Opinión
Estatuas caídas
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Mibelis Acevedo Donís

“Uno de los rasgos relevantes del culto a la personalidad 

es su ridiculez; el cuerdo la capta, el intoxicado ya no.”

Antonio Pasquali

Parecido a lo que vivió la helada Ulán Bator (donde fueron derribadas estatuas emblemáticas de la era comunista, primero la del “padrecito Stalin”, en 1990; y luego, en 2012, la del “maestro Lenin”, la última en pie en la capital de Mongolia) el 17 de abril de 2015 la ciudad ucraniana de Kramatorsk, en la región de Donetsk, fue noticia para los medios locales e internacionales. Entre ovaciones de asistentes al nutrido mitin, una grúa abatía otra estatua de Lenin, esta vez la que aún resistía frente al Ayuntamiento. La acción atendía a una medida drástica de la “Rada Suprema” o Parlamento ucraniano: prohibición tanto de la simbología comunista como de toda propaganda que negase el “carácter criminal” de los regímenes totalitarios. Así, en esfuerzo por revisar los corolarios de la conformación del bloque soviético tras la 2da Guerra mundial, se buscaba entre otras cosas combatir la tóxica supervivencia del culto a la personalidad, rasgo señero del autoritarismo.

La tentación de convertirse en remedo de un tótem viviente –esa moderna deificación de los líderes, práctica extendida entre dictadores de viejo y nuevo cuño- en mucho invoca el antiguo culto imperial romano. El propio Julio César, antes de ser elevado al santuario de los inmortales, aprobó en el 44 a.C. (año en que se auto-proclama dictador vitalicio) la edificación de su estatua, a cuyo pie se leía “Deo invicto” (Dios invencible). Por si fuese poco, un oficioso Senado votó para erigirle un templo e instituir juegos en su honor. Su hijo adoptivo, Augusto, atento al beneficio de adscribirse en tierra a una esfera divina, reclamó luego para sí el título de “Hijo de Dios”, Divi filiu, y permitió que en Pérgamo le fuese construido un templo. Ni hablar del retorcido Calígula, quien por orden directa sembró a la República de santuarios y efigies –luego derribados- que hacían mimos a su inclemente egolatría.

Aun así, la mayoría de los emperadores romanos –para quienes, más allá de sus veleidades narcisistas, era obvia la utilidad política de tal adoración- fueron bastante cautelosos en cuanto a la conveniencia de reclamarla en vida, dado el riesgo eventual de caer en desgracia o sufrir las penosas embestidas de la ridiculización. Al final, tal vez adivinaban que la historia política es río de caprichosos e imprevisibles meandros, en el que un “siempre” o un “nunca” puede durar 20 años, o 2 días. Sin embargo, esa es certeza que no impidió que personajes como Hitler, Stalin, Mao, Gadafi o Kim Il Sung pujaran por tallar en sangre su imagen en la desgarrada memoria de sus naciones.

En Latinoamérica, castigados como estamos por la seña del caudillismo, el culto a la personalidad pinta ominosos ribetes. Sin contar los muchos devaneos voluntaristas de los “elegidos” de otras épocas (Gómez en Venezuela, Getulio Vargas en Brasil, Juan Domingo y Eva Perón en Argentina) el siglo XXI ha sido especialmente exuberante en este sentido, dado el apogeo de este segundo (¿postrero?) aire del populismo. Acá, el marrullero discurso de una democracia bordada a la medida de un líder carismático y todopoderoso, héroe universal de la guerra contra el opresor y guardián de los descamisados, hizo gravitar en torno a esa figura la noción de un presente trascendente que determina el pasado y el futuro, para luego proponer una suerte de reset de todo el sistema de creencias. La historia -un antes y un después de la llegada de estos tornadizos mesías- sólo puede ser vista y entendida a través del lente de esa veneración, de ese apego simbólico. Así, quien encarna al pueblo, a la Patria, promete proveer: a cambio, pide ser glorificado.

La Venezuela de Chávez (“Un Chimborazo permanente”, como bien ilustra el profesor Antonio Pasquali) arrima áspero ejemplo de esa desmesura. Desde antes de su muerte, al país ya no le cabían más vallas, monumentos, escuelas y barrios rebautizados, afiches y murales desde donde, a modo de místico Big Brother, aguaita la mirada omnipresente del “Comandante eterno”. Los íconos, la épica militarista, los mitos fundacionales de la Revolución Bolivariana se vuelven leitmotiv de una nación que parecía no tener historia previa a Chávez, al menos no una que valiera la pena registrar. ¡Ah! Pero la crisis ofreció saludable trompada al dogma. La rotunda victoria de la oposición y reciente instalación de una nueva Asamblea lo confirman: la gente, harta de retórica y espejitos, reclama más resultados y menos cascarones vacíos. Así que importa poco creer si un busto llora aceite: al final, como decía el mismo emperador Tiberio, es preferible ser recordado por tus actos que por las piedras.

Quizás por eso, a contrapelo del antojo por apropiarse de la eternidad, pocas imágenes lucen tan vigorosas y plenas de símbolos como la de una estatua que se derrumba. Algo así adivinamos cuando tras ser desmontada de uno de los pasillos de la sede del Congreso Nacional, la enorme tela que exhibía la imagen de Chávez cayó vencida por todo su peso… ¿alegoría del mito que se desmorona, camino al “panteón del olvido”? Lo veremos. Después de todo, el juicio de la historia es inexorable.

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Mibelis Acevedo

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