Opinión
Libros: Eri Hotta
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Guarda evidente interés a pesar de la distancia espacial y temporal, y de lo mucho que han cambiado las cosas en el planeta desde entonces. Japón, en el año 1941, concentrado en el debate de si entraba o no en guerra con Estados Unidos, luce remoto. Y, en efecto, al leer Japón 1941. El camino a la infamia: Pearl Harbor (Editorial Galaxia Gutenberg, España, 2015), se tiene la sensación de volver a un tiempo ya superado. En realidad, la cuestión no resulta ajena en la perspectiva que la historiadora japonesa Eri Hotta aborda aquellos hechos. Su libro ofrece respuesta a una dramática pregunta: ¿Cómo fue posible que la nación japonesa, o mejor dicho, sus gobernantes, tomaran la decisión de ir a una guerra con Estados Unidos, a pesar de que todos los análisis y proyecciones les advertían que perderían y que el país podría quedar devastado, como en efecto ocurrió?

Desde 1940, la sociedad japonesa había comenzado a sentir la escasez creciente de productos. Había campañas publicitarias y discursos que promovían la austeridad. Un eslogan decía: “El lujo es un enemigo”. Faltaban el arroz y otros productos básicos. La prensa había reducido su tiraje y la producción caía por falta de insumos y repuestos. Cuando Japón, sin romper relaciones con Estados Unidos ni declarar la guerra, anunció que había atacado a Pearl Harbor el 8 de diciembre de 1941, el pueblo japonés reaccionó con júbilo.

Eri Hotta, formada en las universidades de Princenton y Oxford, construye una línea de tiempo, que va aproximándose, hecho a hecho, al momento del ataque. La recapitulación que hace de las tramas militares, políticas y diplomáticas, es extraordinaria, puesto que facilita al lector hacerse cargo del modo en que se fue incubando y alimentando el camino hacia la tragedia, hasta llegar a un punto donde no fue posible evitarla.

Capas y capas de elementos que se fueron sumando y mezclando, con el estridente fondo de la exaltación nacionalista de fondo: un ambiente de desinformación que ocultaba la muy deteriorada situación material y económica del país; las luchas políticas entre las distintas facciones; la rivalidad irresuelta entre la Armada y el Ejército; la complejísima estructura de relaciones entre los distintos poderes y la figura del emperador; la brecha, por momentos escandalosa, entre lo que las autoridades decían en reuniones o en público, y lo que advertían en privado o a sus equipos de trabajo. Conductas erráticas, una impredecible cadena de omisiones, ausencia del más elemental coraje para reconocer que la guerra era inviable, se confabularon e impusieron a los grupos de profesionales de las instituciones militares que, en más de oportunidad, presentaron informes anunciando con sólidos argumentos, la catástrofe que se produciría.

Nelson Rivera

Asesor de comunicaciones. Director del Papel Literario del diario El Nacional desde 1995.

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