Opinión
La revolución es una enfermedad
Opinión

La revolución es una visión patológica de la sociedad moderna, a la que motejaron “capitalismo”. Es una enfermedad del espíritu que exagera hasta el absurdo los rasgos malvados de la naturaleza humana, codicia, crueldad, envidia, explotación, los atribuye a la manera como está organizada la sociedad  -en la futura nacerá el “hombre nuevo”- y los cree determinantes de toda acción. “Nadie es inocente”, exclamó el asesino terrorista Ravachol cuando arrojó una bomba a las familias reunidas en el Café de la Paix de París. Otro monstruo, Santa Caserio enterró una daga en el pecho del honorable presidente Marie-Francois Carnot, grabada con la frase “Venganza por Vaillant”, un colega muerto en accidente laboral en manos de la justicia. Nadie es honrado detrás de la apariencia ya que la moral, las leyes, la democracia, son mamparas del crimen.

 

Los medios de comunicación, la industria cultural, el cine, la publicidad, milagros posmodernos que llenan de magia nuestro aparato perceptivo, son para ellos siniestras maquinarias de enajenación. Naciones esplendorosas que proporcionan felicidad a sus ciudadanos, en realidad son imperialistas y explotan a los países pobres. El empresario más honrado es un vampiro y la filantropía una máscara. Un cretino brillante dijo que es tan criminal asaltar un banco como fundarlo. Según ese pensamiento envenenado la Humanidad padece una metástasis moral. Digno de la siquiatría política, hunde sus raíces en la herejía Cátara o Albigense, “los puros” del siglo XI, sectas que dominaron varias ciudades del Langedoc, cerca de Cataluña. En Besiers, Narbona, Foi, Toulousse y Carcassona rompieron con todo para vivir en la pobreza y la caridad.

 

El mundo lo habría creado el Diablo

 

El Mundo Material -empezando por la Iglesia-, era perverso porque lo habían creado Javhé, el demonio, o Satanael, un hermano malvado y renegado de Cristo. Lo hicieron a escondidas de Pater Noster, el Dios de bondad, para vengarse de él por construir el Mundo del Espíritu. De ese acto espurio nacen los humanos, y todo lo tangible es demoníaco, tiene en sí el germen del gusano y la destrucción. Qué hay bajo la piel de la mujer más bella: vísceras, inmundicias. Sectas menos radicales, como los Franciscanos y otras, creían que la Iglesia se había desviado, pero que hombres “íntegros” podían redimirla y San Francisco negoció negociaron para esquivar la hoguera. La radicalidad no lo permitía a los Cátaros de ayer, ya que su objetivo era destruirla. La única opción para ellos era “el Espíritu”, así como para los Cátaros de hoy es “la Revolución”, empresa de los pocos justos, honorables y valientes que rechazan el mundo.

 

“El capitalismo”, encarnación de todos los males requiere remedios bárbaros en males bárbaros. Cauterizar las llagas de la sociedad, meter el escalpelo, sangrarla, limpiar detritus, sucios intereses, eliminar los contaminados. Y el devenir se repite como maníaco: cada vez que los delirantes quieren sanear la impureza humana, crean lo más siniestro, el infierno en la tierra para Holderling. Los pecados de la locura corriente terminan en juegos de niños frente a la trágica pesadilla, el horror maligno, la crueldad sin límites de la revolución. Con los bolcheviques triunfan los Cátaros del siglo XX y crean gobiernos absolutos en muchos lugares. Una vez fracasan en su empresa de hacer el bien, se instala la esquizofrenia: defender monstruosos resultados a nombre “del pueblo” que martirizan, y encanallar a quienes los denuncian. El error inicial se convierte en mentira insolente y hacen del lenguaje, al decir de Voltaire, un instrumento para encubrir el pensamiento.

 

De Cátaros a sinvergüenzas

 

Todo es dolor aciago y espinas para la gente pero se aferran al poder por lo mismo que denunciaban: ambición, corrupción, riqueza, intereses creados y miedo al Frankestein que pusieron en marcha. Después vinieron los aterradores desmoronamientos en los que pagan justos por pecadores. Víctimas de los setenta años de una “sociedad justa” en la Unión Soviética, deambulaban como parias en occidente, que los absorbió. Cubanos y norcoreanos están entre los seres más sufrientes y humillados del planeta. Y las caídas. Sitiada Besiers, uno de los focos de resistencia cátaros, por tropas francesas y vaticanas, ya al final de su aventura contra la Iglesia, el enviado del Papa sugiere al Duque invadir la ciudad para apresurar el final. Ante lo que sería una masacre de la población, el Duque le pregunta cómo lograrán los soldados distinguir buenos cristianos de Cátaros. El Obispo mira a las alturas y responde: “Dios en el Cielo sabrá reconocer los suyos”.

Carlos Raúl Hernández

128 Artículos
@carlosraulher
@carlosraulher