Opinión
La casa de vidrio
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Ha existido una especie de fantasía que ha hecho su aparición a través de varios movimientos vanguardistas, la cual plantea la posibilidad de que los hombres expongan de manera pública todos los aspectos de su vida. En un acto de rebeldía, se mostrarían las cosas más íntimas a los demás, como afrenta y transgresión al orden social.

Poco antes de morir André Breton (1896-1966), fundador y principal teórico del movimiento surrealista, le dijo al cineasta Luis Buñuel: “Hoy nadie se escandaliza, la sociedad ha encontrado maneras de anular el potencial provocador de una obra de arte, adoptando ante ella una actitud de placer consumista”. No imaginaba que el reality show habría de aparecer en la vida de las sociedades contemporáneas como una manera de distracción banal ajena a la transgresión, siendo la película estadounidense The Truman Show, dirigida por Peter Weir, una muy creativa manera de plantearse el asunto. Lo cierto es que de la vida íntima de una persona común y corriente se puede convertir en un fenómeno de masas por el raro placer que genera el hurgar sus privacidades.

Ese morbo por explorar la vida de los demás se asume en la contemporaneidad como un espectáculo semejante al chisme de pueblo. Existe un enorme mercado que gira en torno a saber cosas sobre gente común y corriente, de gente con cierta notoriedad social, de líderes de masas y, por supuesto, de cada una de los asuntos que en el ámbito público, privado y secreto realizan quienes se dedican a la actividad política. En el siglo que corre, esa filtración de toda clase de información tiene su máxima representación en WikiLeaks, por lo que el secretismo y el intento de ocultar información a los grandes grupos de ciudadanos se estrella, porque lo oculto, en general, no es aceptado y se ha creado la usanza de consumir toda clase de información, independientemente de su relevancia y/o veracidad.

Es por eso que ante tamaño escenario, al hombre público de la contemporaneidad solo le queda el decir la verdad como tabla de salvación ante el durísimo juicio de muchedumbres con el que se enfrenta. Hacer confesiones en público, reconocer los errores que se cometen y llorar ante el lente de la cámara son maneras cotidianas de comportamiento a las cuales se enfrenta el político actual. Todavía ronda en nuestras mentes la escena de Bill Clinton reconociendo por televisión el haber mantenido una “relación impropia” con Mónica Lewinsky.

La cosa se complica aún más en una sociedad como la venezolana, en donde la credibilidad de nuestros líderes debe luchar por mantenerse, a la par de la conflictividad imperante y el lente de la lupa de un pueblo que sufre y espera de su liderazgo las mejores resoluciones.

El Vaticano, como Estado, ha enviado una representación para intervenir en el conflicto venezolano. Viene de un triunfo diplomático en la intermediación entre Estados Unidos y Cuba y de una derrota parcial en relación al conflicto colombiano; ambas intermediaciones realizadas en La Habana. Esta segunda apuesta fue descalificada cuando se le hizo la consulta a través del voto al pueblo del país vecino, que siguió de cerca el asunto con un manejo de información que desbordó las expectativas de quienes se apresuraron a celebrar el fallido resultado. Sin el apaciguamiento de Venezuela como foco de incertidumbre, la paz de Colombia no será posible y la región seguirá políticamente inestable.

Pero no estamos en el siglo XX y lo oculto no forma parte de nuestra nueva cultura. Estamos en los tiempos de “La casa de vidrio”, nos guste o no. El pacto social venezolano pasa por apegarnos al aparato legal consensuado en el año 1999, en donde la denominada “democracia participativa” le da supremacía al voto ciudadano por encima de cualquier otra forma de entendimiento, concertación o negociación. Es una rareza la cantidad de elecciones que se han hecho en nuestra nación en este par de décadas, pero ya es nuestra costumbre hacerlo. Esgrimir diferencias pasa necesariamente por el voto popular y sería un disparate tratar de descarrilar lo que se ha convertido en tradición.

En Lucas 10, 30-37, El buen samaritano es el ejemplo de que son las acciones y no las palabras lo que destacan las enseñanzas, y en Santiago 2,14-17 se es muy claro al señalar que la fe se demuestra por las obras: “Hermanos, ¿qué provecho saca uno cuando dice que tiene fe, pero no lo demuestra con su manera de actuar? ¿Acaso lo puede salvar su fe? Si a un hermano o a una hermana les falta la ropa y el pan de cada día, y uno de ustedes les dice: ‘Que les vaya bien; que no sientan frío ni hambre’, sin darles lo que necesitan, ¿de qué les sirve? Así pasa con la fe si no se demuestra por la manera de actuar: está completamente muerta”. En los tiempos de “La casa de vidrio”, las directrices políticas de la diplomacia del Vaticano se ha de ceñir ante todo por el evangelio y la palabra de Jesucristo, pues de lo contrario, su participación no tendría sentido.
@perezlopresti

Alirio Perez Lo Presti

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