Opinión
Las vacas desnutridas
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El anecdotario de historias de vida que puede acumular alguien con mi vocación puede ser ilimitado y asombroso, tanto, que ni se puede decir por ser tildados de exagerados o mentirosos. Sin embargo contaré una experiencia de la cual me enteré de primera mano por uno de sus protagonistas.

Hubo un tiempo muy cercano en el cual los venezolanos de los más variados estratos sociales viajaban de manera casi compulsiva por el mundo; muchos lo hacían para conocer, pero otros para usar sus tarjetas de crédito de manera fraudulenta y “aprovechar” para traer dólares del exterior. El término de “raspacupos” fue acuñado a este grupo. Era uno de los últimos actos de una suerte de fiesta colectiva en la cual muchos, ebrios por las posibilidades de “beneficiarse” de las bondades del insólito caudal de petrodólares que recibía la nación, trataban literalmente de raspar la olla de sus vidas.

Resulta que una familia de cinco adultos decidió irse para Ecuador, porque la moneda de ese país es el dólar, “raspar” las tarjetas de rigor y quedarse unos días en un hotelito muy modesto en la capital. Se vistieron de mendigos, usando ropas ajadas, se pintarrajearon el rostro para que pareciera que se encontraban sucios y se iban a las calles a mendigar todos los días de ocho de la mañana a cuatro de la tarde. Los ecuatorianos no dudaban en darle la dádiva que solicitaban y me contó que en promedio cada uno “ganaba” cuatrocientos dólares diarios, lo que hacía un subtotal de 2.000 dólares semanales y regresaron con 10.000 dólares en total que ganaron en cinco días, pidiendo limosnas en el país cercano.

La historia me la contaba uno de los venezolanos, de clase trabajadora, con título profesional, mientras reía a carcajadas de lo que consideraba una genialidad de su parte y de los otros miembros de su familia. La cuestión no tendría mucha relevancia porque pudiese tratarse de un asunto particular, si no fuese porque relatos como este o parecidos, los escucho muchas veces en boca de mis pares venezolanos, haciendo alarde de su viveza.

Como venezolano me cuesta dejar de ser suspicaz ante la actitud de muchos de mis connacionales, porque esa “viveza criolla” no viene de ahora, ni de hace décadas, sino que la arrastramos como una tara desde la conquista. Es la tradición del pícaro del siglo XVI del puerto de Sevilla, quien concibe la vida como una especie de escenario para la supervivencia diaria, alejado de lo normativo y del culto al esfuerzo y apegado a lo espasmódico y lo que se obtiene con facilidad.

Esa visión pícara de la existencia asociada a un mesianismo embrutecedor forma dos anclas que evitan que avancemos como conglomerado a mejores escenarios, porque hemos sido educados de esa manera y la reversión de una forma de ver el mundo es muy difícil de modificar. Sería asumir que lo normal es que la vida no fuese dura sino muy dura y entender que es el esfuerzo lo que le da valor a las cosas. Lo que fácil llega fácil se va.

¿Cómo no pretender que el país iba a colapsar desde el punto de vista económico y social si hasta hace poco vivíamos en una fiesta donde el derroche y las maneras más superficiales de conducirse eran la brújula que condicionaba nuestros actos? ¿Cómo no iba a fracasar como Estado un país en el cual sus ciudadanos no tienen capacidad de ver hacia el futuro y predecir las más elementales señales de que la manera como se estaba viviendo era a todas luces anómala y ficticia? ¿Acaso el líder no es un símbolo que nos identifica y muestra lo que somos?

El bíblico José le dice al faraón: “Vendrán siete años en que habrá de todo en abundancia en Egipto, pero en seguida vendrán siete años de escasez que harán olvidar toda la abundancia anterior del país y que lo agotarán. La escasez tremenda que sobrevendrá hará desaparecer la abundancia del país”. Pero José aconseja al faraón “que busque un hombre inteligente y sabio para ponerlo al frente de Egipto. Que nombre, además intendentes en todo el país que recauden la quinta parte de la cosecha durante estos siete años de abundancia: recogerán los víveres de estos siete años buenos y almacenarán el grano en las ciudades donde los guardarán bajo la autoridad de faraón. De esta manera quedarán reservas para los siete años de escasez que vendrán, y así el pueblo no morirá de hambre”.

A todo esto José le hace entender al faraón que por tomar estas previsiones, no hay hombre más inteligente ni sabio que él mismo. Cuando llegaron los siete años de sequía, según lo anunciado por José, hubo hambre por todos los países pero en Egipto había pan y de todas partes llegaban las personas a Egipto a comprar trigo a José ya que la escasez era universal.

Ese es el reto del nuevo liderazgo que emerge en nuestra nación: revertir la más funesta forma de conducirse y a través de la pedagogía propia del líder, fomentar un anclaje en lo ético, que a fin de cuentas es la única ancla que cimienta las bases de una sociedad con posibilidades de mejorar.

@perezlopresti

Alirio Perez Lo Presti

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