Opinión
La segunda muerte del comunismo
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Stalin, Hitler, Mao o Fidel Castro, son voces asociadas a estremecedores sufrimientos humanos, al crimen desenfrenado en el poder, mientras muchas naciones florecían a la libertad y la prosperidad. Hoy para cualquier ciudadano medio de una sociedad democrática -francés canadiense, australiano-, suenan como ecos de delirios, equivocaciones en la genética de la historia, serpientes voladoras. Sólo que esas supuestas anomalías ya distantes, remotas, anacrónicas para quienes piensan que la historia posee alguna dirección y que va o debe ir a alguna parte, por el contrario, siempre acechan. Basta que un pistolero inescrupuloso y con talento presione a fondo las instituciones democráticas para que se dobleguen.

Monstruoso, Ricardo III sedujo en plenas exequias de su marido, a la mujer a la que había dejado respectivamente huérfana y viuda. No todas las revoluciones fueron meros anacronismos. Unas abrazaron proyectos modernos. La revolución rusa fue producto del pensamiento social europeo y desarrolló un modelo que dividió la humanidad por la mitad hasta 1989, pese a que Lenin dedicó su último aliento a retornar la propiedad privada al campo y evitar la dictadura feroz que veía en los gélidos ojos de Stalin. En veinticinco sangrientos años, este realiza el proceso de acumulación de capital que en Europa había tardado siglos. La base teórica lucía firme como canta esa oda al industrialismo y el progreso capitalista, el Manifiesto Comunista.

Repartir, repartir…

Dice el Manifiesto que la sociedad burguesa había creado los medios para producir la riqueza y la felicidad de todos, lo que hacía falta era socializarla, distribuirla. Por lo tanto debían conservarse muchos elementos de la vieja sociedad, desaparecer otros y construir la nueva a partir de tales bases. La era revolucionaria nacía maculada con la idea de que el fin justifica los medios, pero sus acciones obedecían a una lógica, un proyecto de “ingeniería social holística” en el sentido popperiano, a una racionalidad que cautivó abrumadoramente a la inteligentzia por siglo y medio hasta que todo se pulverizó con el Muro de Berlín. El modelo era intrínsecamente perverso y obligó a sus detentores a convertirse en carniceros para mantener el poder.

Tiranías terroristas  sin control de megalómanos infernales que asfixiaron la libertad, la producción de riqueza y la vida civilizada. Quienes no accedieran a arrastrarse frente a ellos, pagaban con el horror. Con el Gran salto hacia adelante (1958-1961) Mao imita a Stalin en el proyecto de convertir China en una potencia industrial. Arranca a los campesinos de su labor y trata de convertirlos en obreros siderúrgicos, con lo que produjo un genocidio que Yang Jisheng, Frank Dikötter y Paul Kennedy consideran el mayor del siglo XX, entre treinticinco y cincuenticinco millones de muertos. Ante su defenestración por el mismísimo Partido Comunista, Mao decidió emprender su verdadera revolución: devastar todo para recuperar el poder, con la coartada de “erradicar el viejo orden”.

Mao destruye todo

Empezó por el Partido Comunista, y siguió con el ejército, las universidades, escuelas, instituciones financieras, sociales, culturales (no se salvaron Confucio ni Beethoven) para sustituirlos por el Libro Rojo, y el poder pasó a una organización terrorista llamada la Guardia Roja. En este delirio barbárico se quemaban grandes obras de la cultura china, libros, cuadros, instrumentos musicales, edificios “del pasado”. La hambruna se hizo endémica y la miseria unificó a la sociedad china hasta que, a la muerte de Mao en 1976, Deng Xiaoping derrotó a la esposa de este, Chiang Ching, exprostituta de Shangai conocida en su trabajo como “Manzana Azul”, que aspiraba la sucesión. Los jemeres rojos de Cambodia, emprendieron la aniquilación radical sin etapas previas.

Era el simple odio desatado por las calles. A todo el que supiera alguna lengua extranjera, careciera de callos en las manos o usara anteojos lo asesinaba sin compasión un ejército de niños “no contaminados”. Pol Pot se dedicó metódicamente a arrasar Ponh Penh, a desurbanizar el país y campesinizarlo. Las revoluciones comenzaron con proyectos de ingeniería social, como la soviética, y ocasionaron daños terribles a la humanidad. Pero aún más terribles fueron las que sólo encarnaban resentimiento, odio y megalomanía, como los jemeres, el llamado “socialismo africano” y la Revolución Cultural. Las representaron genuinamente los niños que ponían a sus maestros en un rincón, con orejas de burro y que gastaban el ocio disparando contra pianos Stenweiss y violines de colección. En América Latina no podrá consolidarse una empresa de destrucción ciega. El proyecto bolivariano agoniza.

Carlos Raúl Hernández

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@carlosraulher
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