Opinión
La morisqueta ciega
Opinión

Mibelis Acevedo Donís

 

Al repasar lo ocurrido con Venezuela, es difícil no evocar la célebre historia del Libro del Génesis sobre el sueño premonitorio del Faraón de Egipto. En él, siete vacas gordas y espléndidas que salían del Nilo para pacer en la orilla, eran devoradas por otras siete, feas y enjutas (¿bermejas, quizás; angurrientas vacas rojas-rojitas?) sin que el festín les valiese ganancia alguna de carnes. Algo similar acaecía con siete espigas cargadas de grano, tragadas a su vez por otras siete, mustias, vacías, chamuscadas. Según José, hijo de Jacob, quien supo dilucidarlo con oportuna nitidez, aquello anunciaba el arribo inminente de siete años de prosperidad seguidos de otros siete de penuria. Sobra decir que la advertencia no precisó un segundo timbre; el ahorro en época de abundancia permitió sortear la carestía que asoló inexorable a otras tierras. En el caso de Venezuela, por contraste, aunque también hubo avisos, jamás vimos mesuras. Las vacas flacas durante la bonanza todo lo engulleron con avidez endemoniada, sin que hubiese forma de verlas ahítas, de contenerlas o hacerlas entrar en el corral de la razón: así que la mengua sobrevino, y el hambre se instaló entre nosotros. Hoy, en medio del estropicio, siguen arrasando sin control con lo poco que va quedando, sin que eso impida que sus sponsors se solacen haciendo temerarios chistecitos relativos a la delgadez que sus licencias propiciaron.

 

Grave pifia: cuesta imaginar al mortificado Faraón -a ningún gobernante, de hecho, medianamente consciente de que el tenor de su ascendencia sobre los gobernados atiende a su capacidad para garantizarles bienestar; “carne y granos”, al menos- yéndose a dormir “como un bebé” mientras sobre su nación pendía la cuchilla de la catástrofe. Mucho menos se puede creer que bromearía públicamente a costa de la tragedia de su pueblo, haciendo visible no sólo la ofensiva impiedad, la absoluta falta de empatía, sino su divorcio de la responsabilidad que le concernía. Mala cosa: ¿qué puede esperar un líder que se burla del dolor de quienes debía tomar bajo su protección? “El que llegue a príncipe mediante el favor del pueblo debe esforzarse en conservar su afecto” aconsejaba un implacable Maquiavelo, “pues de lo contrario no tiene remedio en la adversidad”. Es claro que los tiempos, cuando hostiles, son aún más resbaladizos para el gobernante que habla y actúa sin ver, ni pensar.

 

Sí: en las circunstancias que vive el país, optar por zaherir a aquellos de quienes depende la legitimidad del poder resulta en espada de trapacera hoja. El rudimentario juego del inconsciente es además tremendamente peligroso para el burlador, pues pone de manifiesto una falencia intolerable en política: la impericia para descifrar el contexto, para medir los boquetes del aquí y el ahora, la hondura de sus íntimas y sangrantes llagas. La salida “festiva” no puede verse en este caso como una vía para la “discreta ganancia de placer” que se asocia al sofisticado retozo del humor, ese que por cierto procura aliviar la tensión y solidarizarse con la tragedia ajena: se trata más bien de un burdo ensayo de desconexión de la realidad, una catarsis egoísta que convierte la impulsiva guasa en otra forma de agresión.

 

Esa banalidad del mal, esa ausencia de reflexión sobre la consecuencia de palabras y actos, pinta un cuadro del poder en verdad lastimoso. La alusión a la “Dieta de Maduro” (un mordaz giro popular, sí; también una forma de transgresión frente a la arbitrariedad de lo real, a la que la propia víctima recurre para endulzar su desgracia) adoptó un nuevo caudal de significados cuando el Presidente -objeto indolente del cuestionamiento- la confisca y remata con su inopinada cosecha: “la que te pone duro”. Tras aquello, podemos asegurar que en los rostros de quienes hoy sufren los cuerazos del hambre hubo de todo, menos sonrisas. La de Venezuela fue la sensación de una rabia ascendente, vigorosa: la de la madre que muere un poco cuando ya no puede alimentar al hijo, la de la familia que intuye el abismo frente a la nevera vacía, la del niñito que se desmaya en su salón de clase, la de los apocalípticos convoyes que destripan bolsas negras para rescatar un inmundo bocado de los vertederos. Imposible ignorar que, según datos de Venebarómetro, hay actualmente 15 millones 540 mil venezolanos (48% de la población) que comen menos de tres veces al día. El rictus se ha vuelto irremediablemente amargo, mientras las vacas flacas, las vacas rojas, continúan devorándonos.

 

Lo que aspiró al chiste, en fin, embistió como una morisqueta ciega, brutal; la radiografía de una sensibilidad malograda por la prepotencia. Otra muestra de que el vínculo Gobierno- sociedad se hace cada vez más enteco: por eso son cada vez menos los que indultan la chambona sabrosura de los mandones, y más quienes reniegan de los viejos lazos. Lo peor que un gobernante puede esperar de un pueblo que no lo ame es el ser abandonado por ese pueblo, diría también Maquiavelo. Condena que resulta inevitable, por cierto, cuando antes el pueblo ha comprobado que fue abandonado por los poderosos.

 

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Mibelis Acevedo

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