Opinión
Fanatismo y otras regresiones
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Cuánta desazón causa saber que los eventos que desgarraron al mundo recientemente atienden en pasmosa medida a la más frenética expresión del fanatismo. En la cuna de la civilidad, el París de la Iluminación –nada casual- el extremista habló, con esa voz áspera y perturbadora que a juro nos atornilla, para dejar claro que en relación a sus sagradas creencias no existe otredad aceptable. Después de todo, nos dice, la verdad es una y le pertenece. Por ella está dispuesto a morir, y más: aniquilar a quienes no la acepten. Así de simple; en la médula del fanatismo vive la trapacera idea de que se forma parte del único bando posible, que se mira al resto desde un “lado correcto” e inequívoco, con lo cual se descarta la pertinencia de cualquier visión distinta. No hay lugar allí para la individualidad, que boquea engullida por el sentido de pertenencia a una conciencia colectiva, superior e ineludible: “Estamos en lo cierto, los demás son los equivocados: debemos salvar al mundo del error”. Son esos los torvos motivos para el ajusticiamiento, las atávicas muecas de esta nueva Inquisición ahora perpetrada en nombre de Alá, que nos traspasa con la ciega avidez de sus dogmas.

Nada más estremecedor ni que preste tan alarmantes espejos, en especial para nuestro país. Recordemos que el fanatismo se acompaña de muchos apellidos, pero en cualquiera de sus versiones siempre entraña un potencial peligro. En lo político, por ejemplo, resulta una amenaza para las sociedades, no siempre tan clara ni tan abierta: más si consideramos que en la obsesiva carrera por ganar adeptos, el fanatismo suele ajustarse la cofia del idealismo, la del patriotismo. Esa falaz bandera, blandida por “elegidos” que afirman ser depositarios de la verdad, conduce a la prédica maniquea, reduccionista, muy tóxica para la democracia. La división entre seguidores (¿groupies?) o no de un proyecto, la exclusión del otro, la anulación de lo diferente -que es otra forma de propinar muerte- son signos de ese pathos con el que hemos tenido que traficar durante los últimos años. “O estás conmigo o estás contra mí”, lanzaba Chávez en épico rapto, y advertía que había que señalar a los traidores “antes de que maten la revolución”. Amos Oz, quien muy a propósito escribe “Contra el fanatismo”, elabora una sugestiva reflexión al respecto: “Traidor es quien cambia a ojos de aquellos que odian cambiar y no pueden concebir el cambio, a pesar de que siempre quieran cambiarle a uno. En otras palabras, traidor, a ojos del fanático, es cualquiera que cambia.”

De allí que la posibilidad de contrastes entrañe diabólicos significados para el fanático, quien sólo puede aspirar a que el mundo que soportan sus creencias se mantenga intocado, no importa cuán perverso sea el “estado de cosas” (Wittgenstein) que promueve, no importa si la disociación entre la ideología y la moral abra la puerta a la injusticia, como diría Camus. Una tesis encuentra aquí pleno acomodo: el fin justifica los medios –también los miedos-; y en función de eso la única transformación necesaria y posible es la que alude al cambio de la mentalidad del otro, “como sea”, por encima incluso de la dignidad, la libertad o la vida. Acá de nuevo Oz (quien por cierto, como miembro de una familia de judíos inmigrantes, toma de ejemplo su propia odisea de evolución desde la calle ciega del fundamentalismo religioso a la “defensa de la vida”) nos pellizca con su certero pensamiento: “La esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar”. El fanático “a menudo, está más interesado en los demás que en sí mismo. Quiere salvar tu alma, redimirte. Liberarte del pecado, del error (…) liberarte de tu fe o de tu carencia de fe. Quiere mejorar tus hábitos alimenticios, lograr que dejes de beber o de votar. El fanático se desvive por uno. Echar los brazos al cuello o lanzarse a la yugular es casi el mismo gesto”. Y remata, lapidario: “De una forma u otra, el fanático está más interesado en el otro que en sí mismo por la sencilla razón de que tiene un sí mismo bastante exiguo o ningún sí mismo en absoluto.”

Nuestra historia reciente cunde en muestras de esos porfiados “salvadores”; algunos que lejos de salvarnos, terminaron legándonos la más aciaga regresión. Por suerte, en medio de la crisis, el destructivo fervor que el chavismo generó entre sus devotos ha recibido una buena vacuna de realidad, un “baño de relativismo” que pone su promesa de felicidad en entredicho. Hace unos días, en entrevista con César Miguel Rondón, la candidata a diputada por la Unidad en el estado Portuguesa, María Beatriz Martínez, revelaba una llamativa anécdota: durante un recorrido casa por casa, un dirigente vecinal del PSUV le confesó sentirse como “una mujer engañada”. Sin duda, el fin del fanatismo comienza cuando otra verdad -esa que hasta ahora estuvo vedada- nos confronta, nos muerde la nariz, desafía nuestras creencias. Sospecho, pues, que ese liberador camino es el que nos conducirá hacia la pluralidad necesaria para reconstruir este país.

Mibelis Acevedo

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