Opinión
Los hijos devorados
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“Tienen 48 horas para dejar el cargo”: el ultimátum que Jorge Rodríguez lanzara a los funcionarios públicos que firmaron para apoyar el revocatorio, restalla como eco de episodios históricos previos. De nuevo, ahora en pleno socialismo del siglo XXI, el afán por retener el poder hace del poderoso un esclavo de sus recelos. Agridulce paradoja: la intoxicante posibilidad de perpetuarse depende de vivir en un estado de paranoia endémica, de entregarse a una serie de maniobras competitivas signadas por la agresión, la preservación de jerarquías y ritos, la primitiva territorialidad. Cuando la autoridad se resquebraja y es disputada por otros, el círculo íntimo del poder tiende a hacerse minúsculo. Todos se vuelven sospechosos; el viejo aliado muta en potencial enemigo, cada mohín de censura en promesa de virtual traición. “Si no estás conmigo, estás contra mí”: una vez descartada la sana digestión de la crítica o la alternancia -omisión inaceptable en regímenes democráticos- la fiebre purificadora, la purga política brinda desahogo y temporal resguardo para los amenazados.

La historia ofrece múltiples ejemplos de esa delirante dinámica: ocurrieron purgas en el período republicano de la antigua Roma y en la guerra civil inglesa. También durante la Revolución Francesa, donde se dio una larga cadena de purgas en las que cada facción aniquilaba a los partidarios de las demás, ofuscadas por la idea de acabar con los complots de los grupos considerados reaccionarios. Una ciega aplanadora: la impulsada por los jacobinos, en medio de la famosa era del Terror de Robespierre, “el incorruptible”, arrolló incluso a su propio mentor, quien antes había alegado que “el terror no es más que la justicia rápida, severa e inflexible”. Las purgas siguieron tras la caída de Napoleón, en tenaz sucesión de empeños por tachar la sedición anterior. Como Saturno, la revolución acaba devorando a sus hijos: eso, aseguran, concluyó el girondino Pierre Victurnien Vergniaud antes de ser guillotinado en 1792.

Amén de exterminios políticos señeros como el de la “Noche de los cuchillos largos”, la masacre que organizó el Partido Nazi para sofocar a sus críticos y apoderarse de las estructuras del Estado (y cuya ejecución Hitler calificó como necesaria para evitar un golpe), las impulsadas por Stalin en la URSS y por Mao en China, por su letal ferocidad y alcance, figuran entre las más trágicas purgas del siglo XX. Dos personajes acuciados por sus fantasmas y su colosal necesidad de control auspiciaron la más sanguinaria persecución y el aislamiento de todo aquel que no se mostrase leal al líder: esto es, que se atreviese a sugerir algún matiz o cambio en la dirección; que ante la obvia debacle económica y social, inoculase -¡inadmisible pecado!- el germen del revisionismo o la reforma.

La Revolución Cultural china, la campaña de reafirmación ideológica orquestada por Mao contra intelectuales y figuras en altos cargos (el secretario general del partido y futuro presidente, Deng Xiaoping, entre ellos) acusados de traicionar los ideales revolucionarios y de ser “partidarios del camino capitalista”, brindó útil parapeto para encubrir la intención del Gran Timonel de recuperar la autoridad perdida tras el chasco del Gran Salto Adelante. La violencia con la que los Guardias Rojos –adolescentes, la mayoría, severamente adoctrinados– arremetieron contra miles de sospechosos de deslealtad al régimen, o el marasmo tecnológico en que se sumió al país a causa de la defenestración de técnicos calificados y profesores universitarios, resultaron desastrosos corolarios. Asimismo, a finales de la década de 1930 en la URSS –una doliente página que recrea brillantemente la película “Inner Circle”, del director ruso Andrei Konchalovsky– los “enemigos del pueblo” (por extensión, los enemigos de Stalin) fueron diezmados durante La Gran Purga: miembros del Partido Comunista, anarquistas, trotskistas, socios del Komintern y Fuerza Armada, opositores de toda traza fueron perseguidos, vigilados, llevados a juicio, encarcelados, enviados a campos de concentración y gulags; finalmente, ejecutados. Una faena que por cierto dejó algo de su pedagógica impronta en los modos de la Revolución Cubana.

En la de Venezuela, presta a replicar los hoscos desvaríos de otras revoluciones, abundan otra vez las amenazas contra el eventual apóstata. A las de Rodríguez y Cabello (“si el jefe no lo saca, el jefe se va a tener que ir de ahí también”), se suma la de Maduro, quien además avisa que será peor que Erdogan, avieso adalid en tema de nuevas purgas. Cuesta creer que un régimen con tan exiguos apoyos aún vea una oportunidad en esa estrategia… ¿Qué buscan refrenar, por cuál enemigo íntimo temen ser devorados, realmente?

De momento y de insistir en el error, es fácil adivinar la peor de las purgas para el chavismo: algo como la “Damnatio memoriae”, el castigo que los antiguos romanos invocaban para desterrar el recuerdo de un mal gobernante, un “enemigo del Estado”, tras su desaparición.

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Mibelis Acevedo

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