Opinión
La incultura como cultura: el regreso de Rumildo
Opinión

 

 

Uno de los primeros en tratar de moldear el comportamiento del individuo, junto a  Moisés y los Diez mandamientos, fue Confucio (Kung Fu Tse), 500 años a.C. En la época que la incipiente sociedad china estaba en disolución por el conflicto entre  los estados combatientes, este maestro se preocupó en resaltar la moral, el respeto mutuo y  la armonía social. Reforzó el papel de la familia tradicional, el respeto entre hijos y padres y dejó suficientes conversaciones sobre la paz y el orden, el gobierno benefactor y el rechazo a la tiranía. Fue perseguido por sus ideas y querido por ellas, pero su doctrina, el confucianismo, traspasó fronteras, dura dos milenios en Japón, Corea y Vietnam de hoy. Su obra representó el pilar de la sociedad de  hombres cultos. La naturaleza humana es buena y la maldad es esencialmente antinatural, dijo. Su sistema de selección de personal para el servicio público lo erradicaron los comunistas de la revolución.

 

Las normas están escritas

 

La caída del imperio romano de occidente en  456 d.C  demuestra que el poder desgasta. La hiper explotación económica, la esclavitud, la represión militar y la degradación política, debilitaron sistemáticamente el régimen de los césares. Gradualmente se extinguieron cinco siglos  de civilidad, alfabetización, desarrollo del comercio y las ciencias, y comienzan los años oscuros. Un milenio después, no de un día para otro, la tenacidad y la inteligencia levantaron de nuevo el saber y el arte. El movimiento renacentista sacudió a la sociedad europea  de los efectos de la edad media cuando la vida fue miserable, gris y valía muy poco. La cultura, las artes y las letras, primero en el 1200 con Dante, luego en  1400 con Botticelli y otros hasta que en la Florencia  de 1500 aparecen Miguel Angel, Tiziano, Donatello, Da Vinci entre otros, gracias a los benefactores Medici, y vencen la oscuridad, como en España lo hicieron Miguel de Cervantes, El Greco, Juan Fernández Pantoja y Alejo Fernández. Comienza entonces el renacer también de la virtud perdida entre siglos de guerras y horror, la civilidad originaria de Grecia y Roma.

 

Repetir lo bueno que es mucho.

 

En los 80´ la situación social en Venezuela comenzaba a mostrar síntomas de desgaste luego del boom de la gran Venezuela, la oleada súbita de riqueza producto de los conflictos bélicos del medio oriente. Pero habíamos quedado con obras de importancia vital como el Metro de Caracas, autopistas, represas, aeropuertos, las empresas de Guayana, la vialidad urbana y rural entre muchas. En las ciudades  se acumuló el desempleo del campesinado migrado buscando progreso, surgió la delincuencia y crecieron los cerros, con ellos la pobreza que comenzaba por lo más sencillo, reproducción sin control en un rancho, con luz y agua robada del vecino que si la pagaba. La civilidad, ese contrato de convivencia de detalles no escritos y de comportamiento consuetudinario, se debilitaba en extremo.

 

Para ello la democracia diseño importante publicidad dedicada a concientizar los ciudadanos sobre el buen comportamiento en los espacios públicos, en el manejo, en el metro, en el cruzar las calles y avenidas por las esquinas, respetando los semáforos. Crearon el personaje Rumildo de grata recordación que le dio un matiz nacional al buen comportamiento para no repetir lo que él hacia a diario. La democracia dio un paso adelante y moldeo  la sociedad, Caracas era una arriba y otra en el metro. La revolución acabó con todo lo decente. En las calles y avenidas de Venezuela impera el caos, peatones, motorizados, choferes de camionetas y buses chatarra  en estado de anarquía. Es hora de resucitar a Rumildo y reenseñar el manual de Carreño. Claro, no será en revolución.

 

@mcarrillodeleon

 

 

Manuel Carrillo De León

Venezolano observador.
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