Opinión
Los hombres de Estado y la política. Por Florencia Marcano Salazar.
Opinión

La política se ha manejado en los últimos tiempos de manera cada vez más radical, donde los “eruditos” que nunca han ejercido en política ningún cargo, donde primero hayan inscrito su candidatura, creado un proyecto a desarrollar en ese cargo, realizado todo el aparataje -publicitario, debate, mítines y demás- necesarios para garantizar, sino un triunfo cuando menos un buen lugar en los resultados, se creen jueces y verdugos de aquellos que -literalmente- han dedicado su vida a la verdadera política.

 

Porque la política va más allá de una campaña electoral y el tiempo de duración en ejercicio, y ser un “comentarista político” va más allá de asignarle adjetivos calificativos hacia una u otra opción -y se han presentado casos más radicales que califican de una manera u otra  a todas las opciones- bajo la premisa “es que todos son iguales, y siempre lo serán”. Comportándose como las personas que antes de esperar le sea formulada completamente una pregunta, ya han armado en su mente la respuesta, una respuesta que evidentemente no será la más acertada al no haber escuchado el planteamiento en su totalidad, sino lo que mejor se acomodará a su “respuesta”. Y así quedamos todos sin entendernos, hablando lo que mejor se nos acomode y escuchando sólo lo que queremos.

 

Todos los miembros de una sociedad tenemos nuestros derechos políticos y de participación en ella de acuerdo a nuestras realidades nacionales, sin embargo para ello se requiere de: Responsabilidad de actos y palabras, buena memoria -o serán otros que le obligan a recordar lo que haya hecho o dicho-, coherencia, madurez, sinceridad, compromiso…

 

Si se citaran espacios históricos, se tiene que entender que ellos forman parte de la base del presente, pero por mucho que se quiera decir o hacer creer que los sucesos históricos son cíclicos y que por eso los volvemos a vivir: No es cierto. El tiempo, según sea su interpretación, es y será lineal (eterno hacia el pasado, eterno hacia el futuro), por esa razón existen los avances en los diferentes aspectos de la vida. Comparar una lucha del siglo XVIII o XIX con las acciones a tomar en el siglo XXI, sólo demuestran un profundo desconocimiento de los momentos históricos y una significativa falta de preparación para los retos que se deben afrontar en la modernidad.

Asegurar que en un país hace dos o tres décadas atrás protestaron por un motivo de competencia y responsabilidad de los gobernantes y que dos o tres décadas adelante sean otras las generaciones que alzan su voz por el mismo motivo, no significa que “las protestas sean cíclicas”, significa que en veinte y treinta años no se han resuelto esos problemas sociales. Es un llamado fuerte y claro que se traduce en que sociedad y gobierno no se comprenden desde hace tanto tiempo; es un llamado al entendimiento, a la mesura, a la responsabilidad, a la innovación, al cambio, y a que se entienda que mientras “yo político” aspiro a un cargo -esté vacante o no- “yo sociedad” espero a alguien que entienda mi lenguaje y podamos comprender que a través de la política aspiracional a un cargo (por lo general, los pertenecientes a esta opción buscan el de mayor escalafón, aunque sus pasos en la política hayan sido pocos) no se construye un país.

 

La política debe estar enfocada al servicio social, y no todos tienen esa vocación. No es ser presidente, por ejemplo, por la vanidad y “embrujo” que se crea entorno a ese cargo, si no ser presidente para que concatenadamente, apoyado de la estructura política del país, la industria nacional (pública y privada), la educación en todos sus niveles, la iglesia, la estructura judicial… estén al servicio, desarrollo y atención del bien común de los ciudadanos, esa es la verdadera política; la política que ejercen los Hombres de Estado -que también pueden ser mujeres de Estado-, más allá del género son personas con verdadero compromiso con su país; no del tipo que utilizan un discurso independentista fuera de tiempo, ni una consigna para despertar una efímera efervescencia en ciudadanos cansados o agotados de lo mismo, y es que los hombres de Estado no agitan masas descontentas, no apelan a campañas viscerales o emocionales; lo que realmente hacen es enseñar a los ciudadanos, guiar, liderar, gerenciar, y canalizar el descontento hacia la proactividad y no hacia la autodestrucción ciudadana.

 

A un hombre de estado no se le encontrara vociferando insultos o acciones en contra de propios y/o extraños, al contrario se le verá convocando al debate, al diálogo, al entendimiento diplomático y de respeto para la solución de los problemas porque conoce muy bien que el país que representa es superior a cualquier otro deseo personal.

 

Un verdadero hombre de Estado conoce el valor político que tiene el ejercer de manera escalonada poderes, reconoce que todo espacio dentro de la estructura política es importante, no considera que un cargo merezca el desprecio de otro, al contrario son espacios de desarrollo y práctica democrática que garantizan el buen funcionamiento de la nación.

 

Los verdaderos hombres de Estado saben cómo controlar las situaciones difíciles que puedan presentarse con el suficiente aplomo, entereza y liderazgo como para infundirles a sus ciudadanos la tranquilidad y verdadero control del orden público, que no es a través del desmedido uso de la fuerza pública, si no por medio del entendimiento, diálogo y compromiso. Porque comprende que el futuro es el resultado de la suma de las decisiones de todos en el país.

 

Son personas que conocen e infunden en sus ciudadanos el sentido democrático de una nación y todas las expresiones posibles que ésta tiene, y una de ellas es no exponer a sus ciudadanos a un peligro evidente que luego disfrace como “paso democrático necesario”. Cuando a los hombres de Estado, en un momento de decisión en favor de la nación y en resguardo de sus ciudadanos, les preocupe más la popularidad en encuestas o la aceptación de un desenfrenado grupo de jueces y verdugos miembros de la antipolítica, ese día demostrará no ser un hombre de Estado. Para ellos, los hombres de Estado, nunca el llamado “costo político” estará por encima de su nación y los ciudadanos.

 

Lo único “políticamente incorrecto” para los hombres de Estado es mentirle a la nación, utilizar el chantaje para un fin electoral o para mantener la calma en un determinado instante nacional. Los hombres de Estado son los verdaderos líderes, que no esperan serlos para una elección, comprenden que su liderazgo es un compromiso intangible, un acuerdo no firmado, pero que cuenta con gran peso moral porque es con todos los ciudadanos de un país, con quienes confiaron en su opción y con quienes no.

La base de la política de los hombres de Estado es la verdad, aunque ésta desagrade a algunos u otros quieran no escucharla. Posee un alto respeto por la vida, el compromiso con tomar acciones hacia la solución de problemas de desigualdades sociales, tienen claridad de que “yo” se transforma en algo mucho más grande, que es el “nosotros” como nación, ninguna decisión tomada pasa porque lo favorezca en lo individual, sino en lo colectivo y motiva a todos a ver una nueva realidad enfocada en la transformación de aquello que ya no conduce al desarrollo de una nación y sus ciudadanos, esa motivación pasa por los mismos valores y principios adheridos a él: respeto a la vida, compromiso social, solidaridad, sentido de justicia, verdad, trabajo en equipo…

 

Si la historia a través del tiempo se encarga de juzgarnos a todos, los hombres de Estado siempre son reivindicados por ella, pues sus decisiones tomadas y ejecutadas son las más acertadas, aunque en su momento se crea lo contrario por la efervescencia de la inmediatez de algunos factores.

 

“Sí ese hombre hubiese tomado la decisión contraria, te aseguro que no la estuviéramos contando”

 

Aprendamos a reconocer y a elegir a los verdaderos hombres de Estado.

 

Gracias, muchas gracias.

 

Florencia Marcano Salazar.

@FlorMarSal

Dossier 33

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