Opinión
Las cuitas de la razón
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La noción del hombre como “animal político” –Zoon Politikon, como lo describía Aristóteles, refiriéndose a su capacidad única de asociarse para hacer vida en la polis- remite a su vez a una esencial distinción: es la razón –y su giro más precioso, el lenguaje- lo que lo dota para interactuar en comunidad.  En el hacer del animal civil moderno, sin embargo, nos topamos con una ardua, menos previsible dimensión: pues si el orden, lo político, se ancla a la racionalidad y su naturaleza retórica (Zoon logon echon) no es menos cierto que nuestra condición de humanidad  hace imposible prescindir de la pasión y sus apetitos. Sobre la relación con el poder, no en balde Remo Bodei habla de una “lógica impura”: y alude a una serie de símbolos “que no son todos racionales en un juego extremadamente complejo, de continua negociación”, de contratación invisible. Se trata, pues, de construir equilibrios que permitan a la razón explorar tanto los motores de la emocionalidad como los posibles “efectos patológicos de la existencia”, e incorporar esa cartografía a la precisión de una “nueva” racionalidad  política.

Sugestivo enfoque, más si asumimos que imponer la construcción artificial de una racionalidad pura, compacta, chocaría no sólo con la realidad, sino con la especificidad de ciertas idiosincrasias. Es el caso de Venezuela, donde la hegemonía de las pasiones –no sólo en política- es elemento que cincela incluso nuestro talante: pero justo eso resulta a veces en piedra de perdurable atasco. Ajenos a las claves de una cultura política que otorgue protagonismo a un ciudadano capaz de gestionar sus deberes y derechos, terminamos privilegiando a caudillos reactivos antes que liderazgos democráticos; soluciones Deus ex Machina, épicas caballerescas en pleno SXXI y narrativas inspiradoras pero irreales. Exuberantes como somos, teñimos la lógica política de nuestra vocación por el melodrama, viviendo en espera de algo que no depende tanto de nosotros (individuos de “menor potencia” frente a los “elegidos”) como del fatum.  El devenir histórico reciente, gravitando a merced de impulsos, tirrias, precarios o enigmáticos afectos, ha sido todo menos equilibrado. Sí: frente al sex-appeal de la emocionalidad, la racionalidad ha sido consistentemente arrinconada, como un personaje de telenovela que promete aparición especial y del cual el escritor prescinde, por aburrido, tras los primeros capítulos de la historia.

He allí el apuro: pues las pasiones nos hacen a unos enemigos de otros, dice Spinoza: nos apartan de nosotros mismos, de los demás y de Dios; el hombre que padece actúa realmente por lo que le falta y no por su ser positivo. Así- corona –vivir bajo el régimen de las pasiones es vivir bajo el régimen de la servidumbre, consecuencia de la rivalidad natural de los impulsos, apetitos o deseos (conatus). Y esa es conclusión que no escapa a la glotonería de cierta lógica del Poder. Si la pasión crea adicción, si se traduce en ratings, en amores que no piden razones, en adhesiones ciegas, ¿por qué no seguir ordeñándola, ad nauseam? ¿Acaso tal práctica no ha demostrado su eficiencia durante16 años de delirante periplo?

Ciertamente no podemos olvidar que la política, como dice Fernando Mires, en tanto lucha (agonía) es también práctica pasional. Y si bien no se trata de desnaturalizarla, pretendiendo suprimir las emociones que la avivan, la idea es que a través de sus avíos –la gramática y la retórica- esa pasión sea organizada  para que no nos abrume: para que los afectos no nos esclavicen, a decir de Spinoza. El momento que vivimos, en ruta a las elecciones del 6D, es clave en ese sentido: en país donde “hoy gana el descontento”- así reza el impactante desahogo de Óscar Schemel- tenemos, por un lado, a un jugador poderoso, avezado en el arte de hacer de esta guerra simbólica un campo propicio para la siembra de la desesperanza en el adversario, la desmovilización, el miedo: las “pasiones tristes”. Por el otro, sacudida por sus disímiles gustos y apetencias, bulle una oposición agobiada por sectores que se desordenan con facilidad: esos que un día ejercieron el optimismo poco calculado y al siguiente, a espaldas de lo que gritan las cifras, como curtidos en su propia rutina de decepciones o presas de un purismo novelesco, desparraman la hiel del cinismo; otros, que dominados por sus fantasmas o el inmaduro oportunismo de ciertas dirigencias, comienzan a ver espejismos, nuevos héroes o salvadores en imposibles gestas que, a la luz de este desnivelado escenario, lucen del todo ingenuas.

Hoy más que nunca urge procurar el equilibrio, seguros de que la disciplina nos hará prevalecer, más allá de los reveses, como sugiere la Paradoja de Stockdale. Difícil retar al íntimo desbordamiento, a nuestra propia “lógica de la patología”, pero de eso se trata evolucionar. Seamos serios, entonces. Y que sea la realidad –esa que hoy se mide en robustas fanegas de descontento- la que oriente el encuentro con esa nueva, necesaria racionalidad.

Mibelis Acevedo

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