Opinión
Julia Alcibíades: Política como inteligencia constitutiva (2)
Opinión

El hecho de percibir —y de aceptar dentro de sí— ideas eternas que sirvieran al hombre como metas era llamado, desde hacía mucho tiempo, razón…

[L]os problemas económicos y sociales de nuestro tiempo [tienen solución, ya que todos ellos] han sido exhaustivamente tratados por investigadores científicos competentes…[1]

Esta doble cita, de un renombrado pensador de izquierda, nos permite rescatar la siguiente idea: si los problemas que nos aquejan ya han sido extensamente tratados y puestos en práctica con resultados que potencian el desarrollo de otras sociedades, ¿por qué en nuestro país no ha ocurrido un desarrollo sustentable de la sociedad?, ¿por qué estamos en esta situación, a la vez, precaria y calamitosa? Este documento explora una conjetura: porque compartimos una situación caracterizada por la ausencia de gobierno.

El Libertador, en su Discurso ante el Congreso de Angostura, dijo: “Estoy penetrado de la idea de que el gobierno de Venezuela debe reformarse”. Obsérvese que dijo ‘reforma’, nunca ‘revolución’, ¿por qué? porque tomó en cuenta la condición esencial de nuestra naturaleza, de nuestra cultura: desde los orígenes mismos de la venezolanidad nuestra realidad social no ha sido unitaria por la fusión de tres mundos disímiles, el africano, el español y el autóctono. En consecuencia, esta “diversidad de origen requiere un pulso infinitamente firme, un tacto infinitamente delicado para manejar esta sociedad heterogénea cuyo complicado artificio se disloca, se divide, se disuelve con la más ligera alteración”.[2] Una revolución alteraría, como ha sido el caso, el precario equilibrio de una realidad humana “fragmentada, múltiple y heterogénea”.[3]

El oficialismo sustenta en el pensamiento de izquierda la fundamentación de su postura. Respetamos el pensamiento de Marx, pues consideramos apresurada descartar la obra de los pensadores fundamentales en asuntos políticos, sociales y administrativos. Sin embargo, el respeto por un autor no significa suscribir sus propuestas. No somos de izquierda por, al menos, dos razones: 1ª) Marx parte de la noción de conflicto para sustentar la práctica política. Desde Platón hay un principio diferente: el de paz.[4] Esto no es un deseo de filósofo antiguo. En la película Una mente brillante vemos cómo John Nash demostró que trascendiendo la competencia, es decir cooperando, puede y debe sustentarse la práctica política-social. Recientemente, James Buchanan demostró matemáticamente[5] que, para cualquier sociedad, es más costoso promover el conflicto que fundamentar el consenso. 2ª) Marx toma la noción de interés del liberalismo y lo transforma en interés de clase. ¿Cómo puede, desde los intereses, generarse una práctica social equitativa y justa? Los intereses son necesariamente sesgados, fundamentando prácticas sociales eminentemente racionales que descartan la necesaria razonabilidad (contar con una idea de Bien) que incorpore a todos en las soluciones.

Es desde la ética del deber y del compromiso como puede trascenderse el impase interesado. John Rawls afirma[6] que debe haber alguna idea de Bien que matice el juego de intereses. Es lo razonable, que al unirse con lo racional (la búsqueda del interés) orientan la acción social en el tiempo. Las sociedades necesitan, entonces, un conjunto equilibrado de lo razonable y de lo racional para poder acordar reglas de convivencia (política, económica, social).

Es, justamente, el debate socio-político contemporáneo aquél que gira alrededor de la siguiente pregunta: ¿Cómo puede una sociedad, preservando los derechos de todas las personas, acordar reglas de convivencia que sean imparciales y consensuadas? La respuesta guía hacia el desarrollo de un marco institucional. Las instituciones no son los entes públicos, tampoco el ente denominado mercado, ni el ente denominado Estado. En consecuencia, la problemática contemporánea no es el debate entre derecha e izquierda. Es aquel dirigido a cuál marco institucional debe regularnos. En este sentido le corresponde al gobierno ser el árbitro que permita la elección, mantenimiento y preservación de un marco institucional justo e imparcial.

Marx no permite ese debate, tampoco la social-democracia pues está fundamentada en la regla de la mayoría para abordar los asuntos públicos (dejando de lado minorías que hay que tener en cuenta). El esbozo de una propuesta toma en cuenta los principios propiciados por las tres filosofías políticas que ocupan el debate contemporáneo en las sociedades civilizadas. El moderno liberalismo afirma que son los derechos humanos de todos, aquello a preservar. El moderno comunitarismo nos afirma que somos seres humanos en la medida que fortalecemos lazos de unión, no de conflicto, con nuestros coetáneos. El moderno republicanismo enfatiza que la teoría del buen gobierno es, sobre todo, un ejercicio ético imparcial: ello significa no cambiar las reglas cuando estas nos desfavorecen, como hemos visto con el sistema electoral.

Fermín Toro, uno de los ilustrados del siglo XIX que sería propicio rescatar, meditó sobre el marcado interés particular que observaba entre sus congéneres, preocupándole el exacerbado personalismo de su época. Ha sido este excelso venezolano quien nos reveló la relación entre republicanismo y ética, cuando califica al gobierno como “persona moral”:

“Así es que el gobierno y las instituciones tienen poco que esperar de los que le apoyan por interés particular (…) [Ellos] no sab[en] hacer diferencia entre el gobierno, que es una persona moral, y el individuo que se llama presidente de la república, que lo arrastra y lo lleva a la perdición.” [7]

Antes y después de 1998 hemos sido testigos de personas que, al tener la oportunidad de ejercer el gobierno, se sienten elegidos y, por tanto, caen en el personalismo que es el enemigo declarado de lo imparcial.

El obrar constitutivo, el gobierno, reconoce en la temporalidad su criterio conductor, orientador y evaluador:[8] la responsabilidad esencial del gobierno radica en actuar constitutivamente a lo interno de la República, reconociendo en cada instante las potencialidades reales de cambio y revelándolas incansablemente a todos. Es la persuasión, desde perspectivas teóricas y/o prácticas explícitas, la primera condición a desarrollar para un gobierno imparcial.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] Max Horkheimer: Crítica de la razón instrumental. Buenos Aires: Editorial Sur. 1973, 2ª ed., pp. 7 y 11

[2] Simón Bolívar: Doctrina del Libertador. Caracas. Biblioteca Ayacucho N° 1. 1992, 4ª edición. Prólogo de Augusto Mijares. Compilación, notas y cronología de Manuel Vila, pp. 91y 94

[3] Miguel Ángel Contreras Natera: Otro modo de ser o más allá del Euroccidentalismo. Caracas. Fundación Celarg. 2014, p. 353

[4] Platón: Diálogos VIII. Leyes (Libros I-IV).  Madrid: Biblioteca Clásica Gredos N° 265. 1999.

[5] James Buchanan  y Gordon Tullock: El cálculo del consenso: Fundamentos lógicos de la democracia constitucional. Barcelona. Editorial Planeta-De Agostini, S.A. 1993 (1962).

[6] John Rawls: Liberalismo político. México: Fondo de Cultura Económica. 1997 (1991)

[7]  Fermín Toro: Discurso sobre Centralismo, Federación y Centro-Federación. Convención Nacional de Valencia, 28 de septiembre de 1858. En Fermín Toro, Reflexiones sobre la Ley de 10 de abril de 1834 y otras obras. Caracas. Biblioteca Venezolana de Cultura. Colección “Clásicos venezolanos”. Ediciones del Ministerio de Educación Nacional. Dirección de Cultura, 1941, p. 299

[8]  F. Nietzsche: Así habló Zaratustra, texto sobre la temporalidad y el Superhombre que describe dos caminos infinitos del tiempo, pasado y futuro, que se encuentran en un portal y, en consecuencia, forman un círculo. Pero inmediatamente Nietzsche enfatiza mirar el portal, cuyo letrero dice “instante”. Es en el presente en el cual radica la potencialidad infinita del cambio.

Dossier 33

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