Opinión
Honor y horror
Opinión

Es poco frecuente que en el discurso propio de los temas de la cotidianidad contemporánea se use la palabra “honor” para designar aquellos elementos propios de nuestro mundo interior a los cuales les adjudicamos un carácter “supramoral”, una cuestión atinente a la ética que nos coloca en el pedestal de lo mejor que podemos ser como personas.
El término “honor” lo vemos reflejado en la literatura clásica, en lemas de ciertas instituciones, en algunos segmentos de la terminología jurídica, en el ámbito familiar como denotación de linaje, cuando nos referimos a los enredos parentales y a la conducta sexual, particularmente cuando se trata de asuntos femeninos.
Rara vez el término es acuñado en la manera como nos desplazamos en el diario transitar por nuestra existencia y con escarpelo lo sacamos de la vida ordinaria, cuando en realidad la vida honorable es aquella en la cual la manera como nos conducimos en cada segmento de nuestra existencia va guiada por la luz de la limpidez de espíritu.
El honor no puede ser visto como una condición distanciada de lo ordinario, de nuestras prácticas más básicas y de lo más trivial del vivir, porque es una instancia ética que inclusive en las manifestaciones culturales de carácter popular se encuentra presente. El honor es esa parte no negociable que nos ancla a lo terrenal y nos da razones para luchar, por consiguiente nos mantiene vivos. Cuando se nos despoja del honor, desaparecemos como seres y dejamos de ser humanos para transformarnos en lajas.
Al manejarnos desde lo honorable, el horror aparece, porque bien es sabido que “en la muerte de Cristo no puede faltar el Diablo”. Estas palabras las digo porque en mi condición de médico estoy en contacto cada hora de cada día de mi vida con el sufrimiento en sus peores rostros: la enfermedad y la muerte. La muerte es una deriva de la condición mórbida que tarde o temprano nos va a afectar a todos y sin remedio nos va a dominar. Si para algo sirve la experiencia es para aprender a vivir, sortear los caprichos de la muerte y prepararnos para morir. Es, ha sido y seguirá siendo la condición humana y lo que está presente en cada una de sus representaciones.
Como médico no puedo, como no puede ni debe nadie, aceptar que hayamos caído en una situación de horror, ramplona y deshonrosa en la cual no conseguimos ni siquiera los medicamentos esenciales para sobrellevar el sufrimiento y tratar de prolongar la vida o al menos vivir con un mínimo de dignidad mientras se pueda.
Es un imperativo no negociable que se acepte la ayuda humanitaria de todos los países del orbe que tengan un mínimo de piedad con un país en el cual morir por falta de los medicamentos más básicos se ha vuelto una condición sobrellevada como normal. La normalización de lo anormal es sinónimo de enfermedad social en una de sus más lastimosas representaciones. No es aceptable desde lo honorable que se nos condene a la muerte por mengua e incapacidad para lidiar con los aspectos más primarios del diario vivir.
Centros de salud desabastecidos, hospitales sin agua, pésima e improvisada gerencia institucional y como si no fuese suficiente, tenemos que enfrentar incluso la actitud burlesca de quienes son los responsables de vigilar por nuestra salud como colectivo y hacen chanzas en relación a una catástrofe que nos afecta a todos. La falta de los fármacos más elementales se halla a la orden del día en uno de los países más ricos e inducidamente más pobres de la tierra. Una tragedia que no puede ser aceptada por una razón muy sencilla: el que acepta como normal lo anómalo y justifica la maldad, se está envileciendo sin remedio, al punto de que su centro íntimo y sistema de valores se corroerá sin que nada logre resarcirlo. Es de ese tipo de daños que no tiene remedio, hagamos lo que hagamos para enmendarlo. Es abrir una puerta que una vez traspasado su umbral, no existe vuelta atrás, pues se envilece quien actúa por omisión y se empapa de lo mortuorio como sombra que lo ha de acompañar cada día.
Es un asunto atinente al honor la no aceptación de aquellas cosas que forman el lado siniestro de las cosas, así como es un compromiso ético luchar contra las distintas formas del mal, pero particularmente es una condición honorable de legitimación de la vida, el tratar de enmendar aquello que no podemos ver derecho porque simple y llanamente se trata de un asunto retorcido.
Nuestros pacientes padecen y mueren literalmente de mengua. Es imprescindible tomar decisiones y hacer que las soluciones se materialicen de inmediato. No pronunciarnos al respecto y permanecer al margen del asunto nos condena a nosotros, a nuestros connacionales y a nuestros más cercanos seres queridos. Cada segundo que pase con las condiciones de salud tal como están dadas, es un segundo de sufrimiento, de dolor y de muerte. Por eso desde el honor de nuestra condición humana alertamos para que se imponga la razón que derrote al horror que nos ha tocado vivir.
@perezlopresti

Alirio Perez Lo Presti

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