Opinión
¿Lealtad o Libertad?
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“A Few Good Men”, el drama judicial escrito por Aaron Sorkin -autor tanto del guion de la obra teatral como de la exitosa película homónima dirigida por Rob Reiner en 1992- arrojaba luces sobre un tema espinoso: la pertinencia de conceptos como lealtad y traición, el dilema entre obedecer ciegamente a un superior, a los preceptos de una organización (eso que Kant llamó “heteronomía de la voluntad”: la acción “no moral” que resulta de la influencia de una fuerza exterior al individuo, esto es, la voluntad alentada por la inclinación) o atender a lo que dicta la razón, asumiendo, en consecuencia, tanto las bondades como las responsabilidades implícitas en la idea de autonomía. La valoración de esa capacidad del ser humano para discernir y actuar de manera independiente, en especial cuando la instrucción que viene “de arriba” colisiona con sus principios, convierte la historia de marras en todo un tratado de ética. En este caso, la aplicación de un “Código rojo” ordenado por el despótico coronel Jessup, la accidental muerte que sobreviene tras el acatamiento de la indicación de castigar al soldado cuya debilidad “estropeaba” el espíritu del regimiento apostado en Guantánamo, sirve de excusa para desarrollar una intensa reflexión en torno a las significaciones sociales y personales que entraña el ejercicio arbitrario del poder.

“Nosotros usamos palabras como honor, código, lealtad, las usamos como columna vertebral de una vida dedicada a defender algo… usted las usa como un chiste”, dice Jessup en feroz monólogo, al tratar de esquivar la acusación de haber deslizado la polémica orden, y hacer ver que en situaciones extremas ciertas transgresiones son válidas; que en ese marco, la “lealtad”, la disciplina, son valores fundamentales para la supervivencia del colectivo o la obtención de un bien mayor: el resguardo de la patria. Esa es la “verdad”. Una que, según el coronel, el resto del mundo no es capaz de manejar. “Ustedes pueden darse el lujo de no saber lo que yo sé”. De allí la arrogante afirmación, que dispara sin sutilezas: “Ustedes no pueden lidiar con la verdad”.

En horas en las que la revolución apunta su trémulo dedo hacia los “traidores”, la referencia a los “pocos hombres buenos” (esos que en medio de la alienante uniformidad, se atreven a pensar distinto) viene muy a cuento. Considerando que el chavismo encuentra irrebatible lógica en eso de adecuar los códigos de lo militar a la conducción política; que un relato basado en la existencial confrontación amigo-enemigo o que la idea de un líder destinado a poner orden donde hay caos sólo remite a la premisa schmittiana de la decisión justificada por la excepción, el valor de la “lealtad” (como resulta del “Protego, ergo obligo”) es especialmente relevante. Y no se trata, claro, de desconocer virtud en el interés de un individuo por comprometerse genuinamente con un proyecto o una organización (la militancia política, de hecho, exige desarrollar cierto sentido de pertenencia basado en el conocimiento, el respeto, el acatamiento de normas, la adhesión traducida en comportamiento coherente y espiritualmente significativo) pero sí de censurar ese acomodo cuando se vuelve un estorbo para la conciencia, cuando esa suerte de medieval contrato de vasallaje se esgrime como coartada genérica para encubrir daños o arropar los principios más básicos del intercambio social.

Por eso las manifestaciones de rebeldía a las que se van sumando insignes camaradas en relación a las decisiones de la cúpula en el poder, siguen augurando conmociones dentro del chavismo. Como en la obra de Sorkin, el error que se hace público pulsa nuevos nervios, delata la contradicción inexcusable. Asimismo, y como en el caso del oficial apegado a la pétrea exigencia de obediencia sin cuestionamientos, sólo se atina a confundir autonomía con traición, con blandura. “El caso es sencillo”, opinaba el abogado Jesús Silva al lanzar su invectiva contra los “ex chavistas destetados”: “quien fue encargado de altas responsabilidades dentro de un proyecto histórico pero luego fue marginado de éste por cualquier motivo, nunca atacará a ese proyecto si tiene un verdadero compromiso con las ideas históricas y quiere que estas triunfen”. No parecen importar las legítimas dudas de los individuos, las muecas descarnadas de la realidad o las alarmas del sentido común: importa retribuir el favor al Estado, importa triunfar, y los “débiles” son un freno para la victoria. Así de perturbador.

Pero, ¿no toda lealtad “es en última instancia lealtad hacia sí mismo, pues al ser continuidad de la intención, es también permanencia de la persona”? La precisión del filósofo Legaz Lacambra hunde el dedo en la llaga: el íntimo desarreglo, la disposición a cuestionar lo que incomoda, no deben ser confundidos con flaqueza de espíritu, todo lo contrario. No estamos para códigos de silencio: dejemos la omertá para la mafia y sus vendettas, y el derecho a disentir para quienes optan, con entereza y razones, por abrazar su libertad.

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Mibelis Acevedo

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