Opinión
Los tiempos del hambre
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Mientras la rectora Tibisay Lucena ofrecía parsimoniosa cátedra sobre los lapsos que -insistía- debía tomarse el CNE para gestionar la solicitud de revocatorio del mandato del presidente Maduro, un país seguía bullendo afuera: plural, díscolo, palpitante, atenazado por el pellizco de otras urgencias, de otros tiempos. Sin entrar en las sinuosidades de una estrategia que parece espléndidamente urdida para quebrarnos la voluntad (la sensación que deja la mentada alocución, funesta obertura del desahucio que luego relanzara Jorge Rodríguez, es que, haga lo que haga la oposición, “los lapsos” que establece la norma nunca le serán propicios) toca voltear la mirada hacia esa esquina de la realidad que a duras penas está soportando retrasos y desacuerdos. Una Venezuela a merced de los tiempos del hambre, que no da tregua ni entiende de razones técnicas, largas auditorías o sesudos estudios de factibilidad, amenaza con colapsar. Como en otras épocas, el sedicioso avance de los tiempos sociales podría hacer saltar el cronómetro de los tiempos políticos.

El manejo de una crisis tan compleja obligaría a cualquier gobierno mínimamente pragmático a moderar sus apetitos de monopolizar el poder. Pero ese no es el caso. El de Maduro (castigado por índices de rechazo que rondan el 70%, según Venebarómetro) actúa como si el fantasma del estallido fuese una mosca latosa a la que sirve espantar con promesas de “profundización de la revolución”, o peor: como si en ello advirtiese la coartada perfecta para un atornillamiento que lo libre del insufrible corsé democrático de la alternabilidad. Ante la expansión de una indómita Hidra -ese malestar que prospera en la misma medida en que lo hace el desabastecimiento y la inseguridad- no se avistan señales efectivas de interés. Mala cosa, considerando que según sondeos de la propia Hinterlaces, el ánimo del venezolano naufraga hoy en la hondura de las pasiones tristes: pesimismo, preocupación, frustración, tristeza, rabia, impotencia. Apenas hay espacio para exiguos respiros: y en país donde el 73% asegura sentirse “molesto”, no extraña que comiencen a ganar cuerpo las resbaladizas soluciones radicales.

El hambre está decretando otra dinámica. “Hay noches que acuesto a mis niños sin comer… se te va la vida en una cola y no sabes si llegas, y con la sola bolsa no alcanza. Esto es como si todos los días te dieran un leñazo. Es muy fuerte”: el doliente desahogo de una madre, otra menuda hormiga en la fila de quienes aguantan sin certezas, suma al inventario de penurias de una población que asiste, a disgusto, a su propio holocausto. El tiempo social irrumpe como un fardo pesado en la ecuación, por más que el factor político aplace ese cálculo. “¿Cuándo iba a imaginar mi pobre madre que en Venezuela no iba a haber pan?”, se pregunta la señora Ana, delatada en su asombro por la impronta del inmigrante que huyó de la devastación de la posguerra. Sobre el arte de confeccionar entonces en España “tortillas sin huevo, guisos sin carne, fritos sin aceite, dulces sin azúcar, café con trigo tostado; pucheros con huesos, cocidos sin semilla ni patatas”, escribía por cierto en Málaga el periodista Claudio Grondona. Asimismo, en país donde un fornido Presidente cavila sobre la importancia de cambiar el hábito de comer pan (en plena hambruna china, el “Gran Timonel” Mao Tse-Tung aconsejaba también a los campesinos comer menos para no lucir como “capitalistas barrigones”) nos ha tocado reinventar maneras de sustituir lo insustituible, de lidiar con la mengua y asirnos a la esperanza, de resistir cuanto se pueda. Pero, ¿hasta cuándo?

La paciencia rinde poco por estos días. Al estilo del motín de subsistencia o “motín del pan”, común en la Europa del siglo XV al XIX (¿reacciones ante la “súbita inversión de fortuna” que menciona James Davies?) se multiplican los disturbios a causa de la escasez. El Observatorio Venezolano de Conflictividad Social reveló que durante los primeros 5 meses de 2016 se registraron 2.779 protestas: 21 protestas diarias en todo el país, así como 254 saqueos o intentos de saqueo. La cuenta sigue en ascenso, mientras el CNE estira a su antojo el tiempo del que ya no dispone, y el Gobierno se resiste a soltar los vapores que trepidan en la olla de presión. De seguir así, nada asegura que la criatura no optará por desperezarse y ventilar su apocalíptica estatura: que no nos engullirá. O que no pase como en aquella mañana del 5 de octubre de 1789, cuando un grupo de mujeres hambrientas y enfurecidas por la merma y el alto precio del pan terminó empujando la marcha de más de 7 mil personas desde los mercados de París hacia Versalles, para protestar contra “las orgías de los glotones”. El evento marcó un punto de no retorno: y para la monarquía, despojada de su nimbo de invencibilidad, el traumático fin de su indiferencia frente a los apremios de un pueblo decidido a darle un vuelco a su destino.

Los tiempos del hambre parecen ser así: todo menos mansos, todo menos previsibles.

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Mibelis Acevedo

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