Opinión
La barbarie sofisticada y el horror
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La aterradora emergencia del Estado Islámico, realmente un Estado que se asienta en las ciudades iraquíes de Faluya y Mossul y la siria Raqa, hace que muchos se estremezcan ante esta nueva versión de la barbarie. Fue una rama de Al Queda fundada por Al Zarqaui, uno de sus principales jefes, pero luego se independizó. El equivocado retiro de las tropas aliadas de Irak, banal promesa cumplida de Obama, le permitió esta arrolladora expansión. Cualquier novela sobre la crueldad y el horror se queda pálida frente a sus masivas castraciones femeninas, degollamientos, violaciones, venta de esclavos que son su práctica cotidiana. Pero si bien la definición de “bestias” para ellos luce como un elogio, que gente muy culta creó las raíces culturales inspiradoras de estos movimientos. Uno de los principales líderes talibanes era traductor de Shakespeare y lo recitaba de memoria.

El encargado de estrellar los aviones contra las Torres Gemelas hace diez años, Mohamed Atta, era un arquitecto egipcio obsesionado en retroceder la historia, que aborrecía la modestísima modernización del mundo musulmán. Se doctoró en Hamburgo con un proyecto contra natura: regresar un barrio en la ciudad siria de Aleppo a su origen, sin autopistas ni edificios altos en el entorno. Sentía por las mujeres un genuino asco, -con particular aversión hacia las preñadas-, y por eso rechazó dar la mano a una profesora del jurado académico. Sólo se le conoció un romance de miradas con una palestina. En el testamento pide que ninguna mujer toque su cadáver ni visite su tumba. Su deseo fue ampliamente satisfecho al quedar vaporizado en la explosión.
Como su jefe Bin Laden, tenía animadversión hacia la vida, incluso la suya.

Utopía sin corazón

Quienes tuvieron contacto con él -hotel, aeropuerto, autobús, taxi- no olvidan esa llamarada gélida de ira contenida y arrogancia asqueada que lo envolvía. Crispado, lívido, con un aura de odio y desprecio por lo humano que según un profesor “daba escalofrío”. Los revolucionarios en vez de cerebro y corazón tienen manuales con estrafalarias utopías y suelen destripar seres humanos en su nombre, para bien de los mismos seres humanos que destripan. Sufría además una de las patologías más aciagas, el moralismo, pues sus contagiados “hablan con labios fraudulentos y con doblado corazón” (Salmos 12-3). Las ideologías terroristas de izquierda o de derecha, reniegan de la vida urbana, “Occidente”, la globalización, que un apolillado lenguaje llama como Marx “capitalismo”. El culto al pasado, “lo originario” y el rencor hacia la sociedad abierta, el cosmopolitismo, la modernidad.

Estos rompen los lazos de la pequeña comunidad, la tribu freudiana, donde todos se conocen y se prestan una cabra para cualquier necesidad. El padre del nacionalismo vasco, Sabino Arana, con ideas sacadas de un cangrejo, aborrecía las oleadas de gente inferior que caminaba por Bilbao o San Sebastián, “la invasión maketa”. Abimael Guzmán rechazaba la influencia europea para regresar a la vida indígena de los Andes, y Andrew MacDonald, inspirador del terrorismo gringo en los 90, quería que sacaran negros, morenos y amarillos de EEUU. Se culpa de la impronta antimoderna a Rousseau o a las letanías morales de Juvenal contra la corrupción de Roma. Pero el gen está en las más antiguas raíces culturales de la civilización. Es el mito de “la prostituta de Babilonia” que se aplica a cualquier ciudad en cualquier época: mujeres, alcohol, vida fácil, perdición.

Castigo a la belleza

El Diluvio fue para ahogar los pecados al comienzo de la civilización urbana. Yavhee le prometió a Abraham que perdonaría Sodoma y Gomorra si le mostraba apenas diez justos que no consiguió, y para colmo una turba quiso violar a dos ángeles enviados por Él a buscar a Lot. Ambas ciudades sufrieron fuego purificador. Luego Kafarnaún y Jerusalén arrasadas a sangre y fuego en castigo a sus perversiones. Los comunistas chinos hicieron la revolución contra los grandes centros urbanos (“triunfo del campo sobre la ciudad”) y pese al heroísmo de Shangai en su levantamiento, para Mao era el símbolo de la corrupción “capitalista” (el comercio en que se había basado desde siempre y se basa hoy la China) Tal vez porque en esa gran ciudad trabajó como actriz y prostituta “La manzana azul”, Chiang-Chig, la esposa de Mao.

Los jemeres rojos sacaron de Pohm Pehn casi la mitad de la población hacia el campo, y el Che Guevara se burlaba de los revolucionarios urbanos, despreciables “pequeñoburgueses”. New York necesitaba escarmiento. No en vano su Quinta Avenida es la expresión más perfecta de hasta donde puede llegar el hedonismo, el espacio donde los seres de un día han llegado a niveles más altos de libertad, riqueza, ostentación, resplandor. Centro universal de todo lo diabólico: mercado de capitales, confluencias étnicas, teatro, danza, gastronomía. Sayyib Qutub, (ejecutado por extremista en 1966) es el ideólogo fundamental de la Hermandad Musulmana. Fue a EEUU a estudiar inglés a fines de los 40 y asqueado le aplicó el concepto de “jahiliyya”, nueva barbarie. Se convenció de que los musulmanes debían arrancar cualquier influencia externa pecaminosa. En Arabia los seguidores de Wahhab e Ibn Saud, los wahhabitas, entre ellos Osama Bin Laden, decidieron pasar a la acción: destruir Occidente.

Carlos Raúl Hernández

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@carlosraulher
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