Opinión
La celada del zombi
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¿Por qué un país elige la senda ya recorrida por otros cuando ese mismo periplo plagado de cruces llevó antes al aparatoso fracaso? ¿Gracias a qué improbable lógica se rehabilitan las caducas, fallidas doctrinas que, en busca de una perfección reñida con la naturaleza humana y un entorno de recursos limitados, machacan que sólo a través de la planificación centralizada serán exorcizados los desequilibrios del llamado “capitalismo salvaje”? ¿Cómo después de experimentos trágicos que precedieron a la caída del muro de Berlín, la disolución de la URSS o la reconducción reformista de China comunista, algunos no reconocieron las señales del espejo para, jamás, osar poner los ojos otra vez en modelos colectivistas que castigan la apertura y avance de las sociedades? ¿Cuánto daño ha hecho a Latinoamérica, a esta Venezuela entregada al anacronismo del Socialismo del Siglo XXI, la resurrección de la fórmula de la “Teoría de la Dependencia” en términos de rechazo a la modernidad que aún se nos adeuda? Son muchos los recelos que encuentran respuesta y esclarecedores antecedentes en el libro-ensayo de Carlos Raúl Hernández, “Latinoamérica y el asedio revolucionario”. En tiempos en que un colapso sin precedentes toca las puertas de nuestras vidas como venezolanos -y miren que ya éramos expertos en crisis, pues ese ha sido el gradual y apenas interrumpido leit-motiv de, por lo menos, los últimos 30 años- constituye lectura capital para entender dónde se instalaron las grietas y cómo podemos recomponer tanto estropicio.

El trabajo de Hernández -y su optimismo calculado, basado en la experiencia de rectificación de otros países o en la apuesta a soluciones reales como las políticas sociales de última generación- al examinar los procesos de democracia, integración y pobreza en la región, diserta sobre la base de una premisa esencial: en economía -y cita a Felipe González- no hay “políticas de izquierda ni de derecha, sino correctas e incorrectas”. Así que por sus obras los conoceréis: es evidente que la incorrección fue suerte de trademark del hacer político en la región, profundamente maleado por la impronta de “la ruptura de la relación neocolonial con el capitalismo internacional, y la construcción del socialismo” que cobró auge en los 60. El modelo teórico de un Centro dominante y una Periferia sometida, saqueada y dependiente  (cuyo propio autor, Eduardo Galeano, calificó en 2014 de “etapa superada”) sustituyendo “la preocupación por lo real” y la reflexión sobre la democracia  constitucional, terminó sacudiendo los polvos que trajeron estos lodos.

Tras rigurosa disección del panorama que rodeó el deterioro social y económico de Latinoamérica en los 80 (en paradójico contraste con la reforma que en el país del “gran Timonel” adelantó el “neoliberal” Deng Xiaoping) fruto del “colapso de la economía mixta, el cepalismo, el populismo y el tercermundismo en la Crisis de la Deuda”; de los procesos de apertura y recuperación asumidos después por algunos países o los entorpecidos, al final abortados por otros (como el caso de Venezuela y Argentina, únicos en Latinoamérica con contracción económica en 2014) el libro nos confronta con factum irrebatible. La posibilidad de una revisión ajustada a la realidad, orientada por el pragmatismo y alejada del corsé ideológico impuesto por la izquierda radical, fue proscrita en nuestro país por ese perverso renacimiento del comunismo, suerte de porfiado zombi (como ilustra Carlos Alberto Montaner) aferrado a vida antinatura, pero cuyo atroz resoplido, cuya destartalada y ruinosa marcha -amenaza de un Estado fallido- parecen augurarle una segunda muerte.

Así, en cuanto a resultados prácticos, el modelo de integración de Mercosur, inspirado por el discurso nacionalista de “dignificar a los pueblos” contra la “explotación capitalista”, luce anémico al lado de la Alianza del Pacífico (animado a multiplicar riqueza mediante la apertura económica). Mientras los socios del primero se tambalean a causa de serias tribulaciones económicas, los del segundo crecen. El ejemplo de Venezuela, despojada de “los factores de bienestar creados en los 40 años de democracia” y donde una sociedad depauperada se ha hecho dependiente del Estado, es más que elocuente.

¿Hay esperanzas? Por supuesto. Hernández sugiere que junto con la condición democrática el éxito depende de aplicar políticas económicas acertadas; de estimular la cooperación competitiva, el diálogo social, de educar para el progreso. Cambiar, para que todo sea diferente: buena parte de Latinoamérica supo extraer moralejas de la década perdida, y lo hizo: sólo así pudo remontar la crisis de 2008-2009. Aún con plazas por atender, al fin asoma un piso sobre el cual calcular un desarrollo pleno y sostenible.

En medio de ese paisaje, no deja de ser revelador que en Venezuela el agónico zombi insista en su celada, se sacuda, gruña, baile desaforadamente, nos muestre su sonrisa desdentada. Algo nos dice, sin embargo, que no podrá resucitar eternamente.

Mibelis Acevedo

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