Opinión
¿Furia a la medida?
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Siempre convieneaprender a leerlos jadeos de una bestia malherida,esa quegruñe y muestra sus dientes para apartar nuestra mirada del nítido tajo. Los tropiezos y elaislamiento,a pesar de la fornida estampa o los groseros zarpazosque lanza con másgenerosidadde la usual, hacen pensar que asistimos a una celebración agónica, plena de hipérboles y amplificadas promesas de supervivencia, pero vacía de futuro. No es menos cierto que tal criatura es capaz del destrozo, -de hecho, podemos jurar que la sospecha del fin la hará juntar todos sus bríos para abatirnos- pero enfrentarla inteligentemente, conscientes de nuestras debilidades y nuevas fortalezas, seguro nos brindaráalgunas ventajas. Justo por eso, es necesario asumir(ningún oráculo puede anticipar la precisa duración y alcance de eseestertor, ni sus accidentes) que el tránsito por la decadencia y sus excesos resultará sin duda muy duro: pordemandante, por complejo, por azaroso.

De allí que en medio delportentoso hundimiento que es hoy el chavismo-el fin de una ilusión, esa que hoy renquea fatigosamente sobre sus muñones- no asombra del todo que el Gobierno advierta sobre su eventual radicalización: otra más. “Estoy listo para radicalizar la revolución, sin vacilar, hace falta unirse pueblo y gobierno”: eso ha dicho ahora Maduro, ignorando limpiamente que la porfía en aplicar un modelo multiplicador de los vicios, carencias y desenfrenos que presuntamente combatiría, sólo acentúa la pendiente por la que nos va deslizando hacia la hondura. Ignorando, además, que ese discurso de fanáticos-para-fanáticoslo que hace es amplificar la desconexión emocional entre el gobierno y la inmensa mayoría que sufre el coletazo de la crisis terminal; pueblo chavista, incluso, que acaba acusando los efectosde la disociación.Entre esa población despechada, hambreada, acorralada por la falta de opciones, abatida por los sinsabores de una esperanza consistentementerota, probablemente se esténcebando los móviles de una confrontación no alineada con estrategias de presión organizada, ni atada a ningún consenso programático. Una posibilidad a la que tal vezapostarían los radicales de otro bando, por cierto, amarrados a la muy riesgosa expectativa del rupturismo social:el abrupto borrón y cuenta nueva, la furia indistinta del “¡que se vayan todos!”, fenómeno que -nuncalo olvidemos-alentó la génesis de esta calamitosa aventura que hoy nossofoca.

En un escenario donde las instituciones han sido invalidadas en su capacidad de gestionar conflictos; deslegitimadas, por tanto, para repararel huecocreado por una eventual ingobernabilidad,la convulsión sostenida en el tiempopodría suponer una seria amenaza.He allí una cuenta que importa sacar. El estallido, el triunfo de las “pasiones tristes”, la tentación de jugar a la guerra de posiciones, la rebeldía violenta en las calles podría terminar siendo unsalto al vacío: un planteamiento que, lejos de concretar el objetivo de producir un cambio inmediato, quizás favorecería a un régimen ávido de excusas para postergar indefinidamente el desenlace que “parecía”.

Allí, la perspectiva del trauma para la sociedades tremenda -nuestra memoria aún no se libra de la punzanterémora del “Caracazo”- sobre todo si consideramos que este tipo de eventos son difíciles de contener, una vez iniciados. Sí es posible, sin embargo, detectar síntomas que losanticipan. La ingrata noticia es que Venezuela parece estar sentadahoy sobre un polvorín. Condiciones para el estallido social no faltan: severa crisis económica y política,y un mordientedescontento quepicado por la urgenciaparece estar ya alimentándose de sí mismo;aumento de la incertidumbre respecto al futuro;laborrosa legitimidad del Gobierno, sus contradicciones internasy la poca confianza en su talento para lidiar con el trance; polarización política sin aparente resolución y agotamiento de la opción de la mediación externa. Podríamos decir que el régimen aún cuenta con la preciosaventaja que le otorga el control del monopolio legítimo de la violencia –los dientes expuestos de esa fiera-; pero recientes señas de ruptura (¿pragmatismo militar?) por parte de emblemáticas figurasasociadas a esa fuerzacomo los Mayores Generales Clíver AlcaláCordones y Miguel Rodríguez Torres, comienzan a configurar escenarios cada vez más comprometidos.

A merced del discurso delos radicales, de las fieras heridas, nos vemos empujados al fondo de un callejón oscuro. Pero una sociedad con tal experiencia no puede dejar de insistir en la luz,en la salida democrática y civilista, una que garantice un cambio sin bajas que lamentar.Aún a sabiendas de la confrontación que ya parece inevitable, luce más sensato persistir en la senda de lamovilizaciónno-violenta, enfocada en objetivosespecíficos. Si bien se trata de defender legítimos derechos, no olvidemos que los colmillos del adversario aguardan afilados, procurando esedesgarro que le dispenseun poco más de tiempo: un día más, al menos.

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Mibelis Acevedo

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