Opinión
Giordani hizo miserable la vida
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Maduro da de baja al “monje Giordani” porque las encuestas dan una caída en barrena del gobierno en los sectores populares, hastiados de las penurias. Los quince años del siniestro reinado de Jorge Giordani, Mengele de la economía, hizo experimentos para convertir todos en pobres porque así dependerían del gobierno y apoyarían el socialismo y por su culpa ni la moneda ni el trabajo de los venezolanos vale nada. Deja profunda huella. Venezuela fue sometida a un oscuro ensayo conciente para destruir, desintegrar (“demoler” es la expresión favorita) deliberadamente la sociedad, sus instituciones, valores, producción. La incapacidad revolucionaria no pudo sustituirlos con nada y la entropía avanzó, como quien arremete contra una cristalería para oír el ruido de los vidrios. Bajo la tutela del Galáctico desindustrializaron e hicieron quebrar 60% de las empresas instaladas en 1998, liquidaron redes de comercialización con el fin de acabar con “la burguesía”.

 

Intentaron monopolizar la distribución de alimentos, para que una corte de los milagros desempleada tuviera que pasar con su tazón a recibir la sopa comunal. El plan decía que la revolución sería más poderosa mientras más damnificados, pobres, abandonados y dependientes fueran los venezolanos. Si el delirio utópico de los socialistas anteriores era la justicia social, el de éstos es la indigencia. El objetivo es africanizar, convertir todo país en el Sambil de Candelaria, andrajos indefensos comiendo de la mano del Gobierno. El Mengele ario arrojaba hombres y mujeres de alturas para fracturar sus columnas vertebrales y estudiar la resistencia frente al dolor extremo. Este lanzó la nación entera. Pero todo se derrumba. Cauterizan así con premeditación los factores de bienestar creados en los cuarenta años de democracia y progreso.

 

Deliberadamente a la pobreza 

 

Dejan los ciudadanos en manos de la delincuencia para que vivan acosados. Atacan los elementos simbólicos de la identidad, la cultura, la autoestima. Producen anomia, como diría el padre Sosa. Eso buscan las confiscaciones, romperle el espinazo moral a la sociedad. No se conoce nada parecido. Otros exterminadores, Castro, Perón, Vargas desataron un incendio tratando de encender una fogata dentro de la mina. Querían hacer el bien por medio del mal. Éstos hacen el mal por medio del mal. Aquéllos querían poner fin a los techos de cartón y la miseria. Éstos quieren miseria y  techos de cartón para todos. Algo parecido intentó Pol Pot en Cambodia y pese al horrendo derramamiento de sangre, fracasó. Los socialismos del siglo XX, -que se desplomaron porque tenían el corazón podrido-, correspondían a una ingeniería social, a un “proyecto de sociedad” como se le conocía en la jerga. No eran un mero afán devastador, pues para Marx el socialismo sería una “superación del capitalismo” no su hecatombe.

 

Él pensaba que ya la humanidad había creado la riqueza y se trataba de democratizarla, llevarla a todos. Marcuse un siglo después habló del “final de la utopía”. El socialismo había dejado de ser utópico por la infinita capacidad de producir bienestar de las altas tecnologías. Para los socialistas del siglo XX, había que rescatar “los medios de producción” y parecía tener lógica. En la literatura latinoamericana novelistas y poetas soñaban con nacionalizar el cobre, el estaño, el caucho, el petróleo, del capital imperialista y ponerlo “en manos nacionales”, para que la riqueza no migrara. Fidel Castro confiscó la industria azucarera, porque era una de las principales fuentes de divisas en Cuba, pero se necesita una dosis para caballos de estupidez con maldad para expropiar cultivos de cebolla y fábricas de frascos, teniendo el petróleo. A Lenin lo prendió la parca cuando intentaba su propia Perestroika, devolver la producción privada al campo después del fracaso del “comunismo de guerra”.

 

El comunismo de ultratumba

 

Denxiao Ping la reimpuso en China a partir de 1976, luego de los desmanes de aquél otro lisiado moral, Mao. En la desventurada Venezuela todas las “industrias básicas” son del Estado, comenzando por la que produce el 95% de los ingresos en divisas, más la siderúrgica, el aluminio, la electricidad, el subsuelo, lo que hubiera realizado el sueño leninista. No se trata de un proyecto político, por descabellado que pudiera ser, sino de una explosión de resentimiento y complejo de inferioridad, deseo de hacer daño a una porción determinada de la sociedad, porque son prósperos, de piel clara, estudiados, o lo que fuere. Es el motín que toma el penal, y aplicado a un país, la operación política más desquiciada, malévola, inhumana y destructiva de la que tengamos noticia en este continente rico en ellas. Es lo que pasa cuando una sociedad moderna cae en manos de la barbarie simple, plana, con el odio de un ejército de ocupación.

 

Incomprensible que apliquen lo que se desecha en Cuba pues “ni en Cuba sirve”, país que realiza un terrible programa de ajustes que expulsa del empleo ficticio comunista a un millón de funcionarios, elimina los comedores populares y reduce las miserables pensiones. ¿Quién explica semejante pesadilla? ¿Cómo es que Giordani y su amo fueron más comunistas que los chinos, los vietnamitas y los Castro? La tendencia que tales desmanes llevan escrita en la frente como Caín, es implotar. Y ya está en varias ingobernabilidades, pues no puede llamarse distinto un país que naufraga económicamente después de recibir dos millones de millones de dólares, 16 veces lo que la odiada democracia, ahora con la mayor inflación del mundo, una moneda envilecida mientras en el resto de Latinoamérica se revalúa, con las industrias básicas devastadas, particularmente la petrolera, insuperables problemas para generar corriente eléctrica. Un año para recordar La conflictividad social arranca de los trabajadores y sindicatos chavistas y eso, como el segundo semestre de 2010, va a signar 2011.

Carlos Raúl Hernández

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@carlosraulher
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