Opinión
La duda
Opinión

Existen razones y existen excusas. Las primeras obedecen al carácter argumentativo propio de lo humano que hace esfuerzos por tratar de darle explicación a las cosas que hacemos. Las excusas son simples formas de defender nuestro poco apego a las responsabilidades.
De las razones que a mi juicio deben ser respetadas se encuentra la simple, llana y aterradora duda. ¿Quién a fin de cuentas se halla exento de dudar de lo que piensa, de lo que dice o de lo que hace? El hombre carente de contradicciones es un fanático, un alma dicotómica que ve las cosas solo en negro o en blanco; un ser para quien los matices son inexistentes. Por eso es que en Occidente la duda no sólo ha adquirido la dimensión de método de pensamiento sino que es también una manera de conducirse, tan atinente a lo filosófico y a lo científico como a las cosas que hacemos cada día de manera ordinaria.
Solemos dudar porque es propio del ser humano que nuestras creencias se vean sometidas a la posibilidad de ser cuestionadas. Somos descreídos, porque es tan propio del hombre dejar de creer en sus paradigmas como aferrarse a ellos para tratar de darle sentido a las cosas. Un asunto va de la mano del otro.
Dudamos porque somos humanos, mas somos crueles cuando de aceptar la indecisión del otro se trata. El hombre común y corriente está lleno de incertidumbres, como también lo está el religioso que debe preconizar cosas de las cuales no se encuentra del todo convencido. Se cuestiona el artista porque no sabe si su obra tiene o no valor estético y se cuestiona el ama de casa si no sabe si la comida le quedó bien o se le pasó de cocción. La oscilación es sublime y también se halla a ras del suelo, pues tan propio de lo humano es dudar como lo es respirar.
Solo en mentes fanáticas, distorsionadas, alejadas de lo humanitario y erráticas, la duda está ausente. En una ocasión un grupo religioso dijo que no se movía de la puerta de mi casa hasta que no me convirtiese a su sistema de creencias. Tuve que llamar a la policía para que me los sacudiesen y resultó efectivo.
Pero de todos aquellos que titubean porque son humanos, por quien siento mayor grado de compasión es por los políticos. El político que no ha perdido su lado sensato, irremediablemente es presa de las más feroces dubitaciones. Se trata de un asunto triplemente cruel.
Por una parte están sus adversarios que con brutalidad tratan de colarse por la más pequeña rendija propia de sus debilidades humanas para despedazar su imagen de hombre público, en una contundente demostración de falta de escrúpulos, perversidad e infamia. Si no le consiguen defectos simplemente se les inventan en una demostración de falta de ética sin parangón.
Por otra parte están sus partidarios, quienes esperan muchas veces que su líder político sea poco más que un héroe griego, capaz de enfrentarse al más poderoso de los enemigos sin sentir las emociones propias de lo humano que de por sí se apoderan de todo aquel que sea medianamente razonable.
Pero tal vez la peor de las dudas sea cuando el individuo que hace vida en sociedad se ve confrontado con su propio sistema de creencias y se ve conminado a desafiar hasta a quienes les siguen, hallándose presente la duda en cada acto o decisión que tome, como una sombra o recurrente mala hora que en ocasiones parece eterna. Esa duda del hombre público que se cuestiona a sí mismo es al mismo tiempo fascinante y es la máxima confirmación de que por más poder que tenga un hombre, el cuestionarse a sí mismo como un fenómeno propio de la existencia, lo ha de acompañar a menos que su desconexión con lo real lo supere.
Desde el ascético Carlos V, preocupado por lo invisible, que termina retirándose al Monasterio de Yuste, la lista de grandes hombres que se han cuestionado lo que hacen es tan larga como apasionante de revisar, porque representa el lado más humano de cualquier ser, en donde lo valorativo y aquello en lo cual se ha aferrado para sobrellevar la existencia se debilita. El asunto, como todo, se resuelve cuando la persona termina tomando la obligada y difícil decisión y se lanza hacia adelante asumiendo la maravillosa y consabida determinación que señala que: “La suerte está echada”.
Tal vez el ejemplo más elevado y desgarrador de representación de los alcances de la duda se encuentra en las palabras de Jesús que aparecen en el evangelio de Marcos: Llegado el mediodía, se oscureció todo el país hasta las tres de la tarde y a esa hora Jesús gritó en voz fuerte: “Eloí, Eloí, ¿lamá sabactani?”, que quiere decir “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. La duda como último pensamiento antes de expirar, o dudar de manera insalvable en el momento de la propia muerte, de quien es considerado por muchos como el líder espiritual más importante de la civilización.
Pero si lo vemos bien, en muchas ocasiones la duda es el camino que nos conduce a tomar las mejores decisiones. Ahí es cuando nos damos cuenta de lo necesario de su existencia.
@perezlopresti

Alirio Perez Lo Presti

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