Opinión
La mentira organizada
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En un rapto de osadía, me atrevo a escribir cuando todavía no se conocen los resultados de la jornada del 6D. A pocos días para arribar a ese puerto, sin embargo, era injusto perder la ocasión de hurgar en los rasgos de una travesía surcada por la ansiedad, el uso de la cultura del miedo, el atropello sin precedentes, los duelos que no se dispensan, la torpeza oficialista y, claro está, flotando a salvo de todo lo temible, la esperanza de un cambio real y efectivo para Venezuela. Si algo pone de manifiesto este tiempo –arduo, fragoroso, definitivo- es que aún a sabiendas de la profusión que suele signar a las campañas electorales (¿culpa de esa “gran pasión” que según Hegel, hace posible las grandes cosas en el mundo?) el poder ha rebasado topes peligrosos; y como quien manosea una herida abierta sin reparar en la virtual gangrena, el lenguaje empleado por quienes nos gobiernan parece desairar ya todas las convenciones. Pocas veces antes se ha visto a un Gobierno que se autonombra promotor del “debate de ideas” dándole tal volumen al insulto, a la denuncia insostenible, a la arrabalera provocación, la verborrea, la mentira repetida mil veces, la procacidad sin chitones, en cualquier horario y a través de todos los medios de los que dispone. ¿Qué nos espera si en nombre de una revolución ofuscada por su deseo de perpetuarse, se ignoran así las más básicas talanqueras de la moderación, de la virtud?

No sobra el afán cuando se trata de insistir en la importancia del lenguaje, no sólo para la vida política, sino -en tanto íntimo refugio de identidad- para nuestra supervivencia como sociedad. En la medida en que este, en implacable ejercicio de auto-agresión sea empleado para torcer referentes, reduciendo términos y conceptos a simples etiquetas, quebrándolo, ahuecándolo, empobreciéndolo, no será temerario imaginar un país donde “las mentiras suenen verdaderas y que matar sea razonable“, como escribe Orwell. El autoritario aspira así a sincronizar su propia cosmovisión con el lenguaje, a conquistarlo, pues ello brinda puerta franca para acceder a nuestro pensamiento. La dominación, pues, comienza y termina con las palabras.

Lo entendió Chávez, quien en momento de gloria labrado a punta de una gran dosis de maña, propaganda y gasto público, supo embutir las claves de la neo-lengua y trastocar incluso la percepción de la realidad gracias a la explotación de un relato ampuloso, destinado a erigir nuevos referentes en la vida de los venezolanos. La historia, los símbolos, los héroes, los nombres: en suerte de reset, todo empezó desde entonces a llevar el sello del Socialismo del siglo XXI, rimbombante marca concebida para albergar una ideología imprecisa, a la que el propio Heinz Dieterich terminó bautizando como “humilde choza”. Nadie ha dudado jamás que la verdad y la política nunca se llevaron demasiado bien, nos recuerda Hanna Arendt, pero resulta sorprendente “que el sacrificio de la verdad en aras de la supervivencia del mundo se considere más fútil que el sacrificio de cualquier otro principio o virtud”;  pocas cosas resultan tan corrosivas, sin duda, como la perversión de valores que apurábamos en mismo, fullero trago.

Por eso, a falta ya de encanto, de hipnosis colectiva, hoy sobra una suerte de efectismo border-line que busca atizar los proverbiales odios de clase. “Basura”, “carcamán”, “bichos”, “pelucón del diablo”, “parásito”, “alacrán”, “¡Yo no como coba!”, así como un sinnúmero de vulgaridades que hasta mortifica repetir, han formado parte de la pirotecnia desplegada en cadenas presidenciales o en declaraciones de voceros oficiales. En medio del frenético discurso; de la tragedia, incluso, que esa verborreica hostilidad ha procurado, las muchas y antojadizas acusaciones contra funcionarios o figuras vinculadas a la oposición se distinguen por su particular inconsistencia. “Este año ha pasado el 70% del tiempo viviendo en su mansión en Miami”, dice el Presidente Maduro del Alcalde Ocariz, omitiendo que la ausencia debidamente protocolizada (y, al margen de la caprichosa cifra, perfectamente verificable) atendía a la enfermedad de un hijo… ¿se ha asumido abiertamente la “mentira organizada” –trocada en verdad política- como un medio que ciertos fines legitiman, una apuesta a las escasas posibilidades de que “la verdad factual sobreviva a la embestida feroz del poder”, como advierte Arendt?

Imposible admitir tan delirante destino. “En la vida, como en la política, hay límites y valores” sentencia el alcalde de Sucre, y no podemos menos que acompañarlo. Ante el avance de la falsedad deliberada, de la acción política sin sujeción ética, es impensable callar. Con suerte a partir de ahora estemos por inaugurar un ciclo distinto: uno en el que el lenguaje recupere justa concordancia con una realidad que cada vez más exigirá ser tomada en cuenta.

(Después de todo, como diría HuigVan Groot, así como ni el mismo Dios puede hacer “que dos más dos no sean cuatro”, tampoco puede hacer que lo que es probadamente malo, sea bueno.)

Mibelis Acevedo

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