Opinión
Libros: Jean Ferry
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Llega precedido por una ruidosa caravana, encabezada por André Breton, que le incluyó en su Antología del humor negro, donde escribió elogiosas palabras para presentarle (“El texto poético más sensacionalmente nuevo que he leído en mucho tiempo”). Su nombre serpentea en algunas páginas del Diccionario del surrealismo. La proximidad a los surrealistas lo llevó a convertirse en guionista: trabajó con Luis Buñuel, Louis Malle, Marcel Carné y Henri-Georges Cluzot, entre otros. Quienes han leído sus ensayos sobre Raymond Roussell destacan la empatía de Ferry hacia Roussell. Ello le valió ser incorporado al Colegio de Patafísica, con el título de “regente por suscepción transeante de la cátedra de Doxografía y Doxodoxia Rousselianas”. También Boris Vian, Raymond Quenau, Marcel Duchamp y Joan Miró fueron patafísicos.

Fue autor de un único libro de relatos, El maquinista y otros cuentos(Malpaso Ediciones, España, 2016, traducido por Gabriel Hormaechea e ilustrada por Claude Bellaré), publicado originalmente en 1953. Seis décadas más tarde, a la caravana apenas se le escucha: se ha convertido en objeto de estudio (ahora mismo proliferan publicaciones consagradas a las vanguardias del siglo XX). Puede decirse: cuando ahora llega a las manos del lector, Ferry aparece en silencio. Desconocido o casi desconocido. Olvidado o casi olvidado.

En una breve pieza titulada “Robinson”, tras haber recorrido la isla y constar que ella estaba deshabitada, el náufrago escoge dormir, tal como lo ha deseado toda su vida: profundamente. Pero al cabo de unos minutos la felicidad desaparece: los del equipo de salvamento le despiertan. En otro, titulado “Mi pecera”, el narrador describe sus pensamientos suicidas: “Tienen cabecitas planas, blanquecinas y triangulares, como ciertas agujas del fonógrafo, agujas de un modelo que creo olvidado. Son unos animales monísimos y muy fáciles de alimentar. Se comen todo lo que les doy: tristezas, dientes arrancados, heridas de amor propio o no, preocupaciones, deficiencias sexuales, sofocones, pesares, lágrimas sin derramar, falta de sueño, todo eso se lo tragan de un bocado, y piden más. Pero lo que más les gusta es mi cansancio; y es una suerte, porque no corren peligro de quedarse sin existencias”. Más que provocar, lo percibo como un humor casi inofensivo. Quizás hace seis décadas estos relatos irritaban.

En el relato de apertura, Gengis Kan circula por un mundo de paisaje mineral. La fuerza de las imágenes (“Arroyuelos de mercurio circulaban pesadamente entre guijarros de plomo”) no sobrepasa al momento dramático en que el caballo deja de obedecerle. Kan, que desprecia a la humanidad, se hace preguntas que conducen a la fatuidad del mundo. Y es aquí donde quiero llegar: por encima de las demostraciones de imaginación (como el titulado “Homenaje a Baedeker”, que cuenta los procedimientos de “los pescadores de pájaros”) o de situaciones envueltas de humor, hay un nervio dramático en Ferry: la del sujeto contemporáneo atrapado en su soledad. Una soledad desencantada, circular, irremisible. Sin salida.

La paradoja del que lo ha conquistado todo (su próximo paso, ¿conquistarse a sí mismo?); la propiedad mutable que tienen ciertos objetos para no acomodarse a ningún deseo; la imposibilidad de saber si al llegar realmente se ha alcanzado el destino; las especulaciones imposibles que asedian al solitario (“¿Ha puesto alguna vez el pie, en la oscuridad, sobre el último peldaño de la escalera, ese que no existe?”); la pérdida de voluntad, al extremo de ni siquiera desear tenerla; el cansancio causado por lo inútil; las pesadillas que se levantan de las omisiones, de lo que se deja de hacer; las invenciones, a veces fantásticas, que se incuban en la mente del solitario: tales las cuerdas que se encuentran en “El maquinista y otros relatos”: ecos, reverberaciones del alma arrinconada o en huida.

Por último, quiero agregar dos líneas sobre el titulado “El tigre mundano”: inquietante historia que tiene el fingimiento como quid. Relato poderoso. Me ha hecho recordar aquella prédica de Cicerón que decía que ningún fingimiento es duradero. Y me ha dado una pista para pensar a Ferry: a lo mejor, los artificios humorísticos o los raptos de extravagancia imaginativa no son sino evasivas de quien se resiste a la resignación. Formas de luchar en contra de la envolvente soledad de nuestro tiempo. Me parece que este libro está sembrado de intuiciones que, a mediados del XX, apuntaron al malestar del siglo XXI.

Nelson Rivera

Asesor de comunicaciones. Director del Papel Literario del diario El Nacional desde 1995.
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