Opinión
Margariteñidad
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Algunos escriben y pronuncian margariteñeidad; por mi parte prefiero como está en el título, por las mismas razones con las cuales se dice y escribe hispanidad, y no hispaneidad. Sin embargo, lo que me importa en este artículo no es la forma del significante, sino el fondo del significado.

Desde hace cierto tiempo he notado un interés creciente por explorar y discutir sobre nuestra identidad. Es de señalar que la reflexión introspectiva se profundiza en los momentos de crisis existencial, en los períodos de transición evolutiva; es entonces cuando las preocupaciones fundamentales ¿quiénes somos? ¿dónde vamos? que de ordinario permanecen latentes, emergen con su inquietante fuerza inquisidora.

Como todos los venezolanos, los neoespartanos estamos viviendo la incertidumbre que genera el final del ciclo político que comenzó en 1989; pero además sufrimos las perturbaciones de los estertores del modelo de desarrollo basado en el Puerto Libre que se implantó cuarenta años atrás. Aunque la mayoría de nosotros todavía no ha conceptualizado la magnitud de esta doble crisis histórica, todos la intuimos y todos padecemos sus consecuencias.

Asumir con serenidad la necesidad de cambiar, no es posible sin un soporte identitario firme. Pensar lo nuevo, rediseñar el porvenir, no puede hacerse partiendo desde la nada. Por eso la pertinencia de la reflexión sobre la margariteñidad, es decir, sobre nuestros valores trascendentes, sobre nuestras creencias y prácticas culturales, sobre nuestras maneras de sentir, decir y hacer.

La margariteñidad es la marca de orgullo que nos singulariza, es poderosa fuerza telúrica, es nuestro patrimonio común; es el espacio de encuentro en el que nos reconocemos, en el que se reducen las fracturas que nos separan. Por sí misma no nos hace mejores o peores, pero nos señala el camino y nos ofrece herramientas para construir formas de convivencia más felices.

Manuel Narvaez

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