Opinión
Gárgaras para la idiotez
Opinión

Cada elección latinoamericana nos deja sin aliento y con el alma en la boca, ligando que el electo NO haga lo que se anuncia o que SI lo haga. Se vive en ascuas para que un arrebatado no acabe con todo a nombre de los “excluidos”, la “dignidad”, la “soberanía”, el “antiimperialismo” y otras gárgaras para idiotas. Carlos Rangel explica por qué: odiamos a los que les ha ido bien, nos profesamos víctimas de la historia, y en el fondo todos creemos más o menos en aquella “teoría de la dependencia” que Fidel Castro se hizo escribir ad maioren glorian. Catecismo para cerebros mermados, Las venas abiertas de América Latina explica que somos infelices porque primero España y luego EEUU nos “desangraron”, compendio de complejos, falsedades y cursilerías que ha hecho demasiado daño a varias generaciones de latinoamericanos.
Victimizarnos es un consuelo útil para soportar que EEUU, nuestro primo menor, es hoy la única potencia mundial (China es una potencia en potencia gracias a la mano gringa) Hablan de que somos “pueblos jóvenes” pero nos pintan el pelo; Cumaná se fundó en 1510 mientras Nueva York en 1614, cien años más tarde. Otro fatalismo es lo que podemos llamar el complejo el antimediterráneo. Consiste en creer que la herencia cultural de la Contrarreforma llegada en las naves españolas nos condenaba para siempre a la impotencia y la autoconmiseración. Teóricos lamentablemente estudiados en las universidades latinoamericanas le atribuyeron nuestras desgracias a colonialismo y el imperialismo. Los galeanos, vasconis, gunder-franks, y theotonios, no se percataron de que el odiado Leviatán, EEUU, había sido colonia como Argentina, y que ésta a su vez entre 1853 y 1946, llegó a ser la tercera o cuarta potencia del mundo. Sólo las siete plagas de Perón y su carnal Evita, y dos o tres generaciones de delincuentes en el poder pudieron destruir esa maravilla cuya memoria vive en sus cafés, las frases de Borges, la Estación de Retiro y la Avenida 9 de Mayo.
Evo no habla castellano
La merma de materia gris lleva a destruir estatuas de Colón, uno de los héroes que en el mundo han sido, y denunciar “quinientos años de opresión” como hace Evo, ese retoño tardío del Dadaísmo que ni siquiera sabe hablar castellano. Pero aunque la colonización española hubiera sido atroz, la gran revolución de independencia era una gran oportunidad para cambiar la historia. En EEUU, cinco o seis hombres extraordinarios, pero sobre todo un titán anticaudillo, Washington, dieron la sobremarcha con su Constitución escrita en 1787, primer modelo moderno de ingeniería política que creó las bases de la sociedad libre, abierta y productiva. Entre tanto Hispanoamérica escogió despilfarrar su destino orientada por Bolívar, Rosas, Francia, Monteagudo, Castelli, caudillos militares y amanuenses civiles.
Luego de inmolarse en una matanza para liberar los esclavos y consolidar la Federación, en el siglo XIX EEUU se apoderó del espacio continental de costa a costa, guiado por la idea del Destino Manifiesto. Arranca la Revolución Industrial, mientras Suramérica se desparrama desde la Independencia en cien años de guerritas miserables, herencia digna de sus padres fundadores. No fue así en Argentina (y otros) gracias al cisma de Alberdi con el basurero militarista en 1853. En El federalista, Hamilton dice que “la separación de poderes es el mejor avance hacia la perfección en los tiempos modernos” y denomina “abogados del despotismo” a los que pedían centralismo y mano dura para enfrentar la inestabilidad que casi zozobra la república en su comienzo. Para hacer posible el milagro de la unidad de las trece excolonias, cada una de ellas debió primero convencerse de que su libertad y la de los ciudadanos eran la esencia de la estructura constitucional.
Un sistema virtuoso
Hamilton con una fe incondicional en “las virtudes del pueblo” diseña con éxito “la regular distribución del poder… el balance y chequeo legislativo… la representación del pueblo en la legislatura por diputados de su elección…”. Del otro lado, desventura. Bolívar en Cartagena 1812 trapichea para achacar su catástrofe personal en la Primera República a “la fatal adopción del sistema tolerante… improbado como débil e ineficaz” y al error de “hacer por la fuerza libres pueblos estúpidos que desconocen el valor de sus derechos”. A la república la derrotó “seguir las máximas exageradas de los derechos del hombre… junto a… elecciones populares hechas por los rústicos del campo y por los intrigantes moradores de la ciudades… unos… tan ignorantes que hacen sus votaciones maquinalmente y otros tan ambiciosos que lo convierten todo en facción”. Por siglo y medio se le ha rendido culto nacional a estos sancochos, ¿qué tienen de raras entonces nuestras malandanzas actuales?

Carlos Raúl Hernández

128 Artículos
@carlosraulher
@carlosraulher