Opinión
Guerras económicas, bacteriológicas, mediáticas
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El ojo avizor alertó a los abnegados revolucionarios que los gringos tienen una máquina para inocular cáncer a los gobernantes “progre” y que ahora rociaron Venezuela con nubes de zancudos artillados de chikungunya y dengue. Sin esa valiente operación de inteligencia, nos enteraríamos del crimen en cincuenta años. Ningún avión explotó en el Pentágono, sino un misil lanzado por los propios militares norteamericanos y la CIA, Bush y el Mossad derrumbaron las Torres Gemelas para crear la coartada y asaltar el petróleo iraquí. El SIDA es un virus de laboratorio, igual que las gripes porcina y aviar, creadas “por las corporaciones” para vender medicamentos. Algunos afirman que igual el Ébola.  En Teoría de la conspiración (Richard Donner, 1997), Mel Gibson habla a Julia Roberts sobre el proyecto HARP, máquina maligna y secreta capaz de provocar un terremoto en China para asesinar al presidente.

 

El decodificar de cable es un sistema de espionaje. Carlos Andrés Pérez era “uno de los hombres más ricos del mundo” y tenía una tarjeta de crédito con la que podía comprar hasta un 747.  EEUU no llegó a la Luna en 1969 y lo que vimos lo hizo Stanley Kubrick en estudio como parte de una conjura que engañó a la Humanidad. A regar la especie contribuyó la cinta sobre el tema, Capricornio Uno (Hyams, 1978) y que en Los diamantes son eternos James Bond atraviesa caminando un set donde rodaban la falsificación. El gigante agroindustrial Monsanto, enemigo favorito de los paranoicos de izquierda,  diseñó la semilla Terminator para arruinar pequeños agricultores. Cuando la conjuntivitis por desnutrición se desparramó en Cuba, el inefable barbudo acusó a los norteamericanos.

 

Simpatía por el Diablo

 

Un burdo folleto aparecido en Rusia en 1903, Protocolos de los Sabios de Sión narraba que la conspiración mundial judía se fraguó en presencia del Demonio. Muchos creen que detrás del tinglado, autoridades e instituciones de fachada, minorías todopoderosas, secretas y malignas los manejan como guiñoles. Precisamente como es en Cuba. En Roma culpaban a los cristianos de demoníacas bacanales de promiscuidad sexual en las que sacrificaban niños e ingerían su carne y sangre. Más tarde cuando llegaron al poder a partir del Emperador Constantino, acusaron a las demás sectas de lo mismo. Siglos más tarde a herejes, judíos y brujas de hacer pacto con el Diablo, volar en escobas, trasladarse en cangrejos gigantes y realizar el sabbath, grandes orgías con el demonio. Ni Elvis ni Bin Laden están muertos, pero sí Paul Mac Cartney, sustituido por un doble.

 

El centro de la tierra es hueco y en él hay una civilización que la NASA esconde. A Lady D la asesinó la Corona. En Roswell, Nuevo México, aterrizaron extraterrestres, que miles de años antes construyeron todas las pirámides existentes. Shakespeare era un seudónimo de Bacon. Imposible resumir las extravagancias y disparates de la “teoría de la conspiración” pero conviene distinguir las simples idioteces de los crímenes contra la Humanidad. Stalin asesinó millones de personas “agentes del capitalismo y potencias extranjeras”. Hitler se inspiró en los Protocolos… y exterminó seis millones de judíos. Ahmadinejad hizo un evento en 2009 donde “importantes expertos” afirmaron que el Holocausto era mentira, mientras aún hoy en el gobierno moderado, ahorcan todos los días tres personas en Irán. Esta visión torva y tonta siempre ha existido.

 

Siempre la conspiración

 

Cierto que hay muchas conspiraciones de poderes clandestinos, orientadas a obtener beneficios turbios y enturbiar la realidad, pero su eficacia es episódica y mermada.  El proceso normal para que una idea triunfe en la sociedad abierta implica que se convierta en pública. Se puede engañar todo el tiempo a alguien y por momentos a todos, pero no a todos todo el tiempo. Esto gracias a la pluralidad de los medios de comunicación libres, que develan las conspiraciones y rompen el monopolio gubernamental de la información-adoctrinamiento. Por eso el Estado revolucionario les atribuye las conspiraciones que él mismo realiza. Los caudillos totalitarios –el sueño dorado del hoy “Socialismo del Siglo XXI”-, crean sociedades bajo puño de hierro único, mientras paradójicamente acusan a las democracias de ser gobierno de minorías conspirativas.

 

Fanatizan, idiotizan, envenenan a sus seguidores con mentiras dementes, los convierten en sicarios potenciales (o reales) y crean ambientes sórdidos, “sociedades establo”. Desvaríos y acusaciones (“apátridas” y “traidores”) a los demócratas, mientras son cómplices de otros Estados bellacos. Para asombro global, maquinan y dicen cosas que harían carcajear un alma en el infierno.  Estados Unidos provoca el terremoto de Haití  (también proyecto HARP), “los escuálidos dejaron robots para destruir Pdvsa”, “la oposición odia los negros”, “Estados Unidos asesina en Medio Oriente la población civil”. Si desde Langley, Virginia, contagian cáncer chinkungunya, había un dios mitológico que trasmitía la locura. Los marineros se lanzaban de sus barcos y se convertían en delfines.

Carlos Raúl Hernández

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@carlosraulher
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