Opinión
La nueva polarización
Opinión

“Realidad, una migaja de tu mesa es suficiente”.

 

Rafael Cadenas

 

“¿Y si no me gusta ningún candidato de la MUD o del PSUV?”. La pregunta, surgida tras discusión sobre el resultado de recientes encuestas electorales, la dejaba caer una tuitera, no sin malicia, no sin cierto piquete de decisión tomada. Un cuestionamiento válido, seguramente, asumiendo que el voto debería ser reflejo de nuestras más hondas convicciones, de esa íntima negociación en la que la fe acaba conquistada por la propuesta de un candidato o partido. Al final, de eso va la democracia: y nada tan adverso a ella como una polarización que obliga a elegir entre bandos en endémico conflicto, que fractura la identidad colectiva y aplasta la ponderación que podría aportar un centro cada vez menos visible, menos audible. Lo sabemos, pues fuimos víctimas de la profundización de esa grieta desde que la ola de descontento en la que cabalgó Hugo Chávez, el outsider en carrera hacia la presidencia –aún está fresco el discurso que machacaba el antagonismo entre excluidos y privilegiados, estos últimos asociados a las malmiradas “cúpulas podridas” de AD y Copei- fraguó el clima de división política de los últimos 17 años. Clima que por cierto aseguró -hasta ahora- dividendos electorales a favor del poderoso polo que encarna el oficialismo.

 

Gracias a la transferencia de la hostilidad política a las relaciones sociales, el agobio ha sido extraordinario. Como apunta Merlin Serrano, “El ejercicio de la política como asunto público y colectivo, desplazó el ámbito privado hacia espacios de participación social, al trabajo y funcionamiento de las instituciones públicas y privadas”: tocó lidiar con la polarización como conflicto cultural, el “clivaje simbólico” (John Magdaleno), la cotidianidad toda chapoteando en tremedal de enemistad inducida. La pugnacidad hizo “natural” la práctica del insulto, en perverso ping-pong de lado y lado, y el uso de estereotipos para sustituir la identidad del adversario, deshumanizándolo, despojándolo de su particularidad y diversidad: todo un ejercicio Goebbeliano de simplificación del enemigo único. Era de esperarse que la radicalización justificada por la consecución de una paz “como sea”, o que el privilegiar la estabilidad (esta sensación de vida in extremis) mediante el control y la militarización del poder político antes que garantizar la eficiencia de la gestión de Gobierno, terminasen deformando como nunca antes a la democracia.

 

Es duro cohabitar con esa aberración, esa cada vez más rutinaria anomalía. Por eso ya es prácticamente imposible distinguir un “centro”. El equilibrio democrático –que deviene justamente de la gestión del disenso y la representación efectiva de minorías- se extravió desde el instante en que uno de los polos (el asociado al Poder) se hizo abrumadoramente macrocefálico… ¿cómo apelar a la salida moderada o despolarizante, si el crecimiento cualitativo de ese polo terminó anulando su propio contrapeso? Pero frente a la tradicional polarización política, hoy la polarización social parece aportar visos distintos. Desde 2013 la crisis comenzó a taladrar el relato fundacional del Socialismo del SXXI que enfrentaba al monolítico chavismo con la visión plural de una oposición democrática. Ya la división empieza a atender menos al fanatismo, al sesgo ideológico y de clase, pues es la realidad la que arma nuevos bandos: los que hacen colas y los que no las hacen; los que enfrentan desnudos la inseguridad y la violencia, y los que son protegidos por escoltas; los que no tienen acceso al dólar preferencial y los que gozan del beneficio de su cercanía al círculo íntimo del poder; y así. Para la nueva mayoría no se trata ahora de derechas ni de izquierdas, sino de supervivencia, del derecho a vivir en un país que ofrezca garantías mínimas a sus ciudadanos. Y no es poca cosa.

 

Frente a la descomunal “migaja de realidad” y conscientes de que esta elección nos enfrenta al anormal dilema de restaurar o no el cauce democrático, de asegurar la viabilidad política y social del país, a largo plazo; de salvarnos o no de la regresión, la dispersión del voto asociada a 3eras vías o “independientes” (¿lo son?) luce como virtual caricia al auto-gol. Hijos de la antipolítica, del anti-partidismo, algunos siguen apostando al inmaculado ideal del “político no-político” y olvidan que en circunstancias extremas como estas, en medio del complejo paisaje de la elección circuital, cada voto cuenta. Como advertía el VP de la encuestadora Consultores 21, Saúl Cabrera, los ni-nis tendrán que decantarse por el continuismo o por el cambio que la Unidad representa mayoritariamente, ejerciendo el llamado voto utilitario o estratégico. Al respecto, el ejemplo de la Polonia que documenta Lech Walesa es iluminador: “Desde 1980 sabíamos el camino para superar al enemigo: no batallas individuales, sino tratar de organizar a toda la nación.

 

No perdamos el foco, entonces, cuando el pragmátismo y la urgencia positiva se imponen: para recuperar el centro político, paradójicamente, tendremos que aprovechar el impulso de esta nueva polarización. Lo contrario, sí sería una ingenuidad.

Mibelis Acevedo

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