Opinión
Frases desafortunadas
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Si el día de mañana fuese entrevistado por televisión Miguel de Cervantes Saavedra para que nos hablase acerca de su libro Don Quijote de la Mancha, probablemente no tendría nada que decir acerca del mismo. En primer lugar porque como escritor sabe que la palabra debe defenderse sola, sin necesidad de explicaciones extras por parte de quien la compone, pero por encima de todo, es tanto lo que se ha dicho y escrito acerca de su legendario libro, que el autor se vería obligado a quedarse callado. Simple solidaridad hacia quienes han dedicado su vida a interpretar esta obra, en parte en forma atinada y en muchos casos de manera un tanto extraviada.
La palabra escrita, como un cuadro, una melodía, una pintura, una película o cualquier obra de arte, vuela si tiene la capacidad de trascender y en ese vuelo el autor no debería participar. Al quedar expuesta ante el gran público, la obra se halla desnuda y serán quienes tengan contacto con la misma los que se encarguen de admirarla o sepultarla. El artífice está al margen de esta dinámica, porque su obra es de dominio público, ya no le pertenece. La relación entre el autor y la obra se encuentra más cercana a la orfandad que a la paternidad. Al escribir, de alguna manera nos terminamos convirtiendo en admiradores de las palabras. Espectadores fascinados por la idealización de la frase perfecta, el descubrir un aforismo inmaculado o la creación de un párrafo al cual le atribuimos valor. En esa capacidad de fascinarnos por lo que se nos presenta como propuesta estética, se hallan incluidas aquellas expresiones cuya carga ideológica tal vez trascienda y propenda a repetirse en el tiempo, a pesar que no es lo bello lo que deslumbre sino lo abominable.

En ese ir y venir de expresiones funestas, no pueden quedar afuera aquellas que poseen una fuerza indómita, aunque no hayan sido escritas, que marca a generaciones enteras y que no trascienden por buenas sino por ser francamente oscuras. Para ejemplo me referiré a dos de estas expresiones que resuenan en los ecos de la historia y aunque sean míseras, no por ello dejan de tener una estética que las hace brillar, precisamente por estar desapegadas de manera absoluta con la ética.

La primera es la famosa y múltiples veces repetida frase o grito del español nacionalista Millán Astray –“¡Abajo la inteligencia! ¡Viva la muerte!”. A mi juicio una locución perfecta que ilustra la manera en que la maldad suele enfrentarse desde una ética monstruosa a la inteligencia que de vez en cuando hace su aparición en las sociedades. La expresión la suelta Millán Astray el 12 de octubre de 1936 en la Universidad de Salamanca a su rector Miguel de Unamuno, quien en el mismo acto respondió ante un inmutable público silencioso: –“Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir.” –“Este es el templo de la inteligencia (…). Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”.

¿Cuál de los dos trascendió? ¿La perfecta frase necrófila o el discurso del académico?

El segundo ejemplo es venezolano. En 1846 Ezequiel Zamora estaba trabajando de manera honesta como pulpero en Villa de Cura, ciudad considerada desde la época colonial como la puerta de los llanos venezolanos. Leía el periódico El Venezolano, órgano vocero de lo que fue denominado “partido liberal”, cuyo más calificado representante era Antonio Leocadio Guzmán. Complementaba estas lecturas con medios impresos de corte más violento como El Trabuco y otros con diversos nombres pintorescos donde no faltaban los versos corridos y las caricaturas agresivas.

A las órdenes de José Tadeo Monagas, luego del grave incidente el 24 de enero de 1848 en el Congreso, es enviado a Villa de Cura a organizar un batallón. Como los hechos propios de las dinámicas históricas son casi acrobacias impredecibles, este joven comerciante quien era el arquetípico representante del combatiente venezolano del siglo XIX, participa en la proclamación de la “Federación”, que era una manera de designar una fórmula política cuyo contenido era ininteligible para las masas populares. Teniendo las ideas políticas poco claras, porque era un hombre inculto, pudiésemos asomar la idea de que Zamora arropaba un ideario socialista utópico que se puede resumir en la icónica frase: –“Mueran los ricos y los blancos”. Sus conmilitones tenían el propósito de llegar hasta Caracas para “matar a todos los que supieran leer y escribir”. Veinte días después de la victoria de Santa Inés una bala atravesó su cabeza y murió.
¿Trascendió la frase necrófila junto a su perfecta estética y su abominable ética? A veces pienso que esas voces de horror necesariamente tienden a volcarse contra quien las invoca.

@perezlopresti

Alirio Perez Lo Presti

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