Opinión
Historias de desarraigo
Opinión

Mi sobrina Elisa Narváez García, dos veces cum laude en la UCV (letras e idiomas) hace tiempo que se fue a Bruselas. Mi sobrina Angélica Narváez Rojas, cum laude en informática de la más reciente promoción de la UDO, apenas recibió su diploma, voló a Santiago de Chile. Mi sobrino Manuel Cayetano, abogado, y su hermano Toñito Narváez Acosta, médico, en un par de semanas se irán a Ecuador.

Mi entrañable amigo Licho Ávila, se quedó sin nietas. Camila y Susana se fueron a Panamá con sus padres, los emigrantes. Antes, los papás de Amélie, su otra nieta, habían tomado camino del norte. Amélie nació y vive en Miami. Me cuenta Licho con acentos de espesa tristeza, pero tratando de usar un tono humorístico (el resultado es francamente patético) que Susana algunas veces se confunde y escribe Pampatar, en lugar de Panamá, en el encabezado de sus tareas.

Jesús López, otro queridísimo amigo, me habla de Sebastián, su primogénito. Está en Australia, en el otro lado del mundo, y no tiene planes de regresar. Se dedica a estudiar tiburones del Océano Índico y del Pacífico Sur; mientras tanto en la Isla, los cazones seguirán esperando.

Igor, el hijo de mi primo hermano Goyo Anés, se fue a Francia; allá lucha para emplearse como ingeniero. Todavía no lo logra y debe aceptar trabajos temporales para los que está sobre calificado, pero dice que para acá no regresa. Hizo el camino inverso que recorrió hace algún tiempo su mamá Mariève, cuando nuestro país atraía y no repelía.

Son muchas las historias de desarraigo. La hemorragia de jóvenes calificados está dejando exangüe al país. El torniquete de urgencia podría ser la muy probable victoria de las fuerzas democráticas en diciembre. Luego vendría la delicada cirugía mayor: cambiar al país para que sea posible soñar, para que vuelva el optimismo y la alegría, para que valga la pena esforzarse y trabajar duro, para que regresen los que se fueron.

Manuel Narvaez

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