Opinión
¿Intocables?
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Lejos quedan los días en que un mítico intelectual de izquierda como el italiano Gianni Vattimo proclamaba animoso que, igual que Sartre y Beauvoir tras su encuentro con Mao, Chávez lo había “fascinado”. Entonces, cuando afirmaba que en Venezuela se había hecho de la herencia de Fidel y el Che una “maciza realidad”, el filósofo del postmodernismo decía del líder de la revolución bolivariana que “habiendo recuperado las utilidades de la industria petrolera, encaminó y en gran parte realizó una moderna transformación emancipadora de su país: escuelas que hasta en zonas amazónicas más remotas han reducido drásticamente el analfabetismo, asistencia sanitaria gratuita y de calidad, programas sociales que redujeron ampliamente la pobreza”. No hace falta seguir leyendo para advertir que la de Vattimo, una ficción en coincidencia con la imagen internacional que el chavismo se fabricó a sí mismo (cuando la buchona petrochequera rendía para tal menester) resulta hoy del todo refutada por un escenario cada vez más ruinoso. El llamado “comunismo hermenéutico”, la leyenda dorada chavista -ese segundo aire que hizo que la añeja utopía se encrespara cual moderno Lázaro anclado a las muletas de los commodities– parece estar sofocándose, ahora sí, con sobradas penas y exiguas glorias.

 

Así que aunque hombres como Vattimo o Noam Chomsky (quien, luego de pregonar que acá se construía “ese otro mundo posible”, debió admitir recientemente que para América Latina “el modelo de Chávez ha sido destructivo”) y otros referentes como Michel Moore u Oliver Stone contribuyeron a urdir un relato que puso al continente en la mira política del mundo, la historia se está encargando de enterrarlo, nuevamente. Si tras la caída del muro de Berlín, la disolución de la URSS o la intervención neo-liberal de Den-Xiao-Ping en China quedaban aún dudas sobre la nulidad del comunismo para resolver los problemas de las sociedades, esto que vive Venezuela y Latinoamérica está terminando de dar al trasto con el atávico delirio que desentrañó el Socialismo del siglo XXI.

 

Heinz Dieterich, colaborador de Chomsky y orfebre de la vendedora etiqueta que, según él, diferenciaba el de este siglo del modelo de socialismo del XX (el de la URSS, Cuba o Corea del Norte) cuenta que cuando conoció a Chávez le dijo: “quiero saber si realmente va a haber un cambio o si van a ser como los demás‘”. Intuimos que la duda iniciática cabalga ahora sobre amarga certeza. Y es que ni siquiera él (convertido luego en feroz censor del chavismo) pudo oler la dimensión de la caída. En 2103, de hecho, vaticinaba incluso que Maduro sería un buen presidente, pues en Venezuela “el sistema está estructurado. Una catástrofe no va a haber“. El extravío de Dieterich, empeñado en que la falta de apoyo a la dupla Maduro-Cabello atiende a la traición del “legado de Chávez”, no habla muy bien de la infalibilidad de sus previsiones.

 

Lo cierto es que el desplome del chavismo en Venezuela -antes exótica musa para movimientos europeos como Podemos en España o Syriza en Grecia- ha tenido eco en otros países de la región que con regímenes auto-definidos como “progresistas”, cultores de una acomodaticia “democracia revolucionaria” enemistada con el liberalismo, demostraban su afinidad con el proceso bolivariano. En mismo espejo destartalado parece haberse mirado Argentina, librada recientemente de la dinastía Kirchner pero no de las marcas de su zarpazo en el erario; Bolivia, donde a pesar de la estabilidad económica, Evo Morales, surfeando sobre la ola de denuncias por tráfico de influencias, acaba de perder su puja contra la alternancia; Ecuador, donde por primera vez desde el inicio de la crisis, una mayoría opina que la principal causa de la situación económica es “la mala administración del presidente Correa”; o Brasil, donde a merced de una feroz recesión, Lula da Silva, poderoso líder del PT, mentor de una cuestionada Dilma Rouseff y “devoto bajo sospecha”, ha pasado de ser uno de los políticos más prestigiosos del mundo a enfrentar graves cargos por lavado de dinero y corrupción.

 

Estrellados contra el muro de la realidad monda y lironda, los otrora intocables muestran  sus costras, por más que la propaganda y sus socios se esmeren en alisar sus estatuas. Contra la ya insuficiente diplomacia esgrimida por cancilleres o intelectuales, el encandilamiento que produjo el “nuevo” modelo -fachada reverdecida de lo caduco- ha sido desactivado por la evidencia. Al final, en medio de la tierra arrasada y la manoseada labia de la redistribución, sólo quedó en pie el desvestido deseo de perpetuarse en el poder y aprovecharse de sus mieles. “Tenemos un flagelo adentro de carácter ético”, ha dicho un pragmático Pepe Mujica, quien confiesa preferir la política conservadora a la antipolítica: “cuando el afán de hacer plata se mete adentro de la política, nos mata a la izquierda”. Eso, y el insalubre afán de resucitar cadáveres, están empujando a estas dudosas revoluciones a ser confinadas –ojalá por largo rato – a los cajones de la desmemoria.

 

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Mibelis Acevedo

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