Opinión
La carencia de escrúpulos aniquila la compasión
Opinión

Los que alguna vez tuvieron escrúpulos escogieron tirarlos a la basura, quitarse ese fardo, para poder hacer el coro y formar parte de los círculos chavistas que han ocupado todos los poderes públicos en Venezuela durante los últimos años.

Fue precisamente por la ausencia de escrúpulos, asentada en el ADN de Chávez y del chavismo, que no les quitó el sueño a los golpistas de febrero y noviembre de 1992 la pérdida de vidas humanas que ambas asonadas militares irían a producir, como en efecto produjeron. Muchísimo menos les perturbaría la idea de atentar contra la Constitución y colocar a Venezuela ante el abismo de la destrucción institucional que comenzó en ese momento, y que 24 años más tarde es tan profunda que ha despertado la compasión del resto del mundo.

Tener escrúpulos funciona como un mecanismo de autocontrol que nos obliga a analizar con conciencia, a pensar dos veces, si nuestras acciones pueden ocasionar daños a los demás individuos de la sociedad, a los bienes públicos y a los bienes privados. La ausencia de escrúpulos, por el contrario, permite actuar sin ninguna consideración ni barreras para cometer cualquier tipo de tropelías.

A lo largo de los últimos dos gobiernos hemos presenciado con asombro la interminable cadena de actos violatorios de los poderes públicos en manos chavistas, los cuales han podido ser materializados justamente por la carencia absoluta de frenos éticos, de muros morales, de contenedores principistas. De ausencia de escrúpulos, en suma.

De haber tenido escrúpulos, los golpistas del 92 no habrían podido calificar de golpistas a quienes desde hace años hemos expresado nuestra oposición democrática a los gobiernos chavistas, y hemos hecho uso de los recursos que la Constitución establece para ejercer nuestro derecho a la libertad de expresión, a la disidencia y al deseo de cambio de rumbo, con la aviesa intención de igualar sus actos a los nuestros.

De haber tenido escrúpulos, las rectoras del Poder Electoral no se habrían concertado para favorecer al gobierno en todos los procesos electorales. Tampoco habrían torpedeado con tanta saña el deseo de la mayoría de los venezolanos de revocar al gobierno actual.

No tener escrúpulos les ha servido para entregar la administración del país y de los bienes públicos a cientos de funcionarios militares, de quienes lo único que se espera es la obediencia sin miramientos al Poder Ejecutivo.

De tener escrúpulos, los gobiernos chavistas no habrían entregado al castro-comunismo el registro de la identidad, el control y la seguridad de los ciudadanos venezolanos, entre otras muchas operaciones estratégicas de todo Estado soberano.

De tener escrúpulos, el Ministerio chavista de la Salud habría reconocido la grave crisis de abastecimiento de medicamentos en la magnitud que padecemos, y que ha causado la muerte de seres humanos. Desde hace mucho el gobierno nacional habría reconocido que las condiciones de precariedad alimenticia en que vivimos, junto con la ausencia de medicamentos, son claros indicadores de la inmensa crisis humanitaria que nos agobia, y que puede ser causante de una conmoción social de dimensiones inimaginables. Quienes no estén convencidos de esta probabilidad, sólo recuerden las dramáticas imágenes del río humano en el puente Simón Bolívar, en la frontera colombo-venezolana, para hacerse de alimentos y medicinas.

La carencia de escrúpulos aniquila el sentimiento de compasión por el sufrimiento ajeno.

De tener escrúpulos, la renuncia a su cargo habría sucedido inmediatamente al anuncio que hizo recientemente el más alto funcionario de Pdvsa, quien reconoció públicamente que la expropiación de las empresas petroleras por parte del gobierno había sido una equivocación.

La receta chavista para gobernar es muy sencilla: toneladas de poder para un solo individuo, ambición desmedida, kilos de egocentrismo, enriquecimiento personal sin límite, kilómetros de demagogia, hectolitros de irrespeto a la dignidad humana y, desde luego, cero escrúpulos.