandestinas adentro del país y el exilio. En ese entonces, nadie estaba sujeto al olvido, los que se quedaron apoyaron económicamente a los que se fueron y éstos últimos fraguaron los acuerdos esenciales para defenestrar al régimen. Muchas décadas después, en esta era que nos ha tocado vivir; ha habido desavenencias entre las ópticas de quienes están adentro y quienes están afuera, pero a la hora de la chiquita el apoyo a la libertad ha sido unánime. El resultado es evidente cuando se observa que en las mayores protestas se da el encuentro entre la lucha ciudadana en el asfalto, la promoción de la causa por parte del exilio y la facilitación de insumos desde el exterior.

Lo esencial a todas estas es reivindicar el valor que cada uno de nosotros tiene para la Venezuela posible. Ninguno carece de dotes por el solo hecho de estar adentro o afuera del territorio nacional. Se puede ser líder y luchador se esté donde esté. Si estás en el país debes evitar la desesperación que el actual régimen permea en nuestro día a día, si estás en el exterior no puedes pensar que tu condición te prohíbe ser un agente de cambio. Necesitamos el brío del ciudadano que patea las calles venezolanas. Necesitamos la perspectiva y la sobriedad del ciudadano librado del flagelo tiránico. Hoy, la historia nos está poniendo a prueba y el desarraigo es nuestro peor enemigo. Como se dijo anteriormente, tenemos antecedentes patrios para volver a ese camino mancomunado, a esa estrategia pavimentada entre los que se van y los que se quedan. La última vez que se ensayó tal formula inauguramos a la democracia y su primer presidente fue justamente un exiliado. Ahora bien, imagínense lo que podríamos lograr con mayor cohesión social entre los de adentro y los de afuera, imagínense al país nuevo que podríamos labrar, imagínense a la Venezuela nacida entre la frontera y la diáspora.